sábado, 3 de septiembre de 2011

Aullidos - 3

La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas como dedos que intentaran atrapar las motas de polvo que flotaban en el salón. El crepitar de la chimenea era lo único que se escuchaba en la estancia, en un silencio roto de vez en cuando por unos suspiros lastimeros. Erick, el joven primogénito de la casta de los Colmillos Lunares se encontraba tirado en un enorme sillón de cuero, mirando el fuego con fastidio. Vestía un caro traje de corte italiano especialmente cosido para él, que marcaba su figura como un guante.

Erick era un joven atractivo, con facciones que recordaban a las de los príncipes nórdicos. El cabello, lacio y rubio, peinado hacia un lado con sumo cuidado, coronaba un rostro pálido y hermoso, en el que destacaban dos ojos negros como la noche. Era un orgullo para su madre que el joven hubiera heredado las mejores cualidades físicas de su línea genética, demostrando que el enlace que tuvo al joven heredero como fruto fue todo un éxito.

Su padre, patriarca de los Colmillos Lunares, no se pronunciaba al respecto. De hecho, Harold siempre había sido un hombre silencioso, pero desde que supo que la única hija del clan de los Hijos de Trin´poh había sido enviada con el pretexto de establecer lazos diplomáticos para estudiar un posible enlace entre los jóvenes, apenas había abierto la boca. Harold era un hombre de acción, que se había marchitado desde que había heredado la soberanía de las tierras al norte del río que separaba New Haphesing en dos. Añoraba correr en compañía de la manada, el olor del miedo de su presa, y el viento nocturno en su pelaje.

- Erick, ¿por qué no dejas de suspirar y te levantas del sillón? Vas a arruinar ese precioso traje que encargué para ti – dijo Emma, su madre, que vigilaba la ventana como un halcón – Esa Hija de Trin´poh llegará de un momento a otro, y no quisiera que te viera tirado como una colilla. Tenemos que dar una buena imagen.

Hastiado, Erick miró a su madre como si acabara de pedirle un imposible, y se levantó con un nuevo quejido que irritó visiblemente a su padre. Harold aprovechó para observar la figura de su hijo y se preguntó qué habría sido de él en otros tiempos, donde los licántropos luchaban cada día para fortalecerse, en un mundo en el que los vampiros eran más crueles y menos civilizados que en la actualidad. Si bien su hijo era apuesto e inteligente, su palidez enfermiza y su delgadez lo convertían en una presa fácil si alguna vez alguien atentaba contra él. Dudaba que nadie se atreviera a hacerlo, ya que las consecuencias serían terribles, pero el patriarca a menudo se maldecía por haber permitido que su esposa malcriara al muchacho, volviéndole más una muñeca de porcelana que el futuro señor de los Colmillos Lunares.

- Llega tarde, madre – dijo el muchacho, alisándose con las manos las arrugas del pantalón - ¿Acaso esos sureños no saben lo que es un puto reloj? Además, yo ya había quedado, ¿por qué he tenido que cancelar mi cita por ella?

Su madre no le miró, absorta en su vigilancia de la calle que se extendía bajo la ventana. Emma aparentaba aproximadamente el medio siglo de edad, aunque su naturaleza lupina le había dado una longevidad mucho mayor que la de un ser humano. Su pelo, rubio ceniza, estaba recogido en un moño de aspecto incómodo en lo alto de su cabeza, del que caían pequeños mechones de cabello rematados en joyas. Su vestido, color burdeos, enmarcaba su figura y cubría su piel, marcada con cicatrices recuerdo de años peores. Su marido adoraba esas cicatrices, ayudándole a rememorar su época de juventud, cuando había cazado junto a esa hermosa valquiria y luchado para proteger su vida. Con el tiempo, Emma se había aburguesado, dejando de lado su naturaleza de licántropo para convertirse en la mano derecha del patriarca, y educar al joven Erick con el fin de convertirlo en un líder justo y ambicioso. Tras unos tensos segundos, clavó sus ojos del color del cielo en su vástago, hablándole con un tono que no admitía réplica.

