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viernes, 12 de febrero de 2010

Dualidad

Hoy, y espero que otros días también me atreva a hacerlo, os regalaré una imagen. Cuando escribo estas historias, me gusta decorarlas con imágenes hechas por mí (usando métodos de edición por ordenador, no tengo tan buena mano) para ambientarlas, y para la última aventura de Samuel también ocurrió así. Estoy de lo más orgulloso, recibí algo de ayuda, claro, pero eso no le quita nada de mérito al asunto.

Espero que os guste.



jueves, 11 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Contraofensiva) 5/5

Quinta entrega, y final de la historia. ¿Qué le sucederá a Samuel en la Catedral Negra?


- Aún no lo entiendes, ¿verdad? – dijo, señalando al techo.

Samuel, con el rostro perlado de sudor, alzó la mirada y leyó las runas que estaban grabadas en la fría piedra del techo.

 “Aquel que lee estas palabras ha dejado atrás la vida , pues al observar el Orbe de la Vida Eterna, brinda su arma al servicio del Exánime. Te saludo, Caballero Oscuro”

 - Pues estás muy equivocado, bicho. No tengo intención de servir a nadie más que al Rey que sirvo ahora, y a mis propios ideales – dijo, orgulloso

 - Intención – respondió el Lich, poniendo su mano sobre el Orbe, que comenzó a brillar con fuerza – Eso significa decisión. Nosotros no queremos decisión, Samuel, ¡queremos servidumbre!

 Como respuesta a las palabras del hechicero, del orbe comenzaron a surgir cientos de imágenes. Samuel empuñando la espada, asesinando a sangre fría a Allison, a Triskiel, a Thomas. Recorriendo el Castillo de Ventormenta hasta encontrar a Varian, y asesinándolo como Arthas mató a su padre. Samuel cayó de rodillas, extenuado.

 - Sus recuerdos morirán, Samuel. Tu nombre será borrado del mundo, porque será consumido por el Exánime. 

 - Forjamos nuestro propio destino, Wulgreth, por eso somos fuertes. ¿Para qué quiero gloria? Ya tengo lo que siempre quise. El descanso eterno de mis padres, y recuperar mi apellido. No tienes nada que quiera, ni me tendrás a mí.

 -  Nada es Eterno, Samuel, Sólo la Muerte. Sólo el Rey Exánime.

 - Esto se ha acabado, Wulgreth – dijo, alzando la mano e intentando destruir el orbe con el poder de la Luz. Al instante, el Lich chasqueó los dedos, y la mano de Samuel ardió y se volvió negra. Volvió a intentarlo, y la otra mano le sucedió igual.

 - ¿Ese es todo el poder de la Luz? ¡Observa el auténtico poder! – dijo, mientras centenas de cadáveres se alzaban en el suelo de la catedral. Con un movimiento de muñeca, pulverizó a varias decenas, y dirigió sus titilantes almas hasta su boca – Delicioso… ahora es tu turno, Samuel Strongshield.

 Las fuerzas de Samuel se agotaban, y vio con el rostro enfurecido que no era rival para el Lich. Sonrió tristemente, y alzó el rostro.

 - Bien, Wulgreth. Si esto tiene que acabar… prefiero que sea a mi manera.

 Y diciendo esto, sacó un puñal de su bota, y se atravesó el pecho con un quejido. Pronto la sangre comenzó a manar a borbotones.

 - Ah… te has apuñalado. ¿Quieres saber una cosa? – dijo, acercándose a él y mirándole a los ojos – Aquí no mueres. Derramarás tu sangre y luego, sólo queda el dolor. 

 Extendiendo la mano, Wulgreth atravesó el pecho de Samuel, y lo alzó el aire, mirándolo distraído. Lo lanzó al suelo, haciéndolo rebotar, mientras el León de Acero sentía cómo perdía la consciencia y la volvía a recuperar una y otra vez debido al dolor. Wulgrethle perforó y curó una y otra vez, mientras le miraba con gesto impávido. Le destripaba, y luego volvía a recomponerle.

 - Tengo todo el tiempo del mundo, Samuel. Parece que llevamos meses, pero en tu mundo sólo ha pasado un segundo… Helaré tu alma y olvidarás a tus seres queridos. Sólo escucharás mi Voz.

 Samuel, agonizando, intentaba aferrarse a los recuerdos de Thomas, de Allison, de sus amigos y compañeros, para no caer en la locura. Pero cada vez era más y más difícil. El Lich volvió a atravesarle el pecho, y lo lanzó lejos. Samuel voló. Voló durante una eternidad mientras se desangraba, hasta que cayó de nuevo como un juguete roto, desparramando su sangre por doquier, en el mismo punto en que fue lanzado.

 Luego… oscuridad, y unas manos que le agarraban con fuerza. 

 ¿Serían los demonios que venían por él?


miércoles, 10 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Contraofensiva) 4/5

Cuarta entrega. ¿Quién vencerá en el igualado combate contra el Campeón No Muerto?


- ¡Señor! – gritó Gez, y furioso, se lanzó contra el esqueleto presa de la ira, lanzando golpes fuertes e imprecisos

 El esqueleto no podía contener las rápidas embestidas de Gez, así que lo golpeó con el pomo de la espada, y giró su muñeca para decapitar al soldado. Pero este se agachó en el último instante, y el golpe, cargado de energía sombría, impactó contra el techo del puente, haciéndolo tambalearse.

 El estruendo fue ensordecedor. Mientras retiraban a Samuel como podían del alcance de los escombros, los soldados observaron cómo el esqueleto era sepultado por trozos gigantescos de piedra y mármol. Lo único que quedó visible fue la hoja de su negra espada, alzándose como un brote tierno entre las rocas y el polvo.

 - Demonios chicos, ¿qué ha habéis hecho? – dijo Samuel, aún aturdido, y levantándose con dificultad. Sacudiendo la cabeza, alzó la mano y sonrió – es igual, lo importante es que le habéis detenido.

 Se tomaron unos minutos para relajarse y curar las heridas, mientras la voz del Lich no cesaba de repiquetear en sus cabezas, con promesas de Poder e Inmortalidad. Pero a su contante molestia se unió el susurro de la Espada Negra. Ésta buscaba un nuevo dueño, y como una serpiente, se introducía en los pensamientos de los soldados. Samuel quedó serio, y los miró. La mayoría eran jóvenes que no habían conocido mujer. Otros, quizás con el alma demasiado frágil como para intentar dominar el poder de la espada. No podía permitir que cayera en manos de alguien débil.

 - Cabo, trae al Padre Olivetti.

