Los que me conocéis sabéis de mi gusto por los MMORPG. El último al que estoy enganchado es el AION, el cual os recomiendo. Lo que viene a continuación es un relato inspirado por la mitología que envuelve a este juego.
Cuentan los textos antiguos que cuando el mundo era Uno, si trepabas a la más alta de las montañas podías morir congelado. No consigo concebir algo así. Ahora mismo, en uno de los picos más altos de las heladas montañas de Beluslan, si extiendo las puntas de mis garras soy capaz de percibir el calor del núcleo que se alza sobre nuestras cabezas. Ahí arriba, cuando los soles se esconden tras el manto, incluso puedo ver las luces del mundo de nuestros enemigos naturales, el pueblo de los Elyos.
Los odio. Odio su forma de vida. Su aspecto. La blancura de su piel y de su plumaje. Odio el dorado de sus cabellos. Y sin embargo no puedo evitar sentir una desgarradora tristeza al recordar que una vez fuimos un mismo pueblo. Los odio porque está en mi naturaleza. Si un Elyo se atreviera a aventurarse en las tierras de Asmodea y lo encontrara, no dudaría ni un instante en usar todos los medios a mi alcance para acabar con su vida, y sé que él haría lo mismo. Pero, ¿por qué?
¿Por qué estamos condenados a una guerra infinita, hasta que los soles se apaguen, y el Ojo de Reshanta desaparezca?
Sacudo la cabeza y abandono esos sombríos pensamientos de mi mente. Tengo una misión y debo cumplirla sin demora. Extiendo mis alas, negras como la voluntad de nuestros Señores, y me dejo caer, envolviendo mi cuerpo con el viento helado. Roza mi cara con la amenaza de cortarla como una cuchilla, pero me ayuda a centrarme en la tarea encomendada.
Desciendo silencioso, ayudado por las corrientes de aire que se entrecruzan en la ladera de la montaña. Abajo, a unas centenas de metros de distancia, espera mi enemigo.
Los Balaur.
Enemigo ancestral. Los mismos textos que nos hablan de la destrucción del Antiguo Mundo, nos hablan de estos demonios sedientos de sangre. El odio que mi pueblo siente hacia los Elyos no es nada comparado con la guerra que mantiene en el Abismo contra los Balaur. El pueblo de Elysea también lucha contra ellos, y es en esos momentos en que se cumple un viejo proverbio: El enemigo de mi enemigo, es mi amigo. Me invaden unos sentimientos contradictorios cuando lucho codo con codo junto a uno de esos guerreros de alas blancas contra los Balaur. Sé que debería recelar, pero me siento liberado al saber que sus radiantes espadas no buscarán mi cuello durante unas horas. Y sé que muchos de mis hermanos opinan lo mismo. ¿Acaso soy un traidor por albergar tales pensamientos?
Nuevamente me obligo a olvidar y detengo mi lenta caída. El campamento está cerca, a sólo un par de decenas de metros en vertical. Clavo mis garras en la fría piedra y me concentro. Escucho a la montaña, sus latidos. La piedra clama por liberarse y desgarrar hueso y músculo. Mis maestros me enseñaron a escuchar los silenciosos gemidos de las fuerzas de la naturaleza, encadenadas a nuestro alrededor, pugnando por salir.
Sonrío. Una deliciosa sensación de poder me embarga cuando libero sus ataduras y, primero pequeños, y luego gigantescos pedazos de montaña, se liberan de la pared de roca, arrastrando tras de sí polvo, ramas y nieve.
Los Balaur tardan en percatarse de la avalancha. No se esperaban que alguien se atreviera a acercarse tanto a ellos. Pero no tengo miedo de ellos. No tengo miedo de salir herido. La recompensa por el éxito supera con creces el dolor que cualquier enemigo pueda causarme. Observo con satisfacción cómo una sábana de rocas y nieve arrasa el campamento sin contemplaciones. No hay supervivientes.
Con un gesto seco, separo mis garras de la pared de roca y me dejo envolver nuevamente por el gélido frío invernal. Sólo unos pocos kilómetros me separan de mis hermanos de Legión, que esperan impacientes mi informe.