- Deberías contener tu lengua delante de tu señor – dijo, dedicándole a su marido una significativa mirada – Y has tenido que cancelar tu “cita” porque estoy harta de que te pases las noches con esas fulanas. Tienes una sangre demasiado valiosa como para mezclarte con simples mensch.

Erick bajó la mirada a sus zapatos, y se quedó allí callado. Sabía bien que cuando su madre utilizaba términos en su germánico natal, era porque tenía la atención en otra cosa, y era mejor no distraerla.

De repente, el rostro de Emma se iluminó, y se giró hacia Harold, que arqueó la ceja por el repentino entusiasmo de su esposa.

- Ya viene, querido. La Hija de Trin´poh acaba de llegar.

Varios metros abajo, en la calle, una deslumbrante limusina aparcaba silenciosamente y apagaba las luces. Segundos después, el chofer, de espaldas anchas, abría la puerta trasera con diligencia y ayudaba a una joven a descender. Una joven de cabellos rojos como el fuego y piel clara, y unos hermosos ojos azules que se cerraron levemente al salir del coche, inspirando el aroma de la noche. Unos ojos que un espectador afortunado habría podido jurar que albergaban todo el dolor del mundo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Aullidos - 2

- ¡No sabéis a qué os enfrentáis, estúpidos! ¿Sabéis quién soy? ¿Sabéis QUÉ soy?


El vampiro estaba descontrolado. La jauría le había llevado hasta un callejón sin salida, y miraba a un lado y a otro buscando cómo huir. Todavía era joven, demasiado joven. Si hubiera sido uno de sus mayores, podría haber saltado la tapia de varios metros. Incluso había rumores sobre chupasangres tan poderosos que eran capaces de atravesar muros de ladrillos de un solo golpe.


Cuando llegué, toda la manada estaba a su alrededor, gruñendo. Teníamos órdenes de no transformarnos, ya que estando cerca de los límites del territorio, cualquier descuido podría ponernos a la vista de los humanos, pero notaba las feromonas en el aire. Mis hermanos estaban deseando saltar sobre el pálido muchacho y destriparle con nuestros dientes. Pero ninguno se movió. Hasta que Roben se abrió paso a empujones, demostrando su superior fuerza física.


- Sabemos perfectamente qué eres, muchacho. ¿Sabes tú acaso dónde te has metido? ¿Tu hacedor no te ha enseñado los límites de tu terreno de caza?


Roben estaba completamente sereno, sin mostrar sentimiento alguno. Comparado con el resto, que éramos una maraña de rabia y ansia de sangre contenida, el viejo de pelo canoso se mostraba tan tranquilo como un mar en calma. Era una de las ventajas de la edad. Sabíamos que muchos de nuestros hermanos habían dejado que su bestia interior se desbocara, y eso a menudo llevaba a una muerte estúpida.


- ¡Cállate, viejo! ¡Yo voy donde quiera! ¡Soy un señor de la noche! – gritó el vampiro, mostrando sus colmillos aún empapados en sangre inocente - ¡Puedo acabar contigo, y con esos niñatos que te rodean! ¡Soy inmortal!


Un leve murmullo surgió de la garganta de Roben. Murmullo que lentamente se convirtió en una carcajada. Mostrando sus colmillos de lobo viejo, el instructor nos contagió a todos su risa, provocando un estruendo de decenas de voces. El chupasangres se quedó paralizado, sorprendido de nuestra reacción.


- Conozco a los que son como tú – dijo Roben, ordenándonos callar con un gesto de su mano – eres joven, te sientes capaz de todo, sobre todo ahora que has empezado a alimentarte por tu cuenta. Pero te han enseñado mal. Deberían de haberte enseñado las normas básicas de cortesía…


Y diciendo esto, avanzó unos pocos pasos hacia el joven, que respondió con un siseo amenazador. - La primera norma - dijo, alzando su dedo índice - No romperás los límites de tu territorio. Si lo hicieras, atente a las consecuencias.


Nos quedamos paralizados viendo cómo Roben manejaba la situación. Sabíamos de sobra que el viejo era capaz de derrotar con facilidad a un neonato, pero siempre cabía la posibilidad de un descuido, o incluso una trampa.