 Minutos después, el sacerdote acudió y Samuel estuvo discutiendo con él. Los soldados observaron curiosos cómo el Teniente intentaba convencerlo de algo, a lo que él se negaba categóricamente.

 - Es una insensatez, Teniente. Deberíais custodiarla, y dejar que otro la purificase.

 - No hay tiempo, Padre. Si alguien tiene que sacrificarse, seré yo – alzó el rostro – Cabo, venid. Padre, curadme las heridas.

 Cogió a Gez del hombro y le susurró al oído.

 - Quiero que me hagas un favor, si ves que me convierto en alguien que no soy yo, matadme.

 - Pero mi señor, yo…

 - Cabo… Gez, hazme ese favor, ¿vale? No podría soportar convertirme en… eso. Vamos, organiza a los hombres.

 A regañadientes, el Cabo Gez Gronik reunió a los hombres y les explicó la situación. Mientras tanto, el sacerdote terminó de curar sus heridas, y Samuel comenzó a trepar por los escombros, con destino la Espada Negra. Cuando llegó a ella, torció el gesto y la observó. Emanaba poder sombrío, y no estaba seguro de poder vencerla… pero había que intentarlo. Concentró todas sus fuerzas, cerró los ojos mientras murmuraba una plegaria…

 Y tocó la espada.

 En cuanto lo hizo, el mundo se detuvo a su alrededor. El frío congeló su mente y su cuerpo, y se vio transportado a otro lugar, a otro tiempo quizás. Una catedral sombría e imponente apareció ante él, y fue llevado por manos invisibles ante el altar, que se alzaba tenebroso con una esfera roja como la sangre, que palpitaba en lo más alto. Ante él, apareció el Lich, que portaba la Espada Negra.

 - Samuel. Te has presentado ante el Señor de la Muerte y le has ofrecido tus servicios. La Muerte escoge a sus Campeones, y esta espada es símbolo de tal.

 - Te equivocas, Wulgreth – interrumpió Samuel – Vengo a destruir el corazón de la espada… y a ti con ella. No quiero tus dones ni tu inmortalidad.

 - ¿Destruir? – respondió con su cavernosa voz – Iluso inmortal, ¿te crees superior a los tuyos? Los humanos siempre habéis sido fácilmente tentados por el poder…

  - No soy más fuerte que nadie por mí mismo, abominación. Lucho por mi familia, mis amigos, por mi Reino. Esa es mi fuerza. Y por toda esa gente, se que venceré.

 - ¡El reino está muerto! – gritó el Lich – Tu familia morirá en tus manos, porque ahora tu alma me pertenece. Porque has dado tu alma a la espada, como ya hizo el caballero que la portó antes que tú, hace cuarenta años, y el anterior a él, cuando la primera Espada de la Perfidia fue forjada por almas humanas.

 - No me importa de quién fuera la espada, Lich… sé a qué vengo, y lo voy a hacer – dijo, dando un paso hacia delante.

 Con suma lentitud, el Lich extendió un dedo y con él atravesó el hombro de Samuel, que observó aterrorizado cómo entraba limpiamente, sin que él pudiera hacer nada. Con un quejido de dolor, detuvo su avance.


martes, 9 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Contraofensiva) 3/5

Tercera parte. ¿Subumbirán nuestros protagonistas al poder del Rey Exánime?


- ¡Escuchad mi voz! La muerte os espera, vuestra sangre ya me alimenta… ¿Por qué postergar vuestro sufrimiento? Observad a mis huestes, no sufren, no sienten daño… Eternos, inmortales al paso del tiempo. Os lo ofrezco todo, a cambio de servidumbre al Gran Señor. Observad vuestro débil mundo, ruinoso y traicionero. Aquel que llamáis Rey busca vuestra muerte. Os ha enviado a morir. ¡Sólo desea vuestra perdición!

 Algunos soldados comenzaron a dudar ante sus palabras, pero una nueva amenaza captó su atención. Gemidos y quejidos en el exterior del Cuartel les instaron a salir a investigar, mientras la constante voz del Lich resonaba en sus cabezas. El espectáculo era dantesco: aquí y allá, soldados y aldeanos gritaban mientras se tapaban los oídos en un vano intento por hacer desaparecer la voz de sus mentes. Los ensangrentados guerreros salieron del fuerte y observaron la escena, intentando calmar a los afectados. Una voz llamó su atención:

 - ¡Escuchadme, hermanos! ¡Corred por vuestras vidas! ¡Nada ni nadie puede hacer frente a este poder!

 Samuel, enfurecido, mandó a sus hombres a contener al alborotador, y cuando éste fue reducido, vio cómo los aldeanos se rebelaban, intentando linchar a los soldados.

  - ¡Herejes! – gritaban - ¡Habéis intentado asesinar al Padre Olivetti!

 - Mierda – pensó el León de Acero – menuda metedura de pata, Sam

 Cogiendo la antorcha del inconsciente predicador, se subió a una mesa, y se dirigió al pueblo, lo suficientemente alto como para que escucharan su voz por encima de la fatalista propaganda del Lich.

 - ¡Escuchadme, hermanos y hermanas! Hemos venido aquí para ayudaros. ¡Hemos venido a combatir a vuestro lado! Disculpad lo sucedido al sacerdote, ha sido un tremendo error, error que solucionaré ahora mismo – dijo, bajando de la mesa – pero os necesitamos, hermanos y hermanas. El enemigo es fuerte, vosotros mismos estáis comprobando hasta qué punto es taimado y traidor   - dijo señalándose la cabeza, hasta que llegó al sacerdote, y le puso la mano encima – No somos herejes.

 Una tenue luz emanó de la palma de la mano de Samuel, y pronto el sacerdote recobró el conocimiento, y retrocedió aterrorizado. 

 - Disculpe, padre, ha sido todo un tremendo error.

 Continuaron charlando, mientras Samuel intentaba convencerlos de que prestasen su ayuda y de que no les linchasen por herejes. Su fama y renombre sirvieron de algo, puesto que muchos le habían visto en los Torneos, o habían leído sobre él. Mientras tanto, siguiendo sus órdenes, los soldados se reagruparon y formaron un pequeño campamento para recuperar fuerzas y tratar heridas.

 - Seríais de mucha ayuda, Padre. Mis hombres están gravemente heridos.

 Con el ceño fruncido, el sacerdote finalmente aceptó a regañadientes. Su deber como creyente importaba más que sus temores, y Samuel organizó a sus hombres por gravedad para tratar sus heridas. Pasaron las horas, y tras dejar a los gravemente heridos en Villa Oeste y avisar a Ventormenta de lo sucedido, dejaron las monturas y partieron a pie hacia la linde del bosque. La voz del Lich no cesó en ningún momento de atormentarlos, y algunos soldados y aldeanos  tuvieron que ser atados para no volverse locos.

