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lunes, 17 de octubre de 2011

Rolcraft - Lesaonähr

Si bien es cierto que hace años que abandoné el Rol en World of Warcraft, guardo algunos buenos recuerdos de aquella época, y también muchos malos. Entre los buenos se encuentra la cantidad de escritos que mi mente dejó salir para crear personajes, algunos de los cuales nunca llegaron a publicarse, y que encontré ayer por casualidad.

La historia que viene a continuación es la de Lesaonähr, un joven Elfo Nocturno.


Extender los brazos y permitir que la suave brisa nocturna te envuelva como un dulce abrazo. Soltar la correa que sujeta el cabello, y dejar que baile libre junto a ella. Cerrar los ojos y tomar aire hasta que los pulmones parezca que van a reventar…

Y saltar.

Sentir durante unos breves segundos cómo se liberan las ataduras terrenales y te pones al mismo nivel que las aves del cielo. Luego, con la habilidad y la experiencia acumulada a lo largo de los años, abrir los ojos, extender los brazos hacia delante con los dedos extendidos, e introducirte en el agua helada como un colmillo en la carne tierna.

Lesaonähr adoraba esas zambullidas nocturnas. Durante ese tiempo, se permitía el lujo de pensar en sí mismo, y dejarse llevar por lo que le dictaba el corazón. No había familia, no había manada, sólo él y la Diosa. A menudo se avergonzaba de sí mismo al tener esos pensamientos. Su familia y la manada eran todo uno, y él pertenecía a ella.


“Recuerda el Pasado en el Presente y prepárate para el Futuro”


Hace 255 años…

Lesaonähr terminó de colocarse la túnica de cuero sobre el cuerpo, y la aseguró con una tira de tela en la cintura. Se sacudió incómodo, no estaba acostumbrado a llevar ropajes. Prefería ir desnudo, como Hermano Lobo o Hermana Sable, o quizás con sólo un paño envolviendo su miembro, para evitar lastimarse con ramas y arbustos.

Pero hoy era un día especial, y debía mostrar respeto. Esa noche, como siempre que la Diosa estaba en lo más alto, brillando con toda su fuerza, se reuniría junto a la Manada para escuchar un relato de la boca de Madre. Adoraba los relatos de las antiguas historias de los Hijos de las Estrellas, y según calculaba, esa noche ella contaría una de las más escalofriantes de todas, y sin embargo, la que más repercusión tendría para el pueblo Kal´dorei.

Cuando llegó a la cabaña central, sonrió al ver que Madre y Padre ya se habían situado en los asientos centrales, junto a la hoguera. Iban vestidos con túnicas de hojas entrelazadas con flores color púrpura, y sus ojos plateados mostraban serenidad. Lesaonähr se sentó en su sitio preferido, frente a ellos, y sonrió cuando Hermano Lobo se tumbó a su lado, reposando su cabeza entre las piernas del elfo. Asintió a Isybelle y Deamus, los otros dos hijos de sus padres, cuando se sentaron a su lado, y los tres miraron al unísono al frente cuando el silencio fue roto por el sonido de la flauta de hueso que Padre comenzó a tocar para ambientar el relato.

- Recordad hijos míos, la caída de la poderosa Azshara. Por desear más que lo que la Diosa le dio, nuestro pueblo fue castigado de forma irremediable. Recordad también la figura del Shan´do Stormrage, nuestro primer Druida. Si no hubiera sido por él, ahora no seríamos más que polvo y cenizas. Y ahora, escuchad, os relataré la guerra que unió a nuestro pueblo junto a las más bellas criaturas de la Diosa contra la amenaza que vino más allá de este mundo…

Y así Madre comenzaba el relato de lo que más tarde se llamó La Guerra de los Ancestros, la favorita de Lesaonähr, que ahora sonreía de pleno al ver satisfecho su deseo.


“Espera. Mantén la respiración. Se rápido en la estocada y ágil
al esconderte. Esas son las mejores armas del Cazador”


Hace 131 años…

Lesaonähr echó un último vistazo a su arco, y sonrió. Había sido su mejor baza al defenderse contra las fieras salvajes durante años, pero luego, tal y como había sido educado, tuvo que aprender a manejarse con armas cuerpo a cuerpo. Padre se lo había explicado el primer día.

- Cuanto mejor es un cazador, más se acerca a su presa. Un cazador novato empezará aprendiendo a manejar el arco y las flechas, símbolo de nuestro pueblo. A lo largo de los años, y según te vayas revelando como un Maestro en cada una de ellas, comenzarás a tomar armas cada vez más pequeñas, armas que te obliguen a acercarte más y más a la pieza codiciada. Podrás decir que eres un auténtico cazador de la manada, e hijo mío, cuando seas capaz de cazar sin usar al resto de tus Hermanos, ni blandir arma alguna…

Ese día había llegado. Ahora debía mostrarle a la manada, y a la Diosa, que era capaz de comportarse como un auténtico Kal´dorei. Alejado de todos y de todo, pasaría varios años subsistiendo sin la comodidad del terreno conocido y la ayuda de sus Hermanos. Y por supuesto, no tendría sus armas a mano.

Pasados doce años, se había habituado a un pequeño territorio que compartía con tejones y marmotas, y que le proveía de fruta fresca y piñones. Había construido un pequeño refugio en la copa de uno de los frondosos árboles… pero no estaba satisfecho.

El problema tenía la forma de un oso adulto, recién llegado a la madurez, que había abandonado su cubil y ahora se dedicaba a abatir venados dentro de su territorio de caza. Los primeros intentos para hacerlo abandonar fueron infructuosos, e incluso los ataques comenzaron a acrecentarse, comenzando a aparecer cadáveres de animales sin apenas tocar. El oso había comenzado a matar por puro placer y eso era algo a lo que debía ponerse fin.

Durante días había estado siguiendo la rutina del oso. Casi siempre cazaba en la misma zona, y su modo de actuar había provocado que los grupos de venados y zancudos se alejaran bosque adentro. Esto hacía que el animal fuera aún más violento… y más peligroso.

Con la experiencia de los años, y las enseñanzas que había recibido por parte de Padre, comenzó a preparar el terreno de lo que iba a ser su batalla más importante en decenas de años. Su rostro se apenó cuando encontró restos en descomposición de un hermoso venado lunar entre los arbustos, un ejemplar que había podido alimentar a la manada durante un par de días, y vestirlos durante años. Se embadurnó el cuerpo con barro y esperó a que la noche se hiciera completamente negra… para cazar al asesino.