- ¿Sabes lo que pasaría si no existiera esa norma, chiquillo? Una guerra. Una guerra tan brutal y sanguinaria que traspasaría las fronteras y llegaría a los seres humanos. ¿Eso quieres? Siglos de mantener nuestra existencia en secreto, ¿rotos por un estúpido que no sabe cuál es su sitio?


Roben se quedó a pocos metros del vampiro, con los brazos cruzados y la mirada clavada en él. Su cuerpo, cargado de cicatrices fruto de años de luchas y combates, era una imponente escultura de piedra. Los músculos se cincelaban en la camisa de cuadros que cubría su torso, y el cuello, ancho como una tubería, parecía estar siempre en tensión.


- Por hoy dejaré que te marches, ya que no eres más que un chiquillo. Pero no te atrevas a volver – dijo, girando sobre sí mismo y dándole la espalda – Y una cosa más… dile a tu señor lo que has hecho esta noche. Él sabrá cómo castigarte.


Roben avanzó hacia nosotros, olvidándose del chupasangres. Estábamos sorprendidos, estupefactos. ¡Iba a permitir que se fuera de rositas! ¡Un vampiro!


- ¡Nadie me da órdenes, viejo! ¡Te arrancaré la cabeza, y luego mearé sobre tu cadáver!


Era rápido, sin duda. Hasta el más novato de los hijos de la noche aumentaba su fuerza y su velocidad tremendamente tras la transformación, y éste además estaba recién comido. Como un borrón, desapareció de nuestra vista, para aparecer inmediatamente después un metro por encima de la cabeza de Roben con los colmillos desenfundados y las garras en alto. Nosotros ni siquiera habíamos sido capaces de parpadear, ¡y ese cabrito estaba sobre él! Quería moverme, transformarme en lobo y desgarrar su cuello de no muerto.


Pero no sería necesario. Desde aquella noche, empecé a mirar a Roben con otros ojos.


Con una sonrisa socarrona en su rostro, se giró y atrapó el cuello del vampiro con una mano. Su velludo brazo bajó rápidamente contra el suelo, haciendo crujir el hombro del chupasangres cuando impactó violentamente en el asfalto. Empezó a gritar de dolor, retorciéndose ante la visión de su destrozado miembro que no era capaz de sanar. Sus alaridos resonaban en el callejón, excitándonos de una manera que nunca había percibido. Era el olor de la sangre, de la carne de vampiro esperando ser devorada.


- Te había dado una oportunidad, chico – dijo Roben, casi con pena, mirando con ojos lobunos al vampiro que se retorcía a sus pies – Te has atrevido a levantar la mano contra un licántropo, en su propio territorio. No tengo más remedio que dejar a mis chicos aplicar la ley.


Y diciendo esto, se abrió paso entre nosotros, alejándose de la escena, mientras el pálido muchacho intentaba incorporarse a duras penas, rodeado de unos jóvenes lobos ansiosos.


- Muerte – dije con una sonrisa maliciosa, mientras notaba cómo mi bestia interior se liberaba.


- Muerte – repitieron mis hermanos, acompañando mi transformación con la suya, entre crujidos de huesos y gruñidos de dolor.


El callejón se llenó de rugidos durante unos instantes. Rugidos que pronto quedaron ahogados por el ruido de las bestias alimentándose.

sábado, 27 de agosto de 2011

Aullidos - 1

Se me ha ocurrido un pequeño proyecto (otro más), a ver qué tal se me dá. Últimamente he recibido la visita de la musa y me han salido algunas ideas, acompañadas de algo de tiempo libre. Iré volcando aquí las páginas, a ver qué os parece. Saludos.


La primera vez que la vi fue en una cacería.

Uno de esos chupasangres, probablemente un recién nacido, se había atrevido a matar a una joven dentro de nuestro territorio. No le culpo, estoy casi seguro de que su señor no le había enseñado los límites de sus tierras. El caso es que en cuanto saltó la alarma, no quedó ni un sólo cachorro en el cubil. Nos lideraba ese viejo cascarrabias de Roben, siempre hablándonos de las viejas costumbres, y de cómo se nos había convertido con el paso de los años en auténticos fenómenos de feria, o de cómo antes la sola mención de nuestra estirpe encogía los corazones de los lugareños, y ahora sólo servía para hacer películas y videojuegos.