 El verde paisaje de Elwynn pronto dio paso a los eriales de Páramos de Poniente. Frente a ellos, el Puente del Oeste, que permitía cruzar el río Elwynn de camino al oeste. Allí, grande como una montaña, se alzaba una figura sombría, flanqueada por decenas de no muertos tambaleándose.  Tomando el Filo del León con fuerza y canalizando el poder de la Luz, Samuel habló a sus soldados.

- No tenemos tiempo que perder, muchachos. Yo me encargaré del grandote, y vosotros aniquilad a esa escoria, Cuando acabéis con ellos, ayudadme a terminar el trabajo.

 Y diciendo esto, dio un paso adelante, y con un rugido de rabia, lanzó una oleada de pura energía luminosa contra el gigantesco esqueleto que les hacía frente, portando una enorme y sombría espada. Como una flecha, la oleada de energía recorrió en apenas un pestañeo la distancia que los separaba, pero el Campeón no Muerto giró su espada y golpeó la descarga luminosa, dividiéndola y arrasando a los zombies que le flanqueaban.

 - ¿Crees que será tan fácil, mortal? – dijo, riendo con su gutural voz

 Samuel corrió hacia él enarbolando el Filo del León y el Defensor del Reino, su espada y escudo, mientras flechas certeras volaban hacia los secuaces del Campeón. La batalla prometía ser gloriosa, y así fue. Poderosos golpes de cada uno hacían temblar la estructura, y parecía que no iba a tener fin, hasta que Samuel esquivó una de las embestidas del Campeón y cercenó de un solo tajo ambos pies, haciéndole caer. Cuando iba a darle el golpe de gracias, mientras sus soldados combatían a oleadas de enemigos que se levantaban cada vez que caían, el Campeón derribó a Samuel con el plano de la espada, haciéndole rodar.

 - ¡Eres mío, mortal! – dijo el Campeón, alzando su espada.

 Pero justo cuando iba a caer, Samuel escuchó dos chasquidos, y al instante, la mano que sostenía la espada estalló en pedazos, así como la calavera del guerrero, mostrando un brillo rojizo en su interior. Miro asombrado, y vio a Vyncent y Asdrúbal, que habían sido alertados por Gez, sonriendo orgullosos de tal hazaña. El cabo corría hacia Samuel con intención de ayudarle, pero frenó en seco al ver que el enemigo caía. El júbilo inundó los corazones de los guerreros, júbilo que se disipó al momento. Desvaneciéndose como la bruma, el Campeón desapareció y apareció de nuevo al comienzo del Puente del Oeste, intacto.

 - ¡Mi Rey me hace invulnerable! – dijo, arremetiendo contra Samuel

 Con un rugido, Samuel empuñó el Filo del León, y saltó contra el Campeón, adelantándose a sus movimientos, y haciendo estallar su cráneo nuevamente de un solo golpe. Ambos, Gez y Samuel, pudieron observar una brillante joya roja en su interior, momentos antes de que volviera a desvanecerse y recomponerse.

 - ¡Gez, la joya! ¡Acabad con ella cuando vuelva a caer! – dijo Samuel, sin percatarse de que el Campeón corría a grandes zancadas en su dirección.

 Fue visto y no visto. El mandoble del Campeón voló e impactó en el abdomen de Samuel, haciéndole volar por los aires y cayendo pesadamente en el puente con un repiqueteo del metal de su armadura.

lunes, 1 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 4/4

Final de la epopeya de Samuel Strongshield. ¿Final? Este PJ ha vivido desde esta historia muchísimas aventuras. Mira, quizás le incluya en la novela...


Días después, en las ruinas de la ahora fortaleza de los Altos Elfos, Samuel descansaba del agotamiento y las heridas del combate junto a sus hombres. Miraba su espada con tristeza, puesto que su gemela había caído y no pudo recuperarla. Una voz familiar le sacó de sus pensamientos:

 -         Samuel, amigo, ven. Tengo algo que enseñarte.

 Triskiel guió al soldado por las ruinas, a los sótanos de la fortaleza. Allí los orcos habían acumulado algunas riquezas debido a saqueos durante años. Sobre una repisa, envueltas en una manta verduzca, reposaban dos formidables espadas gemelas blancas como la nieve.

 -         Son magníficas – dijo Samuel admirando el detalle de la guarda – Manufactura élfica, ¿verdad?

 -         Sí – respondió, quedo, Triskiel – Son Allah´Dural, los Filos del Ocaso. Unas espadas largo tiempo perdidas, ahora por fin encontradas. Quiero que te las quedes, amigo.

 Samuel se sorprendió.

 -         ¿Para mi? Venga ya, Triskiel, no puedo aceptarlo, es demasiado…

 -         Ni pensarlo. – interrumpió el elfo -  Tú perdiste tus armas luchando por ayudar a los míos, es menester que yo te corresponda al menos con esto

 El humano sonrió al elfo, y ambos estrecharon sus manos con afecto, mientras arriba, en el patio de la fortaleza, los elfos reconstruían la formidable fortaleza…

Los soldados armaban un escándalo considerable mientras se encaminaban a Ventormenta. Serían varios días de viaje, y Samuel no quería quitarles el buen humor ordenándoles decoro. Además, qué demonios, a él también le hacía falta sonreir. Mientras cabalgaba a lomos de Hakon, el soldado tuvo tiempo de pensar en todo lo que había dejado en la capital. Pensó en Allison, y en Tommy. Ese muchacho ya tendría unos 12 años, y en este tiempo estaba seguro de que habría dado un buen estirón. 

Se acordó de sus viejos amigos, Triskiel y Zahid, ¿dónde andaría ese bribón? Se acordaba incluso de Nallia, aunque su corazón ya no albergaba sentimiento algo hacia la muchacha, no olvidaba las luchas que habían tenido juntos. Recordó al elfo Akran, siempre tan serio, esperaba que después de la formidable lucha que entablaron juntos, cuando libraron al mundo de los Sefirotes que pretendían helar Azeroth, el druida estuviera bien.

 Se acordó también de lo que le había dicho el Senescal Goldenrobe acerca de la muerte de sus padres. Tendría que visitar sus tumbas cuando se hubiera instalado en la ciudad. Y su consultorio, valgan los dioses, esperaba que el chico al que había instruido se las hubiera apañado. Probablemente le vendería el negocio cuando volviera, ahora que era Teniente del Ejército no podía dedicarse a otros menesteres.