No tardó en aparecer. Sus pesados andares se oían desde decenas de metros, y su bamboleo sacudía los árboles y arbustos cercanos. Era como ver una antorcha en una cueva. Un objetivo fácil de distinguir y, por lo tanto, fácil de atacar.

Lesaonähr esperó pacientemente hasta que el oso, al que bautizó mentalmente como Panzarroja, debido a las manchas de sangre que abundaban en su grueso pelaje, se situara en el punto elegido, y entonces, actuó. Silencioso como una sombra, saltó desde la alta rama que le regalaba una vista inmejorable del claro, y cayó a tierra. El oso percibió su olor al instante, y acostumbrado a plantar batalla al mínimo obstáculo, se abalanzó contra él cargando con todo su peso y las mandíbulas abiertas, chorreando saliva. El rugido hizo que una bandada de pájaros alzara el vuelo hacia el cielo, e hizo que Lesaonähr se estremeciera.

- Espera el momento preciso, no te dejes llevar por el pánico – pensó.

Las grandes zancadas del oso le hacían avanzar metros a una velocidad pasmosa, y Lesaonähr no tuvo más que esperar a que el instinto de la criatura hiciera su trabajo. A unos cinco metros de su posición, había cavado una zanja algo profunda y la había cubierto pobremente con ramas y hojas secas. En cuanto Panzarroja se percató de ello, no se molestó en esquivarlo, impulsándose con sus cuartos traseros con fuerza hacia delante para saltar la zanja y devorar al elfo, sin darse cuenta de lo que significaba la amplia sonrisa que mostraba la cara del cazador cuando realizó tal maniobra.

En cuanto a los varios centenares de kilos de peso del oso cayeron a tierra, Lesaonähr rodó hacia un lado, mostrando a la criatura una depresión en el terreno, que llevaba a una pendiente pronunciada, la cual acababa en una pared de roca desnuda. Mientras Panzarroja rodaba colina abajo, Lesaonähr lo persiguió presuroso, cubriéndose el rostro para no respirar la nube de polvo que el gran tamaño del oso provocaba al caer, hasta que se estampó con fuerza contra la pared de roca.

Sin perder tiempo, trepó por la pared ágilmente ayudándose en los pequeños salientes que la erosión había provocado, y subió hasta lo más alto, donde un montón de rocas apiladas le esperaban. Se asomó y vio a Panzarroja que se bamboleaba atontado por el golpe y supo que no tenía mucho tiempo. Miró al cielo, dirigiendo una pequeña y rápida oración a Elune, pidiendo perdón por acabar con un animal que no estaba destinado a servir de alimento, y usó una rama seca como palanca contra las rocas. La maniobra no tardó en ser efectiva, lanzando un pequeño tropel de rocas rodando pared abajo y aplastando al oso rápida y mortalmente.

En su interior una mezcla de sentimientos se arremolinó. Estaba feliz por haber sido capaz de cazar a una criatura que le triplicaba el peso con sólo su astucia, pero sentía enormemente haber tenido que acabar con su vida. Horas después, extrajo la piel del oso con cuidado y la uso para cubrirse en las frías noches de invierno que se avecinaban…


“Mantén unida a la Manada. La Manada suple con la Armonía las carencias del Individuo. Hazlo, y seréis imparables”


Hace 76 años…

El enorme lobo de piel plateada sacudió con el morro a Lesaonähr, sacándolo de su sueño, y se quedó cerca, esperando a que el elfo terminara de despertar.

- Hermano, veo que hoy has amanecido antes que yo, te estás volviendo más madrugador… o quizás yo más perezoso – dijo, mientras se abrazaba a la criatura con ambos brazos, dejando que su pelaje le acariciara la piel – Vamos, es hora de ir a buscar algo para el desayuno.

Mientras la brisa de la mañana hacía estremecer su cuerpo desnudo, Lesaonähr se dobló sobre sí mismo para estirar la espalda y los músculos de las extremidades. Cogió su puñal de hueso, labrado por él mismo, y salió corriendo perseguido por Hermano Lobo y Hermana Sable, que le esperaban ansiosos por saborear carne fresca.

Su silencioso trotar por el húmedo suelo de los terrenos de caza no tardó en dar sus frutos, y ambos animales se pusieron tensos cuando Lesaonähr los mandó detenerse al observar, encubierto por la espesura, a un fabuloso ejemplar de Venado Lunar. Su pelaje, salpicado de trazas azuladas que brillaban con la luz, era cálido en invierno y fresco en verano, y era ideal para hacer piezas de abrigo para las pantorrillas.

Agradeció mentalmente a la Diosa el haber sido tan afortunado de encontrar semejante ejemplar, e indicó con señas y palabras de mando a sus Hermanos cómo actuar ante la situación, y sonrió cuando salieron disparados cada uno en la dirección adecuada.

Mientras observaba cómo el Venado alzaba las orejas, alertado por los olores nuevos que surgían a su alrededor, meditó acerca de las palabras que le dijo Padre no hacía mucho:

- Debes tener en cuenta, Lesaonähr, que nuestra familia es una privilegiada por poder disfrutar de la presencia de los Lobos y los Sables en la manada. A lo largo de mi vida, he comprobado que el resto de nuestro pueblo apenas disfruta de su compañía, más que como montura o alimento en momentos de necesidad. El día que tengas que partir de nuestro lado, tal y como tuve que hacer yo cuando cumplí mi mayoría de edad, deberás respetar a los demás Kal´dorei cuando se extrañen e, incluso escandalicen, de tu familiaridad con aquellos que caminan a cuatro patas.

La idea de tener que marcharse algún día para probar su valía le aterraba y le excitaba al mismo tiempo, y dudaba si sería capaz de ser suficientemente bueno para Padre, que había sido capaz de enfrentarse a los Demonios de la Legión y volver sano y salvo a casa.

Volvió su mente de los recuerdos y se mordió la mano hasta hacerse sangrar para concentrarse en la caza. No debía desaprovechar una pieza, la Diosa no lo permitiría. El venado, alertado por el olor a su sangre, comenzó a caminar para saltar a la mínima amenaza tangible, pero ya era tarde. Hermana Sable ya se había situado en su flanco, y había saltado hacia la pieza con un rugido, provocando que el precioso venado corriera despavorido en dirección contraria. Cuando había avanzado unos pocos metros a plena velocidad, Hermano Lobo ya se había lanzado de frente con las fauces abiertas en dirección a su cuello, lo que provocó que tuviera que frenar de golpe, y girar hacia un lado para evitar la dentellada del lobo. La maniobra había salido a la perfección. Frente a su cornamenta, ahora se encontraba Lesaonähr, cayendo hasta él desde la rama del árbol más cercano, silencioso y mortal, sujetando fuertemente la daga de hueso en su mano derecha.