El caso es que salimos todos en estampida, gruñiendo y jadeando como si no hubiéramos corrido en nuestra maldita vida. Pronto percibimos su olor. Vosotros, los seres humanos, nunca entenderéis las sutiles diferencias que se pueden llegar a percibir con el olfato. Podemos saber cuándo uno de nosotros está excitado, alegre, satisfecho o rabioso. Podemos saber cuándo va a lanzarse al cuello de su presa por la oleada de feromonas que inundan el aire, e incluso sabemos quién es uno de nosotros o un simple farsante.

Con los vampiros sucede algo similar. Tienen un olor distinto al de cualquier otra criatura, un olor que recuerda a humedad, a cripta o a polvo. Parece una obviedad, teniendo en cuenta su condición de muertos andantes, pero no sabría decirte el por qué me recuerdan a ese tipo de cosas. Sólo ellos huelen así, por lo que es fácil reconocerlos en la distancia. Y encima este estúpido estaba a solas en un territorio lleno de licántropos, por lo que era como un jodido faro en mitad de la noche.

Para nosotros era como un juego. Las últimas semanas habían sido algo aburridas, y una cacería siempre nos ponía de buen humor. Al fin y al cabo, durante el día todos tenemos nuestras propias vidas: un trabajo, unas responsabilidades, ese tipo de cosas. Roben siempre gruñía diciendo que antes no era necesario, que si tenías hambre, atacabas una aldea, y te alimentabas hasta que necesitabas hacerlo de nuevo. Era simple. Yo opino que debía de ser muy aburrido. No sé, ¿qué haríamos durante el día si no trabajáramos? Yo me levanto, desayuno y tengo un horario laboral. Como necesitamos dormir menos horas que vosotros, puedo pasar las noches con la manada, compitiendo entre nosotros, aprendiendo nuestra historia y nuestras costumbres.

El caso es que mientras atravesábamos los oscuros callejones a toda velocidad, la vi. Destacaba en la oscuridad como si no hubiera más luz que ella. Su figura, recortada en lo alto del edificio contra el cielo nocturno, observaba nuestros movimientos sin moverse. La acompañaba un Shi´yu, un guardaespaldas, por lo que deduje rápidamente que debía ser de clase alta, una de esas castas endogámicas que se preocupan más por mantener la pureza de una sangre que por sobrevivir.

Me quedé paralizado. Su pelo, rojo como el fuego, caía en cascada hasta sus hombros, y sus ojos se clavaron en los míos cuando pude distinguir bien sus facciones. Era preciosa, jodidamente preciosa. Tenía la piel ligeramente pálida, y brillaba con la luz de la luna como si ella fuera el origen de esa luz. Los brazos, recogidos bajo el pecho, parecían protegerla del frío, y una extraña mirada, como si todo el dolor del mundo estuviera refugiado en sus ojos. Cuando me quise dar cuenta, estaba solo, y el resto de la manada se había perdido en la noche, aullando como perros que buscan el primer plato del día. El callejón había recuperado su silencio habitual, y cuando alcé la mirada, buscando a la silenciosa espectadora, ya había desaparecido.


miércoles, 25 de mayo de 2011

Comunidad Umbría - Bjorn Hojafilada

Desde que tuve la oportunidad de interpretar a un enano en una partida de ESDLA, me enamoré de esos pequeños. Su fuerza, determinación y tozudez encajan a la perfección con una parte de mí. La siguiente historia está escrita para una partida ambientada en un mundo similar al de D&D, aún sin concretar.


Desde pequeño se me educó para ser un guerrero. Mi padre aún servía en las filas del ejército del Maestro Capataz, y su mayor deseo era que yo sirviera con él cuando tuviera la edad suficiente.