Se volvió sobre su montura y miró a sus hombres con una sonrisa. Estaba orgulloso de su escuadrón, y no lo cambiaría por nada. Eran hombres rudos y peligrosos, pero sobre todo eran fieles al Reino y leales a Samuel, y era lo que importaba.

 -         ¡Señores! – gritó – Estoy muy orgulloso de en lo que se ha convertido el escuadrón de los Leones de Acero. Se que todos vosotros habéis recibido una paga extra por esos meses fuera, pero tengo algo que deciros: os podéis tomar dos semanas libres de descanso, pero cuando volvamos al trabajo, os quiero en plena forma. ¿¡Me habéis oído, Leones!?

 -         ¡Señor, si señor!

 -         ¡No os oigo!

 -         ¡SEÑOR, SI SEÑOR!


domingo, 31 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 3/4

Tercera parte de las crónicas de Samuel. Para plasmar su actitud siempre me he inspirado en héroes como Máximo o Aragorn. Un guerrero honrado, valiente, y amigo de sus amigos.


El campamento al completo estaba revolucionado. No era para menos, los más llevaban más de un año fuera de sus hogares y familias, y todos deseaban colgar al menos por un día sus espadas y armaduras. Samuel se encontraba cerca de los establos, donde Hakon descansaba. Cepillaba con cariño el oscuro pelaje del animal, y musitaba palabras en enánico para relajar al tozudo carnero. Era un formidable ejemplar, y el hecho de portar esa armadura de combate que los herreros enanos de Ironforge le habían hecho ex profeso lo había convertido en un animal grande y fuerte, mucho mayor que el resto de los ejemplares de su especie. Samuel sonrió, lo que más le gustaba de la armadura era el yelmo, que había sido fabricado asemejando el rostro y las fauces abiertas de un león, lo que ocasionaba que a menudo la gente no supiera exactamente qué tipo de bestia montaba el Caballero.

 Terminó de ensamblar las piezas sobre Hakon y lo llevó con las riendas hasta su tienda. Allí lo esperaba Hunters, su más fiel subordinado:

 -         Mi señor, por fin nos vamos a casa, ¿estáis contento? – dijo con una amplia sonrisa en su rostro

 -         Claro, Hunters, ¿cómo no estarlo? Por fin podré volver a ver las murallas de Ventormenta. Las echo de menos. Pero dime, ¿qué querías?

 -         Verá, señor, hemos pasado mucho juntos, y siempre nos ha liderado con sabiduría y valor. Quisiera entregarle esto – sacando de su faltriquera un medallón brillante

 -         Hunters, por favor, es el medallón de tu madre, no puedo permitirlo – respondió Sam, apartando suavemente la mano del soldado

 -         Mi señor, mis padres murieron, y vos sabéis que no… bueno, que no puedo tener hijos. Sois la persona a la que más admiro, y quisiera que fuerais vos quien lo tuviera

 Samuel se lo quedó mirando unos instantes y finalmente sonrió. Abrió la mano de Hunters y tomó el medallón en su mano, colgándoselo al cuello al momento.

 -         Maldita sea, Stephen, siempre consigues convencerme. Supongo que después de Petravista confío siempre en tu criterio…

 

 La fortaleza orca de Petravista se alzaba imponente sobre las colinas de Crestagrana. El lugar estaba en calma, pero nada más lejos de la verdad. Samuel sabía eso. Él, junto al resto de su escuadrón, aguardaban ocultos tras la arboleda a la señal. Conocía el plan de ataque a la perfección, el elfo Triskiel había planeado todo al detalle y sabía que muy mal se tenían que dar las cosas para fracasar. Aún así no podían confiarse, los orcos Rocanegra eran feroces enemigos.

 Miró por encima de su hombro y observó a los soldados que esperaban ansiosos al combate. Ropas oscuras y ligeras, tenían que moverse con rapidez la distancia que separaba su posición de la puerta norte de la fortaleza. La espera era insoportable, pero Samuel sabía que poco faltaba, pues el vello de la nuca se le estaba poniendo de punta, y eso siempre significaba que había magia arcana funcionando cerca.

 -         Aguarda a la señal de Luz y Fuego – dijo el elfo

 De repente, una explosión de gigantescas dimensiones hizo retumbar la fortaleza. Samuel sonrió para sí, Luz y Fuego, sin duda.

 Haciendo una señal a sus espadachines y ballesteros, se lanzaron a toda velocidad contra la puerta norte con el fin de abatir a los sorprendidos guardias orcos. Una lluvia de saetas de ballestas cayó contra ellos, abatiendo a unos pocos e hiriendo a todos. Sin gritos de ataque, sin órdenes. Todos sabían lo que hacer, sin apenas hacer ruido, no había que alertar a la fortaleza de que todo era una trampa…

 Un guardia orco más interesado en alertar a sus compañeros que en su propia vida caía de rodillas frente a Samuel con las manos agarrándose la garganta, ahora abierta de lado a lado. El ataque había sido rápido y efectivo, y Samuel, alzando el brazo, hizo la señal que el resto de sus hombres esperaba. Más allá, ocultos e invisibles, varios soldados cargaban escalas para poder evitar la infranqueable puerta. Ruidos de batalla salpicaban el escenario, y Samuel estaba satisfecho, el plan de su camarada estaba funcionando.

 Trepando ágilmente las escalas treparon a las almenas y llegaron al patio interior, ahora salpicado de orcos y elfos que luchaban encarnizadamente. Samuel no veía a Triskiel, pero sabía que su llegada estaba cerca, por el acceso del puente.

 -         Mi señor, algo no va bien – dijo Hunters, pegándose a su espalda para defender ambos flancos – Estos Rocanegra se jactan de tener a los mejores brujos, y ni siquiera veo a uno por aquí

 Samuel asintió y esquivó con destreza un hachazo que buscaba sus tripas, devolviendo la estocada y rebanando el pescuezo de su enemigo. Hunters tenía razón, y Samuel temía que los brujos estuvieran…

 -         Maldita sea – masculló Samuel - ¡Hunters, vosotros cuatro, seguidme, YA!

 Esquivando cadáveres de uno y otro bando, Samuel trepó a las murallas por las escaleras y observó alarmado a un grupo de brujos orcos que estaban canalizando un oscuro hechizo. Más allá, tal y como estaba planeado, Triskiel y sus hombres avanzaban lo más rápidamente posible por el estrecho puente que daba acceso a la fortaleza. Las saetas de los ballesteros derribaron a dos de los orcos, pero no fue suficiente para que el resto culminara el hechizo, que surgió como una negra mano hasta las columnas que sujetaban el puente.