Rápido y efectivo, no debía sufrir. Un tajo profundo y fugaz en el cuello provocó que una lluvia de sangre impregnara al elfo, desangrando al venado en cuestión de segundos. Lesaonähr rodó sobre sí mismo y comprobó que la pieza había fallecido honorablemente, y realizó unos gestos en honor a Elune, para santificar la caza. Acto seguido, desenrolló la tela que cubría su cintura hasta formar una lona lo suficientemente grande para el venado, y procedió a arrastrar el cuerpo hasta el Hogar.

Mientras regresaba, acompañado por los dos ansiosos carnívoros, que como miembros de la manada habían decidido no probar bocado hasta preparar la pieza, Lesaonähr comenzó a hacer recuento mentalmente de todo lo que sacaría de provecho del Venado Lunar cuando llegaran. No se debía desaprovechar nada.

- La carne será limpiada de los huesos y de la piel, y cortada en trozos para ponerlos a secar al aire. La piel, será curtida y la usaremos para cuando llegue el Invierno, no quiero pasar un frío tan malo como aquél. Los huesos, bien trabajados serán fabulosos como puntas de lanza y cuchillos para desollar, y los tendones… tendré que pedirle ayuda a Madre para preparar cuerdas con ellos cuando los haya cocido, no quiero que se queden demasiado flexibles. Tampoco debo olvidar el estómago y los intestinos… los usaremos de bolsas una vez secos para almacenar el grano…


“Supera los obstáculos con presteza, y te adelantarás a sus consecuencias”


Hace 11 años…

Odiaba a Padre, aunque sabía, en lo más profundo de su ser que él había hecho lo correcto. Había deseado con todas sus fuerzas partir junto a él a combatir al Enemigo en el Monte Hyjal. Quería derramar la sangre demoníaca y ver el fondo de sus ojos cuando se plantara con un puñal en sus gargantas… pero Padre tenía razón.

No había cumplido con la totalidad de sus Ritos de Madurez. La Tradición Familiar le obligaba a cumplir con todos ellos antes de permitir a ningún varón que salga del terreno de caza familiar. Las hembras, sin embargo, en cuanto mostraran los Dones de la Diosa, eran libres de viajar hasta donde el bosque se extendiera.

Pese a su frustración, Lesaonähr recibió a Padre con cariño, y con los honores propios de un Héroe. Un abrazo profundo entre ambos significó para el cabeza de familia más que cualquier otra cosa, y lo tomó del hombro mientras guiaba a toda la manada hasta la cabaña central, la cabaña de las historias. Eso era un hecho excepcional, puesto que sólo se reunían allí cuando la Diosa estaba en toda su plenitud, y éste no era el caso.

- Esta es una reunión de suma importancia, manada. Todos lo habéis sentido, hace unos meses, algo en vuestro interior se resquebrajó, se hundió y desapareció. Una sensación de pérdida como nunca habíais sentido… Pero puedo aseguraros que no tiene nada que ver con lo que sentimos los que estuvimos allí…

Padre tenía razón, aquel día, Lesaonähr cayó de rodillas en tierra mientras perseguía a un escurridizo glotón, y la cabeza le daba vueltas como si hubiera recibido un mazazo. Algo dentro de él había cambiado… había desaparecido, y no sabía lo que era… hasta esa noche.

- El Enemigo… la Legión Ardiente, ha destruido Nordrassil. El glorioso Regalo de los Ancestros ha sido destruido… y me temo que eso significará la muerte para todos nosotros. Mas debemos ser fuertes, si esto implica la desaparición del Pueblo de las Estrellas, nos aseguraremos de que nuestra Diosa esté orgullosa de todos nosotros. No debemos flaquear ni sufrir su pérdida, debemos seguir adelante, y afrontar cada día como si nada hubiera pasado…

Tiempo después, Lesaonähr descubrió que su pueblo, antaño Inmortal, ahora ya no lo era. Pero a él eso no le importaba. Padre había hablado, y Padre tenía razón, como siempre.

Había que seguir adelante…


Respeta a aquellos que han venido antes que tú,

puesto que poseen la experiencia del Tiempo”


Hace 1 año…

Lesaonähr terminó de rezar a la Diosa para que el espíritu de Padre descansara en paz y permitió que Madre, Isybelle y Deamus volvieran a sus tareas. Él se quedó unos minutos más en el altar familiar, recordando con una sonrisa a la persona que le había enseñado todo cuanto sabía.

El año 36 había comenzado con un peligroso y largo Invierno que la manada había sufrido enormemente. Decenas de miembros habían fallecido debido a la escasez de alimentos, y Padre y Lesaonähr cada vez tenían que alejarse más y más de los terrenos de caza para encontrar algo que echarse a la boca. Los árboles y los arbustos habían muerto, y ni siquiera el poder de la Diosa les podía proveer. Con dolor en sus corazones, tuvieron que aprovechar las pieles de los Hermanos caídos para cubrirse, y sus carnes para alimentarse. Nunca un bocado les supo tan amargo.

Finalmente, Padre fue llamado nuevamente a las Filas del Ejército de los Kal´dorei, y dejó a Lesaonähr a cargo del hogar. Pasado el tiempo, una lechuza les trajo noticias satisfactorias, informando acerca de las oscuras fuerzas que estaban manipulando el Mundo para congelarlo permanentemente, y Padre contaba cómo las Fuerzas de la Alianza habían derrotado al enemigo. Pero todas las noticias no podían ser buenas, y con lágrimas en los ojos leyeron cómo el cabeza de la manada no podía volver con ellos, puesto que no todo había acabado. Una antigua y creciente oscuridad se cernía más allá del continente de Kalimdor, en las Tierras del Este, tierras de los Humanos, criaturas jóvenes y llenas de entusiasmo que habían poblado el mundo rápidamente.

Lesaonähr recordó las historias acerca de la caída de Azshara y el Titán Sargeras, y su corazón vibró de emoción, pero sabía que su lugar estaba junto a la manada mientras Padre estuviera fuera.

Pero él nunca volvió. Como tantos otros, cayó presa de las terribles fuerzas de la Legión Ardiente, y pese a que, finalmente, las fuerzas unidas de la Alianza y la Horda vencieron, familias enteras, como la de Lesaonähr, quedaron destrozadas.

Ahora era el momento en que Lesaonähr, como mayor de los tres hijos de sus padres, tenía que tomar el mando y ofrecer sus servicios a Elune y los Druidas, y no permitir que el recuerdo del sacrificio de Padre quedara en el olvido…


“Vive”

Hoy…

La despedida fue masiva, aunque todos en la manada sabían que volvería tarde o temprano. Lesaonähr se aseguró de que Isybelle y Deamus ayudaran a Madre en todo lo que pudieran, y mantuvieran en orden a la manada. En su ausencia, serían los dos patriarcas de la familia.