Cuando nací poseía los rasgos típicos de mi árbol genealógico: el pelo color cobrizo, la piel oscura y los ojos claros. No había duda de que era un Hojafilada. Al poco se realizaron los rituales típicos de mi familia para asegurarse de que estaba sano: un exhaustivo examen físico para comprobar que tenía cinco dedos en cada mano y en cada pie, los huesos resistentes y los ojos brillantes; una ofrenda a los Dioses para que las enfermedades infantiles que a menudo se llevaban a los recién nacidos más débiles no me afectaran, y lo que mi padre gustaba llamar “la noche eterna”, que consistía en dejarme a solas en una habitación cerrada durante toda la noche sin ninguna atención. Así se lo habían hecho a él, y a todos los varones de su familia durante generaciones. Sobra decir que si ahora mismo estoy aquí es porque todas las molestias que se tomaron dieron su fruto.

No te voy a aburrir con detalles de mi infancia, porque no fue distinta de la de cualquier enano de las Montañas Blancas. Vivir bajo tierra rodeado de centenas de otros enanos, constantemente trabajando, no deja lugar a la imaginación, así que nunca fui un niño muy creativo. Además, si alguna vez se me ocurría quedarme embobado mirando a la oscuridad, planteándome qué se escondería más allá de las sombras, alguno de mis hermanos me pegaba un pescozón para que “dejara de perder el tiempo”. Benditos sean. Si no hubiera sido por ellos, probablemente ahora sería uno de esos advenedizos que pierden el tiempo escribiendo poesía o mendigando por las calles.

Cuando tuve la edad suficiente para blandir un hacha sin cortarme un trozo de oreja, me alisté al Ejército. Ni que decir tiene que era el camino lógico a seguir, porque en mi casa, o eras Herrero, o eras Soldado. Todavía no había nacido en esta generación ningún futuro Maestro Artesano, así que tanto mis hermanos y yo habíamos seguido el camino militar. Algunos años después, ya era capaz de manejarme de una manera más que decente con cualquier arma marcial, y mi cuerpo se había endurecido a base de marchas kilométricas bajo tierra, entrenamientos que me dejaban los músculos doloridos y trabajos forzados cuando nuestra actitud no era la adecuada. Lo normal en cualquier enano, vamos.

Y bueno, poco más puedo decir, porque ya viene “aquello”. Estoy vivo porque en aquella época estaba obsesionado con cazar un oso gris para regalarle la piel a mi padre por su jubilación. Eres un jodido paleto sin idea de geografía, así que te diré que los osos grises de las Montañas Blancas son unas bestias bastante esquivas, y una capa de su piel es capaz de mantenerte caliente hasta en las noches más frías. Así que me dije “Bjorn, ese va a ser el regalo perfecto para padre”. Si no se me llega a meter en la cabeza eso, ahora mismo estaría bajo tierra alimentando a los gusanos.

Hay muchas teorías acerca de qué sucedió realmente con mi clan. Unos dicen que se liberaron fuerzas oscuras que aniquilaron a todo bicho viviente. Otros dicen que uno de los Maestros Artesanos mezcló mal algún componente alquímico que hizo que la montaña se derrumbara por completo. Incluso he llegado a escuchar en determinadas tabernas que ofendimos a algún Dios primigenio y nos borró de la existencia con un chasquido de dedos. La verdadera historia es mucho más sencilla: orcos.

Sí. Poco impresionante, ¿verdad? Orcos simples y corrientes. Según descubrí, era una partida de guerra que se había desbandado de una gran contingente y terminó topándose con las tierras de mi clan. Y como esos hijos de cabra no comprenden otra cosa que el acero y la sangre, aprovecharon las fiestas de La Cosecha para pillarlos desprevenidos. Claro que los míos vendieron cara su sangre, y se enfrentaron a los orcos con todas sus fuerzas, pero eran demasiados. Como último recurso, el Señor de la Montaña usó todo el poder de su Martillo Real para provocar un derrumbamiento. Así pensamos los enanos: si esos orcos iban a matarnos, nos aseguraríamos de que morían con nosotros. Y punto.