 -         ¡Vosotros, quiero esos brujos muertos AHORA! – ordenó Samuel – ¡Los demás, venid conmigo, no hay tiempo que perder!

 Los soldados corrían escaleras abajo en dirección al acceso del puente, mientras los ocupados brujos caían fácilmente bajo los filos de los guerreros humanos. Samuel observó aterrorizado cómo el puente había caído, llevándose consigo muchos de los elfos. Los pocos, los que pudieron saltar a tiempo, se sujetaban a las ennegrecidas sogas del puente para no caer. El soldado aceleró el paso, unos orcos corrían hacía allí para hacer caer a los supervivientes, y entre ellos estaba Triskiel.

 Gork era feliz, pese a que los anteriores días habían sido aburridos y monótonos, ahora una encarnizada lucha se estaba gestando, y tenía la oportunidad de matar a un debilucho elfo que se sujetaba con una mano a la soga que le permitía seguir vivo, mientras con la otra sujetaba estúpidamente una espada bastarda. Gork alzó su enorme hacha sobre su cabeza, con la intención de asestar el golpe final, pero no se dio cuenta de que en ese mismo momento, una sombra se abalanzaba sobre él por detrás, seccionando su cuerpo con rabia por la mitad, y dejando a Gork con un gesto de incredulidad en su rostro.

 Samuel llegó a tiempo de abatir al orco que estaba a punto de acabar con Triskiel y clavó ambas espadas en tierra. Llevó su mano hasta la de su camarada y sonrió:

 -         Ya estoy aquí, amigo

 Antes de que pudiera contestar, el gesto del elfo se contrajo mirando por encima del hombro del humano. Samuel se giró, y observó como uno de los orcos que había ido al puente se abalanzaba con una enorme espada dentada contra él. El soldado, con la diestra ocupada en sostener a su compañero, utilizó la siniestra para tomar una de sus espadas y defenderse. El orco era brutal, y el golpe hizo que la espada de Samuel volara lejos, al fondo del abismo. El verdoso ser sonrió, y volvió a levantar su espada con el fin de asestar el golpe final.

 -         ¡Samuel! – gritó Triskiel, haciendo fuerza con el brazo que lo sostenía con vida

 El humano asintió, comprendiendo lo que tenía que hacer. Con un gran esfuerzo por su parte, alzó levemente al elfo con toda la fuerza que le restaba, y éste descargó su largo espadón contra el pecho del orco, que no esperaba tal respuesta. El cuerpo cayó al vacía por encima de los dos guerreros, pudiendo salvar ese obstáculo indemnes.

 La batalla continuó cruenta. El General elfo, Triskiel, Samuel y sus respectivos hombres, habiendo las fuerzas aliadas controlado a duras penas el patio interior, se dirigieron escaleras arriba en dirección al Torreón mayor, donde se ocultaba el líder orco. Mas enemigos les entorpecieron el paso, pero Samuel sabía lo que tenía que hacer:

 -         ¡Nosotros nos encargamos, Triskiel! – gritó el humano, situándose entre los enemigos y los elfos – ¡Subid vosotros y encargaos de ese malnacido!

 La pelea no duro mucho. Los orcos, grandes y brutales, no estaban acostumbrados a luchar en lugares estrechos, y los humanos, más delgados y con largas espadas, pudieron abatir a los orcos rápidamente. Subiendo a toda prisa las escaleras, Samuel escuchó ruido de lucha en la habitación principal, y supo que se estaba librando la lucha final. Arriba, el Cacique Orco se defendía a duras penas de los embates de los dos ágiles Elfos, y el resultado no tardó en llegar. El cuerpo del líder orco cayó por la ventana del torreón al patio, mientras los Caballeros de la Orden de la Mano de Plata barrían a los enemigos huidos a golpe de martillo.


sábado, 30 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 2/4

Segunda parte de la historia de Samuel en el Ejército. El Paladín al que Samuel le había salvado la vida le ha llamado, ¿pero era para darle las gracias?


 -         ¿De los Páramos? Curioso apellido – dijo el hombre que se encontraba frente a él.

 Era un hombre de alta estatura, y por el tamaño del torso, de considerable musculatura. Tenía medio rostro vendado debido, según pudo averiguar más tarde Samuel, a que la corrosiva sangre de uno de los Líderes demoníacos le salpicó de lleno. Eran heridas que tardarían en sanar, eso lo sabía Samuel de primera mano.

 -         ¿Y de dónde viene ese apellido, muchacho? – preguntó el misterioso hombre – No me suena que ninguna familia de la Capital lo ostente.

 -         No provengo de ningún linaje en especial – mintió Samuel – Mi familia eran granjeros de Páramos de Poniente, y de ahí viene.

 El oscuro ojo del hombre que quedaba sano miró ferozmente a Samuel unos instantes, y luego, con la voz fría como el hielo, respondió:

 -         No me vengas con tonterías muchacho, sabes perfectamente que ese no es tu apellido.

 Samuel se quedó perplejo, dio un paso atrás y miró con atención al hombre.

 -         ¿Qué estáis diciendo? ¿Quién sois vos? – dijo Samuel mirando su armadura. No conocía a nadie con el rango de Senescal, y menos que conociera su pasado

 El hombre mandó que las sanadoras que vendaban sus heridas se marcharan, y se incorporó de la silla de mimbre en la que se sentaba.

 -         Ha pasado mucho tiempo, Samuel. Supongo que con este aspecto no me recordarás, pero yo no olvido el tuyo – dijo acercándose hasta que estuvo a pocos pasos de Samuel – al fin y al cabo… fui yo quien hizo todo lo posible para que no te ejecutaran.

 Samuel se tambaleó. Por supuesto que sabía quién era ese hombre. Teobaldo Goldenrobe, antaño Barón de la Mano de Plata, había ascendido hasta el rango de Senescal mientras luchaba en las Tierras de al Peste. Samuel no sabía bien qué decir.

 -         Has cambiado mucho, muchacho. Ya no eres ese joven flacucho que seguía siempre a su hermano y a su padre como un perro faldero – añadió Teobaldo, apoyando la mano en el hombro de Samuel – Ahora eres todo un hombre, un hombre al que le debo la vida

 -         No me debéis nada, Senescal Goldenrobe y… - intentó decir Samuel, que se sentía como un chiquillo que miraba la brillante armadura de su padre con anhelo.

 -         Llámame Teobaldo, Sam, estamos en familia – interrumpió el anciano

 -         Bien, Teobaldo. Nunca os pude agradecer lo suficiente el que me salvarais la vida. Aunque… a veces pienso que debí morir entonces – dijo Samuel con tristeza.