Miró al camino y sonrió al ver a Hermano Lobo y Hermana Sable. Recordó cuánto tiempo llevaban con él, y cómo habían sido capaces de sobrevivir al paso del tiempo. Quizás las dádivas de la Diosa llegaban hasta esos extremos.

Tomó el sendero que llevaba al exterior de los terrenos de caza, y miró una última vez atrás para despedirse con un gesto de la mano de su manada, que aguardaba a que Lesaonähr desapareciera entre las sombras.

Un rayo de luz lunar repentino, filtrándose a través de las hojas de los árboles, iluminó su rostro, y Lesaonähr supo que Padre también se despedía de él…

viernes, 12 de febrero de 2010

Dualidad

Hoy, y espero que otros días también me atreva a hacerlo, os regalaré una imagen. Cuando escribo estas historias, me gusta decorarlas con imágenes hechas por mí (usando métodos de edición por ordenador, no tengo tan buena mano) para ambientarlas, y para la última aventura de Samuel también ocurrió así. Estoy de lo más orgulloso, recibí algo de ayuda, claro, pero eso no le quita nada de mérito al asunto.

Espero que os guste.



jueves, 11 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Contraofensiva) 5/5

Quinta entrega, y final de la historia. ¿Qué le sucederá a Samuel en la Catedral Negra?


- Aún no lo entiendes, ¿verdad? – dijo, señalando al techo.

Samuel, con el rostro perlado de sudor, alzó la mirada y leyó las runas que estaban grabadas en la fría piedra del techo.

 “Aquel que lee estas palabras ha dejado atrás la vida , pues al observar el Orbe de la Vida Eterna, brinda su arma al servicio del Exánime. Te saludo, Caballero Oscuro”

 - Pues estás muy equivocado, bicho. No tengo intención de servir a nadie más que al Rey que sirvo ahora, y a mis propios ideales – dijo, orgulloso

 - Intención – respondió el Lich, poniendo su mano sobre el Orbe, que comenzó a brillar con fuerza – Eso significa decisión. Nosotros no queremos decisión, Samuel, ¡queremos servidumbre!

 Como respuesta a las palabras del hechicero, del orbe comenzaron a surgir cientos de imágenes. Samuel empuñando la espada, asesinando a sangre fría a Allison, a Triskiel, a Thomas. Recorriendo el Castillo de Ventormenta hasta encontrar a Varian, y asesinándolo como Arthas mató a su padre. Samuel cayó de rodillas, extenuado.

 - Sus recuerdos morirán, Samuel. Tu nombre será borrado del mundo, porque será consumido por el Exánime. 

 - Forjamos nuestro propio destino, Wulgreth, por eso somos fuertes. ¿Para qué quiero gloria? Ya tengo lo que siempre quise. El descanso eterno de mis padres, y recuperar mi apellido. No tienes nada que quiera, ni me tendrás a mí.

 -  Nada es Eterno, Samuel, Sólo la Muerte. Sólo el Rey Exánime.

 - Esto se ha acabado, Wulgreth – dijo, alzando la mano e intentando destruir el orbe con el poder de la Luz. Al instante, el Lich chasqueó los dedos, y la mano de Samuel ardió y se volvió negra. Volvió a intentarlo, y la otra mano le sucedió igual.

 - ¿Ese es todo el poder de la Luz? ¡Observa el auténtico poder! – dijo, mientras centenas de cadáveres se alzaban en el suelo de la catedral. Con un movimiento de muñeca, pulverizó a varias decenas, y dirigió sus titilantes almas hasta su boca – Delicioso… ahora es tu turno, Samuel Strongshield.

 Las fuerzas de Samuel se agotaban, y vio con el rostro enfurecido que no era rival para el Lich. Sonrió tristemente, y alzó el rostro.

 - Bien, Wulgreth. Si esto tiene que acabar… prefiero que sea a mi manera.

 Y diciendo esto, sacó un puñal de su bota, y se atravesó el pecho con un quejido. Pronto la sangre comenzó a manar a borbotones.

 - Ah… te has apuñalado. ¿Quieres saber una cosa? – dijo, acercándose a él y mirándole a los ojos – Aquí no mueres. Derramarás tu sangre y luego, sólo queda el dolor. 

 Extendiendo la mano, Wulgreth atravesó el pecho de Samuel, y lo alzó el aire, mirándolo distraído. Lo lanzó al suelo, haciéndolo rebotar, mientras el León de Acero sentía cómo perdía la consciencia y la volvía a recuperar una y otra vez debido al dolor. Wulgrethle perforó y curó una y otra vez, mientras le miraba con gesto impávido. Le destripaba, y luego volvía a recomponerle.

 - Tengo todo el tiempo del mundo, Samuel. Parece que llevamos meses, pero en tu mundo sólo ha pasado un segundo… Helaré tu alma y olvidarás a tus seres queridos. Sólo escucharás mi Voz.

 Samuel, agonizando, intentaba aferrarse a los recuerdos de Thomas, de Allison, de sus amigos y compañeros, para no caer en la locura. Pero cada vez era más y más difícil. El Lich volvió a atravesarle el pecho, y lo lanzó lejos. Samuel voló. Voló durante una eternidad mientras se desangraba, hasta que cayó de nuevo como un juguete roto, desparramando su sangre por doquier, en el mismo punto en que fue lanzado.

 Luego… oscuridad, y unas manos que le agarraban con fuerza. 

 ¿Serían los demonios que venían por él?


miércoles, 10 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Contraofensiva) 4/5

Cuarta entrega. ¿Quién vencerá en el igualado combate contra el Campeón No Muerto?


- ¡Señor! – gritó Gez, y furioso, se lanzó contra el esqueleto presa de la ira, lanzando golpes fuertes e imprecisos

 El esqueleto no podía contener las rápidas embestidas de Gez, así que lo golpeó con el pomo de la espada, y giró su muñeca para decapitar al soldado. Pero este se agachó en el último instante, y el golpe, cargado de energía sombría, impactó contra el techo del puente, haciéndolo tambalearse.

 El estruendo fue ensordecedor. Mientras retiraban a Samuel como podían del alcance de los escombros, los soldados observaron cómo el esqueleto era sepultado por trozos gigantescos de piedra y mármol. Lo único que quedó visible fue la hoja de su negra espada, alzándose como un brote tierno entre las rocas y el polvo.