Te ahorraré detalles lacrimógenos acerca de lo que sentí cuando escuché el derrumbamiento, y luego, cuando lo vi con mis propios ojos. El sonido fue como si el cielo se desgarrase de lado a lado. Terrible. Algo dentro de mí se agitó, tengo que reconocerlo. Al fin y al cabo, soy el último de mi pueblo, y eso para un enano es duro. No tenía ningún sitio al que ir, así que durante años vagué como un jodido salvaje por los valles de la zona. Menos mal que era un buen soldado, porque si no habría muerto a manos de algún lobo salvaje. Luego fue sencillo: un tipo me dijo en una taberna que podía ganarme un sueldo bastante decente haciendo trabajos que nadie quería hacer, como el tuyo. Y aquí me tienes. La verdad es que me ha gustado lo callado que has estado, aunque te juro que me habría acojonado si hubieras dicho algo: soy un tipo muy supersticioso. El tipo que me hizo el encargo quería sólo tu cabeza, así que dejaré el resto para los buitres. Espero que le guste el trabajo de artesanía que he hecho.

La taxidermia con seres humanos no se me da bien.

martes, 24 de mayo de 2011

Comunidad Umbría - Toushiro

La siguiente historia pertenece a la partida Poseídos, en la que interpretamos a unos jóvenes con un oscuro pasado que han sido poseídos por demonios que les permiten enfrentarse a las fuerzas de la oscuridad. Me atrajo la idea de dar rienda suelta a mi escritura más morbosa. Espero que os guste.


Los copos de nieve caían lentamente, tornándose invisibles cuando tocaban los árboles, farolas, bancos y verjas. Aquellos afortunados que llegaban hasta el suelo, se unían a los miles de otros copos que habían llegado antes, alfombrando el suelo con una cubierta blanca y de aspecto etéreo.

Pero nada de eso le importaba al joven de aspecto enfermizo que avanzaba con paso lento por mitad de la calle. No le importaban los copos que caían. No le importaba la alfombra blanca y pura que destrozaba a cada paso. Sus azules ojos sólo veían un color.

Rojo.

Todo era rojo. Sus manos, sus ropas, su rostro, su cabello. Todo lo que sucedía a su alrededor era superfluo. El mundo era rojo, rojo sangre. Y también era blanco hueso, y violeta pulmón, y amarillo hiel. Y él sólo quería que todo pasara, que pasara rápido. Que ese sueño en el que se encontraba finalizara y despertara al fin.

El guardia que lo abrazó cuando llegó la policía le repetía que ya todo había acabado. Que estaría bien. Pero mentía. Todos mentían.

Toushiro era un chico silencioso y tímido en una ciudad inmensa y ruidosa. Una sombra en un mar de personas, donde nadie se fijaba en nadie. Iba al colegio, cumplía con sus obligaciones, pero eso en casa no importaba. Las pocas veces que su madre estaba sobria le abofeteaba por el mero hecho de parecerse a su padre, y cuando él llegaba a las tantas del trabajo, hinchado como un sapo, a menudo se quedaba dormido en el sofá, sin prestar atención a la pequeña e insignificante vida que crecía lentamente, año tras año.

Sus padres eran su único mundo. No tenía amigos porque vivían en una zona residencial donde la media de edad rondaba la treintena, así que pasaba los días encerrado en casa, mirando por la ventana o chupando películas antiguas en una televisión que a menudo se estropeaba.

La vida no tenía alicientes ni diversión. ¿Qué objetivos podría tener un niño sin motivaciones, cuyas únicas palabras que recibía de sus padres eran amenazas vanas y regadas con alcohol? Afortunadamente, dedicaban sus esfuerzos en discutir entre ellos, gritando hasta dejarse la voz en esa vivienda de paredes de papel, a sabiendas de que los vecinos conocían al dedillo su vida personal.

Por eso no se preocupó aquella noche, cuando las discusiones pasaron a los golpes y bofetadas. Tampoco se alteró cuando su padre gritó de dolor y rabia, y salió a toda prisa, con la camisa desabrochada y las uñas de madre marcadas en su mejilla. No movió ni un músculo cuando él regresó con la pala con la que el muchacho retiraba la nieve que se acumulaba en invierno en el frontal del edificio, sin que nadie le correspondiera con un breve “gracias”.