 -         No digas eso, muchacho. Eran tiempos oscuros, en los que la persecución de las maniobras herejes se llevó a límites que no se debieron alcanzar. Tú hiciste algo que muchos quisimos hacer. Tú fuiste el que nos abrió los ojos, Samuel.

 Ambos hombres se sentaron y charlaron durante horas. Samuel le contó todo lo que había hecho hasta ahora. Su lucha por recuperar el honor perdido, las amistades hechas, los amigos caídos. Se sentía como en aquella casa, en Páramos, junto a la hoguera de piedra y los cuentos de caballerías de su padre.

 -         Has vivido mucho en poco tiempo, Samuel – dijo Teobaldo – Estoy muy orgulloso del prestigio que ha alcanzado tu nombre. ¡Heroe del Rey ni más ni menos! Tu padre estaría orgulloso, hijo.

 Samuel se quedó estupefacto ante la manera de hablar de su interlocutor.

 -         ¿Estaría? ¿No me digáis que…?

 Teobaldo Goldenrobe ensombreció el gesto. Ordenó las ideas de su cabeza unos instantes y comenzó la explicación:

 -         Poco tiempo después de que fueras expulsado de la Orden, a tus padres se les informó de que habías desertado por tu propia voluntad y te habías alistado en un barco mercante.  Ambos se quedaron destrozados, pero sobre todo tu madre. Su cuerpo estaba bien, pero su espíritu se descompuso hasta que su voz no era más fuerte que la de un gato recién nacido. Tu Padre, Jacob, dejó de comer y de apenas dormir por pasar todo el tiempo junto a ella. La quería mucho, ¿sabes?

 Samuel estaba desencajado. ¿Cómo habían sido capaces de engañarlos así?

 -         Tu madre duró pocos meses – continuó Goldenrobe – y tu padre, que no soportaba vivir sin ella, murió pocos días después debido al cansancio. Los galenos dijeron que lo único que lo había mantenido con vida ese tiempo era la esperanza de que tu madre sanara.

 Unas pequeñas lágrimas asomaron a los ojos de Samuel. Apretó los puños, y maldijo en voz baja. La cariñosa mano de Teobaldo sobre su cabeza lo sacó de sus pensamientos.

 -         No te entristezcas, hijo. Sabe la Luz que ellos están bien, vigilando tus pasos. Estoy convencido de que están muy orgullosos de ti. Además, no todos se han ido… - añadió

 Samuel alzó la cabeza y miró con los ojos como platos a Goldenrobe. El Senescal, sin decir nada, lo tomó del brazo y lo sacó de la tienda, guiándolo entre los heridos hasta una tienda flanqueada por un obeso centinela. 

 -         Está grave… debes darte prisa – dijo Teobaldo al marcharse

 El soldado entró con cautela en la tienda. El interior, oscuro salvo por la luz de unas titilantes velas, no tenía más que una cama baja cuyo ocupante respiraba con dificultad. Samuel se acercó, tembloroso, con lágrimas en los ojos, y se arrodilló junto al cabecero.

 -         Adrien… - musitó

 El joven, blanco como la nieve, giró el rostro y miró a Samuel. Un gesto de extrañeza afloró en su rostro, gesto que cambió de repente al recordar a la persona con la que hablaba.

 -         Sam… hermanito… tú… ¿qué…? – dijo Adrien Strongshield, hermano mayor de Samuel

 -         Shh… descansa hermano… estoy bien… estoy vivo… soy yo… - sollozaba Samuel

 -         Has crecido… Sam… te veo bien…

 -         Es una herida mortal – dijo Teobaldo a su espalda – una flecha envenenada le atravesó el pecho e infectó sus pulmones. No tiene cura.

 Samuel rompió a llorar silenciosamente. Apretó con fuerza la mano de su hermano, y lo abrazó con delicadeza.

 -         No te preocupes, Sam – dijo su hermano, con la voz ahogada – Estoy bien, pronto estaré con papá y mamá. Ahora cálmate… cuéntame qué ha sido de ti estos años…

 El guerrero se sentó junto a su hermano y le relató las terribles batallas que había enfrentado. El rostro de su hermano se iba apagando poco a poco, pero una sonrisa se reflejaba en su faz, una sonrisa de paz.

 -         Eres hijo de tu padre… Samuel… eres merecedor del apellido que ostentas… te quiero hermano – dijo Adrien acariciando el rostro de Sam, que apretó la mano contra su cara hasta que ésta se quedó sin fuerzas, y la depositó sobre la cama lentamente, mientras cerraba con la otra los ojos del hombre que acababa de fallecer en paz junto a él.

 -         Yo no podría haberlo dicho mejor – dijo Teobaldo cuando Samuel salió de la tienda, compungido – Tu propia sangre te ha reconocido, y mis hombres y yo juramos por nuestro honor que eres merecedor de tal honor.

 Samuel se quedó estupefacto cuando varios paladines lo rodearon y se cuadraron junto a él. Teobaldo Goldenrobe se situó en el centro del círculo, frente a Samuel, armado con su maza de guerra, y habló seriamente al guerrero:

 - Samuel, hijo de Jacob. Fuiste expulsado de la Mano de Plata y obligado a renunciar a tu apellido por tus actos. Se te conminó a que sufrieras el destierro y fuiste obligado a recuperar tu honor y el de tu familia. Ahora, último descendiente de la familia Strongshield, Samuel, yo te reconozco como merecedor de tu verdadero apellido, y estos hombres aquí presentes lo atestiguan. ¡Levántate, Samuel Stronghield, y alza la cabeza con orgullo, pues tus padres observan desde el cielo en qué te has convertido!


viernes, 29 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 1/4

Seguimos en WOW, en el servidor Rolcraft. Reconozco que la primera historia de Samuel era algo mala, no comparable con lo que soy capaz de hacer ahora. La que os iré colgando estos días es una historia algo más avanzada, años después: Samuel se alistó al ejército, y subió peldaños poco a poco. En esta historia sabremos un poco más sobre su pasado, y el paradero de sus padres y su hermano.