 - Demonios chicos, ¿qué ha habéis hecho? – dijo Samuel, aún aturdido, y levantándose con dificultad. Sacudiendo la cabeza, alzó la mano y sonrió – es igual, lo importante es que le habéis detenido.

 Se tomaron unos minutos para relajarse y curar las heridas, mientras la voz del Lich no cesaba de repiquetear en sus cabezas, con promesas de Poder e Inmortalidad. Pero a su contante molestia se unió el susurro de la Espada Negra. Ésta buscaba un nuevo dueño, y como una serpiente, se introducía en los pensamientos de los soldados. Samuel quedó serio, y los miró. La mayoría eran jóvenes que no habían conocido mujer. Otros, quizás con el alma demasiado frágil como para intentar dominar el poder de la espada. No podía permitir que cayera en manos de alguien débil.

 - Cabo, trae al Padre Olivetti.

 Minutos después, el sacerdote acudió y Samuel estuvo discutiendo con él. Los soldados observaron curiosos cómo el Teniente intentaba convencerlo de algo, a lo que él se negaba categóricamente.

 - Es una insensatez, Teniente. Deberíais custodiarla, y dejar que otro la purificase.

 - No hay tiempo, Padre. Si alguien tiene que sacrificarse, seré yo – alzó el rostro – Cabo, venid. Padre, curadme las heridas.

 Cogió a Gez del hombro y le susurró al oído.

 - Quiero que me hagas un favor, si ves que me convierto en alguien que no soy yo, matadme.

 - Pero mi señor, yo…

 - Cabo… Gez, hazme ese favor, ¿vale? No podría soportar convertirme en… eso. Vamos, organiza a los hombres.

 A regañadientes, el Cabo Gez Gronik reunió a los hombres y les explicó la situación. Mientras tanto, el sacerdote terminó de curar sus heridas, y Samuel comenzó a trepar por los escombros, con destino la Espada Negra. Cuando llegó a ella, torció el gesto y la observó. Emanaba poder sombrío, y no estaba seguro de poder vencerla… pero había que intentarlo. Concentró todas sus fuerzas, cerró los ojos mientras murmuraba una plegaria…

 Y tocó la espada.

 En cuanto lo hizo, el mundo se detuvo a su alrededor. El frío congeló su mente y su cuerpo, y se vio transportado a otro lugar, a otro tiempo quizás. Una catedral sombría e imponente apareció ante él, y fue llevado por manos invisibles ante el altar, que se alzaba tenebroso con una esfera roja como la sangre, que palpitaba en lo más alto. Ante él, apareció el Lich, que portaba la Espada Negra.

 - Samuel. Te has presentado ante el Señor de la Muerte y le has ofrecido tus servicios. La Muerte escoge a sus Campeones, y esta espada es símbolo de tal.

 - Te equivocas, Wulgreth – interrumpió Samuel – Vengo a destruir el corazón de la espada… y a ti con ella. No quiero tus dones ni tu inmortalidad.

 - ¿Destruir? – respondió con su cavernosa voz – Iluso inmortal, ¿te crees superior a los tuyos? Los humanos siempre habéis sido fácilmente tentados por el poder…

  - No soy más fuerte que nadie por mí mismo, abominación. Lucho por mi familia, mis amigos, por mi Reino. Esa es mi fuerza. Y por toda esa gente, se que venceré.

 - ¡El reino está muerto! – gritó el Lich – Tu familia morirá en tus manos, porque ahora tu alma me pertenece. Porque has dado tu alma a la espada, como ya hizo el caballero que la portó antes que tú, hace cuarenta años, y el anterior a él, cuando la primera Espada de la Perfidia fue forjada por almas humanas.

 - No me importa de quién fuera la espada, Lich… sé a qué vengo, y lo voy a hacer – dijo, dando un paso hacia delante.

 Con suma lentitud, el Lich extendió un dedo y con él atravesó el hombro de Samuel, que observó aterrorizado cómo entraba limpiamente, sin que él pudiera hacer nada. Con un quejido de dolor, detuvo su avance.


lunes, 1 de febrero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 4/4

Final de la epopeya de Samuel Strongshield. ¿Final? Este PJ ha vivido desde esta historia muchísimas aventuras. Mira, quizás le incluya en la novela...


Días después, en las ruinas de la ahora fortaleza de los Altos Elfos, Samuel descansaba del agotamiento y las heridas del combate junto a sus hombres. Miraba su espada con tristeza, puesto que su gemela había caído y no pudo recuperarla. Una voz familiar le sacó de sus pensamientos:

 -         Samuel, amigo, ven. Tengo algo que enseñarte.

 Triskiel guió al soldado por las ruinas, a los sótanos de la fortaleza. Allí los orcos habían acumulado algunas riquezas debido a saqueos durante años. Sobre una repisa, envueltas en una manta verduzca, reposaban dos formidables espadas gemelas blancas como la nieve.

 -         Son magníficas – dijo Samuel admirando el detalle de la guarda – Manufactura élfica, ¿verdad?

 -         Sí – respondió, quedo, Triskiel – Son Allah´Dural, los Filos del Ocaso. Unas espadas largo tiempo perdidas, ahora por fin encontradas. Quiero que te las quedes, amigo.

 Samuel se sorprendió.

 -         ¿Para mi? Venga ya, Triskiel, no puedo aceptarlo, es demasiado…

 -         Ni pensarlo. – interrumpió el elfo -  Tú perdiste tus armas luchando por ayudar a los míos, es menester que yo te corresponda al menos con esto

 El humano sonrió al elfo, y ambos estrecharon sus manos con afecto, mientras arriba, en el patio de la fortaleza, los elfos reconstruían la formidable fortaleza…

Los soldados armaban un escándalo considerable mientras se encaminaban a Ventormenta. Serían varios días de viaje, y Samuel no quería quitarles el buen humor ordenándoles decoro. Además, qué demonios, a él también le hacía falta sonreir. Mientras cabalgaba a lomos de Hakon, el soldado tuvo tiempo de pensar en todo lo que había dejado en la capital. Pensó en Allison, y en Tommy. Ese muchacho ya tendría unos 12 años, y en este tiempo estaba seguro de que habría dado un buen estirón. 

Se acordó de sus viejos amigos, Triskiel y Zahid, ¿dónde andaría ese bribón? Se acordaba incluso de Nallia, aunque su corazón ya no albergaba sentimiento algo hacia la muchacha, no olvidaba las luchas que habían tenido juntos. Recordó al elfo Akran, siempre tan serio, esperaba que después de la formidable lucha que entablaron juntos, cuando libraron al mundo de los Sefirotes que pretendían helar Azeroth, el druida estuviera bien.