Luego todo fue una vorágine de imágenes confusas y desconocidas. Sin saber cómo ni por qué, se encontraba sentado sobre un enorme charco de sangre junto a los cadáveres de sus padres. Ella tenía el abdomen abierto, y sus vísceras aún humeantes emanaban un hedor insoportable. Él aún se movía, gracias a los espasmos de su cuerpo abotargado. Un cuchillo de cocina atravesaba su nuca, sobresaliendo levemente por un lateral. Ambos tenían la mirada cargada de odio, como si la muerte que se habían conseguido el uno al otro no fuera suficiente consuelo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Comunidad Umbría - Peter

Uno de mis mayores vicios, si se le puede denominar tal, es el Rol. Me permite evadirme lejos de este mundo que, en repetidas ocasiones, considero aburrido, hostil e injusto. Hace unos meses encontré Comunidad Umbría, que me permite dar rienda suelta a mi creatividad, tanto como jugador como escritor.

En los días sucesivos postearé algunas de mis historias para esta Comunidad. Son personajes que he interpretado a los que he cogido mucho cariño. En este caso, era para la partida La Liga de los Cuentos Interpretados, en la que reinterpretaba la fábula de Pedro y el Lobo.


- No me mires así, no es culpa mía. Eres un uténtico idiota por confiar en la gente de la que no sabes absolutamente nada.

La luna brillaba en el cielo, y las nubes desgarran jirones de ella al correr entre las estrellas. Un hombre, inmóvil y apoyado contra la pared, observaba al hombre que le hablaba con auténtico pavor.

- No siempre he sido así, ¿sabes? Aunque ni siquiera me acuerdo de la época en que era... normal. Mira, ¡qué demonios! No tengo nada que hacer esta noche, y me consta que tú tampoco. Te contaré mi historia. Yo vivía en un pequeño poblado del sur de Europa, ahora a toda esa tierra se le conoce como Grecia, aunque en mi época no éramos más que un puñado de aldeas dispersas por el mapa. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te sorprendes tanto? Si yo hubiera visto por primera vez lo que acabas de ver tú, me creería hasta que el cielo es marrón mierda... al caso. La vida en aquella era jodidamente aburrida, pero aburrida de verdad. No teníamos nada de todo esto que teneis vosotros ahora: televisión, internet, carne congelada... Allí lo único que podías era mirar al cielo y ver pasar el tiempo. Y para un pastor de ovejas como yo, joven y con ganas de comerme el mundo, mucho más.

Además, era negocio familiar, así que no podía alistarme en el Ejército, o hacerme a la mar. No, aún recuerdo a mi padre "Estas ovejas son nuestro bien más preciado, debes cuidar de ellas con tu vida si fuera necesario". ¡Buaf! Menudo gilipollas, si hubiera sabido lo que se ahora, se podría haber metido las ovejas por su gordo culo. Pues eso, que me aburría un huevo, y la gente de mi aldea era tonta, pero tonta tonta, así que me reía de ellos siempre que podía. ¡Ja, cómo me reía de ellos! ¿Qué me iban a hacer, pegarme una paliza? ¡Jah!

Pues nada, un día me dió por montar una grande, que se enteraran en toda la comarca de que ese pueblo era especial. Me desperté temprano como cada día, pero esa vez sería distinta. Cuando estaba sólo en el prado, cuidado de mis malditas ovejas, desgarré mis ropas, me manché con barro y corrí ladera abajo en dirección a la aldea. Grité y grité hasta casi quedarme afónico, agitando los brazos como una mariposa. "Un lobo" decía "un lobo gigante nos ataca".