La mañana había amanecido fría. Unos pocos copos de nieve caían con timidez sobre el blanco manto que formaba el suelo. Pese a que habían pasado varios meses desde que el tiempo había comenzado a volver a su cauce normal, algunas cosas necesitarían años para volver a ser como eran. El soldado Crownell entró con paso dubitativo al ala sur del campamento. Sus compañeros, entre risas, ya le habían advertido de ese austero emplazamiento:

 -         No les mires a los ojos, esos tipos comen carne cruda y se beben la sangre de los demonios…

 Por supuesto, él sabía que todo era mentira, pero no evitaba que una sensación de incomodidad le recorriera el cuerpo entero. El asentamiento del escuadrón de los Leones de Acero era a la vez temido y reverenciado en el gigantesco campamento del Ejército de la Alianza, situado en las planicies del norte. Mientras lo recorría a grandes pasos, notaba las miradas de los soldados que lo observaban de arriba a abajo. Tipos duros, arrogantes, peligrosos. Su líder se había encargado de seleccionarlos entre la peor calaña de la Capital y alrededores: Alguaciles de la Prisión Real, los Guardias del Puerto, los Exploradores del Bosque Oscuro, Mercenarios y demás, formaban ese grupo de élite.

 Crownell esquivó con destreza a un gigantesco matón con una fea cicatriz donde antes debía de estar el ojo derecho, que se le había plantado delante con la intención de intimidarle, y se dirigió a la tienda que le habían indicado. No era la más grande ni la más lujosa, de hecho su ocupante solicitó ex profeso que fuera como la del resto del escuadrón. Todos iguales, todos hijos del Reino, comentaba.

 Un chucho de pelaje parduzco estaba postrado frente a la cubierta que hacía las veces de puerta de la tienda, y alzó la cabeza cuando el joven soldado llegó a ella. Era un ejemplar viejo y cansado, pero se las había arreglado para seguir a su amo de aquí para allá aguantando las inclemencias del tiempo como uno más. Sus ojos negros miraron un segundo a Crownell y acto seguido comenzó a gruñir de forma metódica, como un acto reflejo. El muchacho se quedó parado, perplejo, sin saber qué hacer, hasta que una voz profunda habló desde el interior de la ajada tienda:

 -         Sire, ya basta… Y tú, muchacho, entra, ¿qué quieres?

 El perro, obediente, agachó la cabeza y el soldado, saliendo de su estupor, entró con paso firme en la tienda. Un agradable calor procedente de una pequeña estufa de carbón lo envolvió de repente y miró con una sonrisa incómoda al hombre que se encontraba frente a él. Sentado sobre una silla de piel y piedra, con el largo cabello cayéndole sobre los hombros, y sus fríos y acerados ojos mirándole, el líder del escuadrón parecía mayor de lo que sus años realmente querían reflejar.

 -         Samuel Strongshield, líder del escuadrón de los Leones de Acero, señor, traigo instrucciones para vos de parte del General Lightheart.

 El gesto de la mano del cansado guerrero indicó a Crownell que continuara.

 -         Mi señor, el General Lightheart, de acuerdo a los informes de los exploradores, y en consonancia con las órdenes de nuestro amado rey, Anduin Wrynn, ha descubierto que el de hoy era el último campamento de la Legión que quedaba en pie.

 Samuel abrió los ojos de par en par, y el soldado correspondió con una amplia sonrisa al gesto del Caballero.

 -         Sí, mi señor Strongshield, volvemos a casa.

Aún no se había acostumbrado al hecho de que lo llamaran por su verdadero apellido. Habían pasado varios años desde el fatídico suceso que cambió su vida de repente, y por el cual fue expulsado de la Orden de la Mano de Plata. Aún recordaba las palabras del Maestre Quiebrasombras aquel día, como si fuera ayer:

 -         Hijo mío, con este acto has deshonrado a la Orden y a tu propia familia. El castigo que te corresponde es severo, pero gracias a la intervención del Barón Goldenrobe se te ha reducido la pena. Deberías agradecérselo.

 El Barón Teobaldo Goldenrobe, amigo fiel de su familia desde que tenía conocimiento, consiguió que el castigo fuera algo menos que la muerte. No lo había vuelto a ver desde aquella vez, puesto que fue enviado a las Tierras de la Peste, al norte, como reprimenda por interceder en un asunto con el Maestre. Hasta aquel día…

Era la visión más increible que los cansados ojos del guerrero habían tenido frente a sí jamás. Orcos y Humanos, Enanos y Trolls, e incluso los inmundos No Muertos luchando codo con codo para librar al mundo de ese ejército demoníaco que no dejaba de aparecer por doquier. El escuadrón de Samuel, los Leones de Acero, haciendo honor a su fama, luchaban en el frente de la batalla plantando cara a los demoníacos adversarios de igual a igual. Sam los había elegido por eso mismo. Eran tipos que habían visto la muerte de cerca, y no se acobardarían ante lo que tenían enfrente, lo que habría hecho que un soldado normal manchara sus calzas. 

 Durante un instante, pensó en Helmok, al que había rebautizado como (nombre) (“traducción”) tras la batalla de Petravista, debido a que el pelaje se le había quedado permanentemente negruzco debido a la ceniza y el hollín. No había podido ir con él al frente de la batalla y estaba seguro de que le habría encantado. Juraría que algo del carácter de Thanos se había quedado en el carnero.

 Giró ambas muñecas y decapitó sin problemas a una criatura cornuda que se le lanzaba con las fauces abiertas. Sus compañeros lo llevaban bien. La Legión, acostumbrada a que sus enemigos se batieran en retirada al primer momento, se había encontrado con que la miríada de combatientes de la Alianza y la Horda que se plantaba frente a ellos no daba un paso atrás.

 -         ¡Mi señor Samuel, allí, parece que tienen problemas! – grito Edwarson, el ballestero de Elwynn, capaz de acertar a un lobo en la oscuridad a varias decenas de metros.

 Tenía razón, subidos a una colina y rodeados de esos perros demonios sedientos de sangre, un grupo pequeño de paladines se estaba viendo desbordado por los embates. Samuel no se lo pensó dos veces y corrió hacia allá.

 -         ¡Hunters, Micheal, venid conmigo! – dijo, mientras apoyaba la bota sobre la espalda de un enorme demonio acorazado y se impulsaba hacia delante.

 Las espadas gemelas de Samuel brillaron blanquecinas cuando se hundieron en el cuerpo del desprevenido sabueso que cayó primero. Sus ataques eran rápidos, pero no eran capaces de controlar el golpeteo continuo de mazas y espadas que provenían de ambos lados.

 -         ¡Adelante, que no quede uno en pie! – gritaba Samuel, mientras miraba por el rabillo del ojo a los paladines, que luchaban con fuerzas renovadas ante la ayuda que acababan de recibir.