Aprovecharé esos minutos en silencio para pensar sobre mi futuro en esta guerra…
Un breve paseo por los largos corredores de esta biblioteca conseguirá que te pierdas y no quieras salir nunca más...
miércoles, 27 de octubre de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
Proyecto Zombie - Capítulo 3
El combate fue breve pero intenso. Cuando se dejaron de escuchar los guturales gritos de los infectados sedientos de sangre, sólo quedó la quietud de la noche. Marie giró sobre sí misma buscando a su descomunal amante, pero no encontró rastro de Behemoth. ¿Dónde se había metido? Se permitió unos minutos para recuperar el aliento, y comprobó con rápidas patadas que los caídos realmente lo eran. No podía permitirse errores.
No era la primera vez que el coloso desaparecía, pero le sorprendía que se evaporase tras un enfrentamiento. Normalmente acudía a ella en cuanto le era posible, preocupado hasta el extremo por la salud de su compañera. La amaba, y ella lo sabía, lo que le arrancó una sonrisa en los labios. Pese a que físicamente había cambiado enormemente, en el fondo seguía siendo el mismo chico que había conocido hacía unos años antes.
Registró los cadáveres en busca de algo de valor y regresó a la guarida para asearse e intentar descansar. Los ataques a media noche interrumpían su más que precario descanso, y eso la irritaba. Cuando Behemoth volviera, quizás le pediría unos de sus deliciosos masajes para relajarse.
La niña dormía. Le sorprendía la facilidad que tenía para mantenerse en los brazos de Morfeo pese a la situación que se cernía a su alrededor. Si fuera ella, pensó Marie, estaría muerta de miedo.
- Quizás realmente sólo necesites recuperar horas de sueño – dijo a media voz, mirándola dormir arrugando la naricita.
El cielo estaba especialmente hermoso esa noche, y Marie se sumió en un apacible descanso con la esperanza de despertarse en los brazos de su querido coloso.
A unos cientos de metros de allí, Behemoth resoplaba con dificultad mientras un nutrido grupo de criaturas en evidente estado de descomposición lo arrastraba con cuerdas calle abajo. ¿Por qué no lo había devorado allí mismo?
Estaba desorientado, y sentía como si no fuera más que una muñeca de trapo. Su descomunal fuerza se había evaporado de repente, cuando sintió una corriente de aire frío a su espada, tras destripar a un infectado sin piedad. Antes de que pudiera darse la vuelta, se desplomó golpeando el suelo con la cabeza y partiendo algunas baldosas. No podía llamar a Marie, ya que había perdido la facultad del habla tras las fumigaciones, y observó con impotencia cómo esos otrora descontrolados e impredecibles seres sedientos de sangre se organizaban para atarle por los pies con gruesas sogas y arrastrarle, perdiéndose en las sombras de la noche.
Eso no era habitual. ¿Organizados? No podía ser.
De repente, un gruñido se alzó en la columna de viaje, y todos se detuvieron. Behemoth aprovechó para observar el camino que habían elegido. Pese a que no podía moverse, aún poseía sus facultades mentales, e hizo un mapa mental del recorrido. Habían salido de la avenida donde se encontraba su refugio en dirección sur y como, debido al imponente tamaño del cazador, no podían atravesar las estrechas callejuelas, discurrían por las calles principales.
Entonces supo el lugar al que se dirigía la macabra columna de viaje.
Al Mar de Ceniza, el hogar de los siniestros Sabuesos.
No era la primera vez que el coloso desaparecía, pero le sorprendía que se evaporase tras un enfrentamiento. Normalmente acudía a ella en cuanto le era posible, preocupado hasta el extremo por la salud de su compañera. La amaba, y ella lo sabía, lo que le arrancó una sonrisa en los labios. Pese a que físicamente había cambiado enormemente, en el fondo seguía siendo el mismo chico que había conocido hacía unos años antes.
Registró los cadáveres en busca de algo de valor y regresó a la guarida para asearse e intentar descansar. Los ataques a media noche interrumpían su más que precario descanso, y eso la irritaba. Cuando Behemoth volviera, quizás le pediría unos de sus deliciosos masajes para relajarse.
La niña dormía. Le sorprendía la facilidad que tenía para mantenerse en los brazos de Morfeo pese a la situación que se cernía a su alrededor. Si fuera ella, pensó Marie, estaría muerta de miedo.