Ni siquiera yo podía imaginarme el revuelo que se montó. En un abrir y cerrar de ojos, las madres ocultaron a sus pequeños en la seguridad de sus casas, y todos los varones del pueblo tomaron sus horcas y hachas y corrieron hacia mí para ayudarme. Me quedé parado en el momento, ¡qué pedazo de paletos! Cuando todos me rodearon, y mi padre me tomó de los hombros y me miró muy seriamente, preguntándome dónde estaba esa criatura, y qué les había pasado a mis ovejas, no pude hacer otra cosa que descojonarme en su cara. ¡Ja! Tenías que haber visto sus rostros, de auténtico chiste. Tardaron varios minutos en darse cuenta de que todo era una broma, y yo me quedé tirado en el suelo, revolcándome como un cerdo en el barro.

Esa noche mi padre ni siquiera me miró a la hora de cenar, ¡qué más me daba! Ese día sería terriblemente memorable, así que me acosté pronto con la cabeza dándome vueltas, pensando cuál sería mi próxima broma. Pero mi cuerpo tenía ideas propias, así que a media noche tuve que levantarme a orinar. Antes teníamos que salir de la casa para esas cosas, ¿sabes? No había cuartos de baño como ahora. Pues eso, que salgo y me acerco a los árboles cercanos para mear. Y en esto que oigo algo que se mueve en la espesura. "Jabalíes" pensé. Madre mi alma, ¿cómo se me ocurría pensar que un jabalí iba a acecharme de noche. Pero no, estaba adormilado y no le dí importancia, hasta que ocurrió.

Me derribó y me lanzó contra el suelo, dejándome si aliento. Apenas levanté la cabeza, pude ver esos ojos brillando en la oscuridad, y sus colmillos... joder, qué colmillos. Los tipos de antes sí que eran grandes. Parecía que me iba a comer de un solo bocado, así que saqué fuerzas de donde pude y corrí hasta la plaza de la aldea, gritando como había hecho unas horas antes. "Un lobo, un lobo, de verdad" grité. Nadie me prestó atención, ni siquiera mi padre se dignó a asomarse por la ventana y mirarme. Panda de hijos de puta, ¡su propio hijo! No me dio tiempo a más, noté cómo algo me alzaba en el aire con facilidad y me agarraba con fuerza. Dios, cómo apretaba, notaba cómo mis huesos crujían. Me desmayé, quizás pensando que sería lo mejor. Morir devorado sin apenas enterarme.

La luz del sol me despertó. Estaba en la linde del bosque, casi desnudo y con un enorme mordisco en el brazo. Aunque parecía que me hubieran mordido hacía días, ¿sabes? Estaba casi curado. No sabía dónde estaban mi padre, ni la aldea ni las putas ovejas. Pero estaba furioso. Estaba furioso con esos paletos que me habían abandonado a mi suerte contra un puto lobo. Así que me largué. Que les dieran bien por culo. Me metí en el bosque y me reí durante horas, pensando en las caras que iban a poner cuando se pensaran que había muerto. Esa noche deseé haber muerto de verdad.

¿Has sentido alguna vez que te rompen cada hueso del cuerpo y te lo vuelven a recomponer? Ya, me imagino que no. Pues eso sentí yo esa noche, cuando la luna se alzó en el cielo. Vomité mis propias tripas, ¿te imaginas? Bien, ya veo que te estás haciendo una idea de lo que ocurrió. Sí, maldito gilipollas, no había lobos de ese tamaño en el valle. Pero, ¿quién coño sabía de la existencia de los lupinos? Sí, Lupinos... hombres lobo coño. Ese cabrón que me atacó le pareció divertido contagiarme... "esto" y desde entonces estoy en este mundo. ¿A qué es divertido? Pero oye, no está mal, ya has visto lo poco que he tardado en encontrarte, y eso que eres una sanguijuela escurridiza.

En fin...tronco, creo que ya es suficiente, se hace tarde y aún tengo que llegar a una cita. Me has caído bien, ¿sabes? Te has mantenido calladito durante todo esto, y me gusta que me escuchen, así que seré rápido.

La noche estaba silenciosa en aquella parte de la ciudad. Pero este silencio se rompió con el sonido de un grito desgarrador y un crujir de huesos. Luego unos pasos y una ligera risilla. Cualquier observador que se tropezara con la escena sólo vería a un hombre que se escabullía en las sombras mientras llevaba una bolsa con algo redondo y grande en su interior. Algo del tamaño de una cabeza.