 Se acordó también de lo que le había dicho el Senescal Goldenrobe acerca de la muerte de sus padres. Tendría que visitar sus tumbas cuando se hubiera instalado en la ciudad. Y su consultorio, valgan los dioses, esperaba que el chico al que había instruido se las hubiera apañado. Probablemente le vendería el negocio cuando volviera, ahora que era Teniente del Ejército no podía dedicarse a otros menesteres.

Se volvió sobre su montura y miró a sus hombres con una sonrisa. Estaba orgulloso de su escuadrón, y no lo cambiaría por nada. Eran hombres rudos y peligrosos, pero sobre todo eran fieles al Reino y leales a Samuel, y era lo que importaba.

 -         ¡Señores! – gritó – Estoy muy orgulloso de en lo que se ha convertido el escuadrón de los Leones de Acero. Se que todos vosotros habéis recibido una paga extra por esos meses fuera, pero tengo algo que deciros: os podéis tomar dos semanas libres de descanso, pero cuando volvamos al trabajo, os quiero en plena forma. ¿¡Me habéis oído, Leones!?

 -         ¡Señor, si señor!

 -         ¡No os oigo!

 -         ¡SEÑOR, SI SEÑOR!


domingo, 31 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 3/4

Tercera parte de las crónicas de Samuel. Para plasmar su actitud siempre me he inspirado en héroes como Máximo o Aragorn. Un guerrero honrado, valiente, y amigo de sus amigos.


El campamento al completo estaba revolucionado. No era para menos, los más llevaban más de un año fuera de sus hogares y familias, y todos deseaban colgar al menos por un día sus espadas y armaduras. Samuel se encontraba cerca de los establos, donde Hakon descansaba. Cepillaba con cariño el oscuro pelaje del animal, y musitaba palabras en enánico para relajar al tozudo carnero. Era un formidable ejemplar, y el hecho de portar esa armadura de combate que los herreros enanos de Ironforge le habían hecho ex profeso lo había convertido en un animal grande y fuerte, mucho mayor que el resto de los ejemplares de su especie. Samuel sonrió, lo que más le gustaba de la armadura era el yelmo, que había sido fabricado asemejando el rostro y las fauces abiertas de un león, lo que ocasionaba que a menudo la gente no supiera exactamente qué tipo de bestia montaba el Caballero.

 Terminó de ensamblar las piezas sobre Hakon y lo llevó con las riendas hasta su tienda. Allí lo esperaba Hunters, su más fiel subordinado:

 -         Mi señor, por fin nos vamos a casa, ¿estáis contento? – dijo con una amplia sonrisa en su rostro

 -         Claro, Hunters, ¿cómo no estarlo? Por fin podré volver a ver las murallas de Ventormenta. Las echo de menos. Pero dime, ¿qué querías?

 -         Verá, señor, hemos pasado mucho juntos, y siempre nos ha liderado con sabiduría y valor. Quisiera entregarle esto – sacando de su faltriquera un medallón brillante

 -         Hunters, por favor, es el medallón de tu madre, no puedo permitirlo – respondió Sam, apartando suavemente la mano del soldado

 -         Mi señor, mis padres murieron, y vos sabéis que no… bueno, que no puedo tener hijos. Sois la persona a la que más admiro, y quisiera que fuerais vos quien lo tuviera

 Samuel se lo quedó mirando unos instantes y finalmente sonrió. Abrió la mano de Hunters y tomó el medallón en su mano, colgándoselo al cuello al momento.

 -         Maldita sea, Stephen, siempre consigues convencerme. Supongo que después de Petravista confío siempre en tu criterio…

 

 La fortaleza orca de Petravista se alzaba imponente sobre las colinas de Crestagrana. El lugar estaba en calma, pero nada más lejos de la verdad. Samuel sabía eso. Él, junto al resto de su escuadrón, aguardaban ocultos tras la arboleda a la señal. Conocía el plan de ataque a la perfección, el elfo Triskiel había planeado todo al detalle y sabía que muy mal se tenían que dar las cosas para fracasar. Aún así no podían confiarse, los orcos Rocanegra eran feroces enemigos.

 Miró por encima de su hombro y observó a los soldados que esperaban ansiosos al combate. Ropas oscuras y ligeras, tenían que moverse con rapidez la distancia que separaba su posición de la puerta norte de la fortaleza. La espera era insoportable, pero Samuel sabía que poco faltaba, pues el vello de la nuca se le estaba poniendo de punta, y eso siempre significaba que había magia arcana funcionando cerca.

 -         Aguarda a la señal de Luz y Fuego – dijo el elfo

 De repente, una explosión de gigantescas dimensiones hizo retumbar la fortaleza. Samuel sonrió para sí, Luz y Fuego, sin duda.

 Haciendo una señal a sus espadachines y ballesteros, se lanzaron a toda velocidad contra la puerta norte con el fin de abatir a los sorprendidos guardias orcos. Una lluvia de saetas de ballestas cayó contra ellos, abatiendo a unos pocos e hiriendo a todos. Sin gritos de ataque, sin órdenes. Todos sabían lo que hacer, sin apenas hacer ruido, no había que alertar a la fortaleza de que todo era una trampa…

 Un guardia orco más interesado en alertar a sus compañeros que en su propia vida caía de rodillas frente a Samuel con las manos agarrándose la garganta, ahora abierta de lado a lado. El ataque había sido rápido y efectivo, y Samuel, alzando el brazo, hizo la señal que el resto de sus hombres esperaba. Más allá, ocultos e invisibles, varios soldados cargaban escalas para poder evitar la infranqueable puerta. Ruidos de batalla salpicaban el escenario, y Samuel estaba satisfecho, el plan de su camarada estaba funcionando.

 Trepando ágilmente las escalas treparon a las almenas y llegaron al patio interior, ahora salpicado de orcos y elfos que luchaban encarnizadamente. Samuel no veía a Triskiel, pero sabía que su llegada estaba cerca, por el acceso del puente.

 -         Mi señor, algo no va bien – dijo Hunters, pegándose a su espalda para defender ambos flancos – Estos Rocanegra se jactan de tener a los mejores brujos, y ni siquiera veo a uno por aquí

 Samuel asintió y esquivó con destreza un hachazo que buscaba sus tripas, devolviendo la estocada y rebanando el pescuezo de su enemigo. Hunters tenía razón, y Samuel temía que los brujos estuvieran…

 -         Maldita sea – masculló Samuel - ¡Hunters, vosotros cuatro, seguidme, YA!