- Quizás realmente sólo necesites recuperar horas de sueño – dijo a media voz, mirándola dormir arrugando la naricita.
El cielo estaba especialmente hermoso esa noche, y Marie se sumió en un apacible descanso con la esperanza de despertarse en los brazos de su querido coloso.
A unos cientos de metros de allí, Behemoth resoplaba con dificultad mientras un nutrido grupo de criaturas en evidente estado de descomposición lo arrastraba con cuerdas calle abajo. ¿Por qué no lo había devorado allí mismo?
Estaba desorientado, y sentía como si no fuera más que una muñeca de trapo. Su descomunal fuerza se había evaporado de repente, cuando sintió una corriente de aire frío a su espada, tras destripar a un infectado sin piedad. Antes de que pudiera darse la vuelta, se desplomó golpeando el suelo con la cabeza y partiendo algunas baldosas. No podía llamar a Marie, ya que había perdido la facultad del habla tras las fumigaciones, y observó con impotencia cómo esos otrora descontrolados e impredecibles seres sedientos de sangre se organizaban para atarle por los pies con gruesas sogas y arrastrarle, perdiéndose en las sombras de la noche.
Eso no era habitual. ¿Organizados? No podía ser.
De repente, un gruñido se alzó en la columna de viaje, y todos se detuvieron. Behemoth aprovechó para observar el camino que habían elegido. Pese a que no podía moverse, aún poseía sus facultades mentales, e hizo un mapa mental del recorrido. Habían salido de la avenida donde se encontraba su refugio en dirección sur y como, debido al imponente tamaño del cazador, no podían atravesar las estrechas callejuelas, discurrían por las calles principales.
Entonces supo el lugar al que se dirigía la macabra columna de viaje.
Al Mar de Ceniza, el hogar de los siniestros Sabuesos.
martes, 1 de junio de 2010
Proyecto Zombie - Capítulo 2
Marie se despertó sobresaltada cuando su compañero de cama tuvo un espasmo y abrió los ojos. La pequeña lamparita de gas seguía funcionando, y sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la diferencia de luz. Ni siquiera se habían planteado apagar las luces por la noche: los infectados parecían poder oler su aroma y sentir el calor de sus cuerpos, y no importaba si estaban completamente a oscuras. Así que dejaban siempre la lámpara encendida para estar precavidos ante cualquier ataque.
Y parecía ser que ése era uno de esos días.
Los gorgoteos se escuchaban abajo, en la calle. Behemoth se levantó silenciosamente, algo sorprendente para alguien de su tamaño, y asomó el rostro. La avenida, en otra época una de las principales vías de acceso de la ciudad, ahora no era más que una explanada llena de restos de coches calcinados y cadáveres a medio descomponer. Pero un ojo experto, curtido por los meses de continua caza de esos seres caníbales, distinguía las sutiles figuras que acechaban en las sombras.
Tres. No, cinco. Siete. Parecía una emboscada en toda regla.
- ¿Cuántos? – dijo Marie entre susurros, comprobando los cargadores de su SPS.
El gigante respondió con unos breves golpes en el marco de la ventana, indicando el número. Su figura, recortada contra la luna, recordaba a las gárgolas de las catedrales góticas de hacía unos siglos. Su cuerpo musculoso era capaz de partir a un infectado por la mitad de un solo golpe, y su piel endurecida resistía hasta las mordeduras y arañazos. Pero Marie no era tan resistente. Había tenido que aprender a utilizar armas de fuego, pese a que las odiaba cuando era más joven. Pero no temía: sabía que su guardaespaldas, su amante, siempre estaría a su lado para protegerla.
- Lista – añadió, echando un último vistazo a la joven que Behemoth había recogido unos días antes. Dormía plácidamente, aunque en ocasiones se movía inquieta en sueños, quizás recordando algún incidente del que nunca hablaría abiertamente.
Desde que la acogieron, apenas había intercambiado unas palabras con la pareja. Permanecía callada, completamente quieta en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho. Dejaba la mirada perdida, con la vista fija en un lugar lejano, sumida en sus recuerdos. Su cuerpo, ahora limpio y aseado gracias a los cuidados de Marie, parecía aún más frágil, blanco y delgado como una rama joven pero, ¿quién no lo parecía en un mundo como ese?