 La batalla continuó sangrienta y despiadada. Muchas vidas se perdieron, y algunas alianzas se reforzaron. Los enemigos que provenían del Portal fueron rechazados, y su General yacía ahora en el suelo, con las múltiples heridas que los líderes de la Alianza le habían provocado. Los ejércitos se separaron en varios campamentos distanciados varios kilómetros, a fin de evitar escaramuzas por parte de uno y otro bando. En su tienda, rodeado de sus hombres, y rezando una plegaria por los compañeros caídos en combate, Samuel pensaba en la batalla que acababa de finalizar. Un mensajero, que obedientemente había esperado a que los soldados finalizaran sus rezos, se dirigió al líder del escuadrón:

 - Mi señor Samuel, me han mandado a buscarle.

 Samuel recorrió las diversas instalaciones médicas y altares portátiles que se habían instalado por el campamento de la Alianza para ayudar a los heridos con particular interés. Suponía que el hecho de que el Paladín al cargo del escuadrón de la Mano de Plata enviado al combate lo llamara, era para darle las gracias, pero no entendía por qué; no podía esperar a que recuperaran las fuerzas. Buscó con la mirada el estandarte de la Orden y se acercó a su posición a pequeños saltitos, evitando los excrementos de los animales que salpicaban el campamento.

 -         Soy Samuel de los Páramos, líder del Escuadrón de los Leones de Acero, se me ha hecho llamar – explicó al centinela, que miraba al soldado con ojos cansados.

 El interior del campamento de la Orden estaba bastante bien cuidado en comparación con el resto de las instalaciones de la Alianza, y sus ocupantes no mostraban heridas graves. Samuel entró en una tienda flanqueada por dos de los paladines que reconoció de la colina y saludó de forma monótona con la mano al entrar.


miércoles, 27 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield 2/2

Segunda parte y final de la historia de Samuel Strongshield, donde se explica cómo cayó en desgracia.


Recuerdo esos días en que yo era un niño también.

Hijo menor de una de las castas de Paladines más grandiosas que Ventormenta ha dado: los Strongshield.

Hijo de Jacob y hermano de Adrien Strongshield, iconos de la leyenda de las guerras de la Alianza contra la Plaga de los No Muertos. Destellos de pura luz entre un mar de inmundas criaturas.

Desde pequeño fui criado en la marcialidad y la obediencia. Mi padre nos trataba a mi hermano y a mí con férrea disciplina militar.

Lejos de odiar tal manera de amar, me encantaba.

Me encantaba cumplir las órdenes de mi padre no como tal, sino como un subordinado cumple las órdenes de su superior.

Pasaba horas practicando con la espada hasta que me sangraban las palmas de las manos. Quería ser el mejor, quería que el apellido Strongshield siguiera resonando en las gargantas de todos los fieles de la Alianza.

Quería que infundiera terror en nuestros enemigos.

Pasaron los años y, después de completar mi ordenación como Paladín, me uní a mi hermano y a mi padre en la lucha contra el mal bajo el estandarte de la Sagrada Luz. Era feliz. Codo con codo junto a mis seres queridos. Siendo uno con ellos, ellos siendo uno conmigo.

Fueron unos años felices. La gente del pueblo nos conocía y nos amaba. A menudo nos llevaban cerdos y corderos a nuestra casa para agradecer nuestra labor contra las fuerzas oscuras.

Yo tenía especial debilidad por una pareja joven que esperaba un hijo. A menudo ayudaba al marido en las tareas de labranza dado el avanzado estado de gestación de su mujer. No pedía nada a cambio, la sola mirada de agradecimiento de ambos me colmaba.

Los años posteriores a mi ordenación como Paladín fueron oscuros. La Iglesia decretó la Caza de Brujas debido a las constantes y dañinas influencias de los poderes oscuros sobre la población y los Paladines fuimos una de las principales armas de represión usadas por la Iglesia.

Una mañana, dando mi paseo matutino por el barrio del Templo de Ventormenta, me acerqué a la plaza del SI:7 dado que vi una gran afluencia de gente que iba allí. Cuando llegué,  vi que habían preparado unas piras para prender fuego a algún pobre desgraciado que había sido acusado de brujería.

Cuando pude fijarme bien en quién era el acusado, vi con horror a la pareja joven a la que ayudaba en mi pueblo natal, atados y amordazados, siendo colocados en las piras.

Me quedé allí mirando, bloqueado, mientras prendían fuego al pobre marido, que lo único que gritaba cuando pudo deshacerse de la mordaza era que su mujer estaba en estado, y que no permitieran que su pequeño no nacido fuera quemado vivo también.

Eso fue demasiado. No practicaban brujería. Yo pasaba con ellos demasiado tiempo para no haberme dado cuenta. Era injusto.

No podía permitirlo.

Cargando con todas mis fuerzas contra la multitud llegué hasta los guardias que escoltaban a la pobre mujer, impactada al ver cómo su marido se consumía en la hoguera. Con un ágil movimiento, la cargué en brazos y me abrí paso entre los guardias, corriendo con todas mis fuerzas hacia los canales para poder huir.

No me di cuenta de la flecha clavada en mi espalda hasta que vi la sangre.

Agotado y casi desangrado, mi cuerpo no respondía. Perdí el conocimiento.

Lo último que sentí eran mis brazos abrazando con fuerza a la joven… No debo… soltarla

Desperté en una estancia que recordaba perfectamente. La sala de Tortura Imperial.

Allí los ingeniosos y macabros verdugos pasaron horas y horas intentando que confesara delitos que no había cometido. Querían que confesara que había vendido mi alma a los poderes oscuros, que había matado niños y que había devorado sus corazones.

No me doblegué.

Sabía que no podían matarme. No podían matar a un Paladín que había arriesgado su vida en innumerables ocasiones en nombre de la Luz y la Alianza.

Me excomulgaron. Me obligaron a no poder usar el apellido familiar nunca más hasta que recuperara mi honor. Prendieron fuego a  mis ropajes y a mi equipo. No me importaba.

Lo único que hizo que mi corazón se desgarrase fue la mirada de pánico de mi padre y de mi hermano cuando les contaron todas esas mentiras sobre mí.

Intenté explicarme, pero no me dejaron.

Tuve que abandonar el domicilio familiar y ganarme el sustento vendiéndome a mejor postor como mercenario o cazarrecompensas. Pero mi meta estaba clara.

Tengo que recuperar mi honor. El honor de los Strongshield. Mi honor como caballero.

Proteger a los débiles. Destruir a los malvados. Acabar con las injusticias.

Recuerda mundo. Soy Samuel Strongshield. Recuerda mi nombre.

 Abandono esos tristes pensamientos de mi cabeza y vuelvo a la realidad.

Llego hasta el niño. Está muy asustado y llora.

No te preocupes pequeño, estás a salvo… Confía en mí…