 Esquivando cadáveres de uno y otro bando, Samuel trepó a las murallas por las escaleras y observó alarmado a un grupo de brujos orcos que estaban canalizando un oscuro hechizo. Más allá, tal y como estaba planeado, Triskiel y sus hombres avanzaban lo más rápidamente posible por el estrecho puente que daba acceso a la fortaleza. Las saetas de los ballesteros derribaron a dos de los orcos, pero no fue suficiente para que el resto culminara el hechizo, que surgió como una negra mano hasta las columnas que sujetaban el puente.

 -         ¡Vosotros, quiero esos brujos muertos AHORA! – ordenó Samuel – ¡Los demás, venid conmigo, no hay tiempo que perder!

 Los soldados corrían escaleras abajo en dirección al acceso del puente, mientras los ocupados brujos caían fácilmente bajo los filos de los guerreros humanos. Samuel observó aterrorizado cómo el puente había caído, llevándose consigo muchos de los elfos. Los pocos, los que pudieron saltar a tiempo, se sujetaban a las ennegrecidas sogas del puente para no caer. El soldado aceleró el paso, unos orcos corrían hacía allí para hacer caer a los supervivientes, y entre ellos estaba Triskiel.

 Gork era feliz, pese a que los anteriores días habían sido aburridos y monótonos, ahora una encarnizada lucha se estaba gestando, y tenía la oportunidad de matar a un debilucho elfo que se sujetaba con una mano a la soga que le permitía seguir vivo, mientras con la otra sujetaba estúpidamente una espada bastarda. Gork alzó su enorme hacha sobre su cabeza, con la intención de asestar el golpe final, pero no se dio cuenta de que en ese mismo momento, una sombra se abalanzaba sobre él por detrás, seccionando su cuerpo con rabia por la mitad, y dejando a Gork con un gesto de incredulidad en su rostro.

 Samuel llegó a tiempo de abatir al orco que estaba a punto de acabar con Triskiel y clavó ambas espadas en tierra. Llevó su mano hasta la de su camarada y sonrió:

 -         Ya estoy aquí, amigo

 Antes de que pudiera contestar, el gesto del elfo se contrajo mirando por encima del hombro del humano. Samuel se giró, y observó como uno de los orcos que había ido al puente se abalanzaba con una enorme espada dentada contra él. El soldado, con la diestra ocupada en sostener a su compañero, utilizó la siniestra para tomar una de sus espadas y defenderse. El orco era brutal, y el golpe hizo que la espada de Samuel volara lejos, al fondo del abismo. El verdoso ser sonrió, y volvió a levantar su espada con el fin de asestar el golpe final.

 -         ¡Samuel! – gritó Triskiel, haciendo fuerza con el brazo que lo sostenía con vida

 El humano asintió, comprendiendo lo que tenía que hacer. Con un gran esfuerzo por su parte, alzó levemente al elfo con toda la fuerza que le restaba, y éste descargó su largo espadón contra el pecho del orco, que no esperaba tal respuesta. El cuerpo cayó al vacía por encima de los dos guerreros, pudiendo salvar ese obstáculo indemnes.

 La batalla continuó cruenta. El General elfo, Triskiel, Samuel y sus respectivos hombres, habiendo las fuerzas aliadas controlado a duras penas el patio interior, se dirigieron escaleras arriba en dirección al Torreón mayor, donde se ocultaba el líder orco. Mas enemigos les entorpecieron el paso, pero Samuel sabía lo que tenía que hacer:

 -         ¡Nosotros nos encargamos, Triskiel! – gritó el humano, situándose entre los enemigos y los elfos – ¡Subid vosotros y encargaos de ese malnacido!

 La pelea no duro mucho. Los orcos, grandes y brutales, no estaban acostumbrados a luchar en lugares estrechos, y los humanos, más delgados y con largas espadas, pudieron abatir a los orcos rápidamente. Subiendo a toda prisa las escaleras, Samuel escuchó ruido de lucha en la habitación principal, y supo que se estaba librando la lucha final. Arriba, el Cacique Orco se defendía a duras penas de los embates de los dos ágiles Elfos, y el resultado no tardó en llegar. El cuerpo del líder orco cayó por la ventana del torreón al patio, mientras los Caballeros de la Orden de la Mano de Plata barrían a los enemigos huidos a golpe de martillo.


viernes, 29 de enero de 2010

Rolcraft - Samuel Strongshield (Nueva Era) 1/4

Seguimos en WOW, en el servidor Rolcraft. Reconozco que la primera historia de Samuel era algo mala, no comparable con lo que soy capaz de hacer ahora. La que os iré colgando estos días es una historia algo más avanzada, años después: Samuel se alistó al ejército, y subió peldaños poco a poco. En esta historia sabremos un poco más sobre su pasado, y el paradero de sus padres y su hermano.


La mañana había amanecido fría. Unos pocos copos de nieve caían con timidez sobre el blanco manto que formaba el suelo. Pese a que habían pasado varios meses desde que el tiempo había comenzado a volver a su cauce normal, algunas cosas necesitarían años para volver a ser como eran. El soldado Crownell entró con paso dubitativo al ala sur del campamento. Sus compañeros, entre risas, ya le habían advertido de ese austero emplazamiento:

 -         No les mires a los ojos, esos tipos comen carne cruda y se beben la sangre de los demonios…

 Por supuesto, él sabía que todo era mentira, pero no evitaba que una sensación de incomodidad le recorriera el cuerpo entero. El asentamiento del escuadrón de los Leones de Acero era a la vez temido y reverenciado en el gigantesco campamento del Ejército de la Alianza, situado en las planicies del norte. Mientras lo recorría a grandes pasos, notaba las miradas de los soldados que lo observaban de arriba a abajo. Tipos duros, arrogantes, peligrosos. Su líder se había encargado de seleccionarlos entre la peor calaña de la Capital y alrededores: Alguaciles de la Prisión Real, los Guardias del Puerto, los Exploradores del Bosque Oscuro, Mercenarios y demás, formaban ese grupo de élite.

 Crownell esquivó con destreza a un gigantesco matón con una fea cicatriz donde antes debía de estar el ojo derecho, que se le había plantado delante con la intención de intimidarle, y se dirigió a la tienda que le habían indicado. No era la más grande ni la más lujosa, de hecho su ocupante solicitó ex profeso que fuera como la del resto del escuadrón. Todos iguales, todos hijos del Reino, comentaba.

 Un chucho de pelaje parduzco estaba postrado frente a la cubierta que hacía las veces de puerta de la tienda, y alzó la cabeza cuando el joven soldado llegó a ella. Era un ejemplar viejo y cansado, pero se las había arreglado para seguir a su amo de aquí para allá aguantando las inclemencias del tiempo como uno más. Sus ojos negros miraron un segundo a Crownell y acto seguido comenzó a gruñir de forma metódica, como un acto reflejo. El muchacho se quedó parado, perplejo, sin saber qué hacer, hasta que una voz profunda habló desde el interior de la ajada tienda:

 -         Sire, ya basta… Y tú, muchacho, entra, ¿qué quieres?

 El perro, obediente, agachó la cabeza y el soldado, saliendo de su estupor, entró con paso firme en la tienda. Un agradable calor procedente de una pequeña estufa de carbón lo envolvió de repente y miró con una sonrisa incómoda al hombre que se encontraba frente a él. Sentado sobre una silla de piel y piedra, con el largo cabello cayéndole sobre los hombros, y sus fríos y acerados ojos mirándole, el líder del escuadrón parecía mayor de lo que sus años realmente querían reflejar.

 -         Samuel Strongshield, líder del escuadrón de los Leones de Acero, señor, traigo instrucciones para vos de parte del General Lightheart.

 El gesto de la mano del cansado guerrero indicó a Crownell que continuara.

 -         Mi señor, el General Lightheart, de acuerdo a los informes de los exploradores, y en consonancia con las órdenes de nuestro amado rey, Anduin Wrynn, ha descubierto que el de hoy era el último campamento de la Legión que quedaba en pie.

 Samuel abrió los ojos de par en par, y el soldado correspondió con una amplia sonrisa al gesto del Caballero.

 -         Sí, mi señor Strongshield, volvemos a casa.

Aún no se había acostumbrado al hecho de que lo llamaran por su verdadero apellido. Habían pasado varios años desde el fatídico suceso que cambió su vida de repente, y por el cual fue expulsado de la Orden de la Mano de Plata. Aún recordaba las palabras del Maestre Quiebrasombras aquel día, como si fuera ayer:

 -         Hijo mío, con este acto has deshonrado a la Orden y a tu propia familia. El castigo que te corresponde es severo, pero gracias a la intervención del Barón Goldenrobe se te ha reducido la pena. Deberías agradecérselo.

 El Barón Teobaldo Goldenrobe, amigo fiel de su familia desde que tenía conocimiento, consiguió que el castigo fuera algo menos que la muerte. No lo había vuelto a ver desde aquella vez, puesto que fue enviado a las Tierras de la Peste, al norte, como reprimenda por interceder en un asunto con el Maestre. Hasta aquel día…

Era la visión más increible que los cansados ojos del guerrero habían tenido frente a sí jamás. Orcos y Humanos, Enanos y Trolls, e incluso los inmundos No Muertos luchando codo con codo para librar al mundo de ese ejército demoníaco que no dejaba de aparecer por doquier. El escuadrón de Samuel, los Leones de Acero, haciendo honor a su fama, luchaban en el frente de la batalla plantando cara a los demoníacos adversarios de igual a igual. Sam los había elegido por eso mismo. Eran tipos que habían visto la muerte de cerca, y no se acobardarían ante lo que tenían enfrente, lo que habría hecho que un soldado normal manchara sus calzas. 

 Durante un instante, pensó en Helmok, al que había rebautizado como (nombre) (“traducción”) tras la batalla de Petravista, debido a que el pelaje se le había quedado permanentemente negruzco debido a la ceniza y el hollín. No había podido ir con él al frente de la batalla y estaba seguro de que le habría encantado. Juraría que algo del carácter de Thanos se había quedado en el carnero.

 Giró ambas muñecas y decapitó sin problemas a una criatura cornuda que se le lanzaba con las fauces abiertas. Sus compañeros lo llevaban bien. La Legión, acostumbrada a que sus enemigos se batieran en retirada al primer momento, se había encontrado con que la miríada de combatientes de la Alianza y la Horda que se plantaba frente a ellos no daba un paso atrás.

 -         ¡Mi señor Samuel, allí, parece que tienen problemas! – grito Edwarson, el ballestero de Elwynn, capaz de acertar a un lobo en la oscuridad a varias decenas de metros.

 Tenía razón, subidos a una colina y rodeados de esos perros demonios sedientos de sangre, un grupo pequeño de paladines se estaba viendo desbordado por los embates. Samuel no se lo pensó dos veces y corrió hacia allá.

 -         ¡Hunters, Micheal, venid conmigo! – dijo, mientras apoyaba la bota sobre la espalda de un enorme demonio acorazado y se impulsaba hacia delante.

 Las espadas gemelas de Samuel brillaron blanquecinas cuando se hundieron en el cuerpo del desprevenido sabueso que cayó primero. Sus ataques eran rápidos, pero no eran capaces de controlar el golpeteo continuo de mazas y espadas que provenían de ambos lados.

 -         ¡Adelante, que no quede uno en pie! – gritaba Samuel, mientras miraba por el rabillo del ojo a los paladines, que luchaban con fuerzas renovadas ante la ayuda que acababan de recibir.

 La batalla continuó sangrienta y despiadada. Muchas vidas se perdieron, y algunas alianzas se reforzaron. Los enemigos que provenían del Portal fueron rechazados, y su General yacía ahora en el suelo, con las múltiples heridas que los líderes de la Alianza le habían provocado. Los ejércitos se separaron en varios campamentos distanciados varios kilómetros, a fin de evitar escaramuzas por parte de uno y otro bando. En su tienda, rodeado de sus hombres, y rezando una plegaria por los compañeros caídos en combate, Samuel pensaba en la batalla que acababa de finalizar. Un mensajero, que obedientemente había esperado a que los soldados finalizaran sus rezos, se dirigió al líder del escuadrón:

 - Mi señor Samuel, me han mandado a buscarle.

 Samuel recorrió las diversas instalaciones médicas y altares portátiles que se habían instalado por el campamento de la Alianza para ayudar a los heridos con particular interés. Suponía que el hecho de que el Paladín al cargo del escuadrón de la Mano de Plata enviado al combate lo llamara, era para darle las gracias, pero no entendía por qué; no podía esperar a que recuperaran las fuerzas. Buscó con la mirada el estandarte de la Orden y se acercó a su posición a pequeños saltitos, evitando los excrementos de los animales que salpicaban el campamento.

 -         Soy Samuel de los Páramos, líder del Escuadrón de los Leones de Acero, se me ha hecho llamar – explicó al centinela, que miraba al soldado con ojos cansados.

 El interior del campamento de la Orden estaba bastante bien cuidado en comparación con el resto de las instalaciones de la Alianza, y sus ocupantes no mostraban heridas graves. Samuel entró en una tienda flanqueada por dos de los paladines que reconoció de la colina y saludó de forma monótona con la mano al entrar.