La madera que cubría el marco de la ventana crujió cuando el gigante se apoyó en ella para saltar hasta el suelo. La distancia de unos cuantos metros no era un obstáculo para él, y estaba claro que no podría utilizar las escaleras del edificio. Marie, agarrada a su cuello, cerró los ojos hasta que el estruendo y el temblor indicaron que habían aterrizado. Aún no se había acostumbrado a esos vuelos sin motor.
La luna brillaba en el cielo, y daba a la escena una apariencia fantasmal, como de pesadilla. Las criaturas que acechaban no se lo pensaron dos veces: con un grito gutural, más animal que humano, salieron de sus escondites y corrieron hacia ellos. Marie bajó al suelo de un salto, y sin pensarlo dos veces, abrió fuego con su semiautomática contra todo lo que se moviera. La SPS no era una pistola especialmente buena, de fabricación española, pero era la única a la que había podido echar el guante. El chasquido que resonaba con cada disparo era ciertamente molesto, pero eso no importaba cuando te enfrentabas a ese tipo de seres. Las balas impactaban contra ellos, abriendo grandes agujeros en sus cuerpos putrefactos, y no tardaban en caer cuando las heridas eran demasiado para ellos.
Uno al suelo. Dos.
Behemoth no podía utilizar pistolas ni rifles. De hecho, tampoco los necesitaba. Cuando comprobó que Marie estaba bien protegida tras una improvisada barricada hecha de chatarra, se abalanzó a grandes zancadas hasta tres infectados que le esperaban, mirándole con unos ojos que hacía tiempo no expresaban nada más que rabia y hambre. Haciendo un barrido con el brazo, derribó a dos de ellos, y el sonido de huesos rotos que acompañó a los cuerpos al caer indicaba que ya no hacía falta preocuparse.
El tercero aprovechó el giro del gigante para saltar hasta su pierna, gruesa como una viga, intentando arañarle y morderle, arrancarle una pequeña parte de carne. Pero no pudo. Antes de que sus putrefactos dientes rompieran el tejido de cuero que llevaba Behemoth, una gigantesca mano agarró su cabeza y lo alzó en el aire. El formidable puñetazo que vino después destrozó literalmente al infectado, desparramando trozos de hueso y órganos en descomposición por el asfalto.
Tres más. Cinco.
- ¡Recarga! – gritó la cazadora tras la barricada, y le hizo una señal con la mano a Behemoth.
Y parecía ser que ése era uno de esos días.
Los gorgoteos se escuchaban abajo, en la calle. Behemoth se levantó silenciosamente, algo sorprendente para alguien de su tamaño, y asomó el rostro. La avenida, en otra época una de las principales vías de acceso de la ciudad, ahora no era más que una explanada llena de restos de coches calcinados y cadáveres a medio descomponer. Pero un ojo experto, curtido por los meses de continua caza de esos seres caníbales, distinguía las sutiles figuras que acechaban en las sombras.
Tres. No, cinco. Siete. Parecía una emboscada en toda regla.
- ¿Cuántos? – dijo Marie entre susurros, comprobando los cargadores de su SPS.
El gigante respondió con unos breves golpes en el marco de la ventana, indicando el número. Su figura, recortada contra la luna, recordaba a las gárgolas de las catedrales góticas de hacía unos siglos. Su cuerpo musculoso era capaz de partir a un infectado por la mitad de un solo golpe, y su piel endurecida resistía hasta las mordeduras y arañazos. Pero Marie no era tan resistente. Había tenido que aprender a utilizar armas de fuego, pese a que las odiaba cuando era más joven. Pero no temía: sabía que su guardaespaldas, su amante, siempre estaría a su lado para protegerla.
- Lista – añadió, echando un último vistazo a la joven que Behemoth había recogido unos días antes. Dormía plácidamente, aunque en ocasiones se movía inquieta en sueños, quizás recordando algún incidente del que nunca hablaría abiertamente.
Desde que la acogieron, apenas había intercambiado unas palabras con la pareja. Permanecía callada, completamente quieta en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho. Dejaba la mirada perdida, con la vista fija en un lugar lejano, sumida en sus recuerdos. Su cuerpo, ahora limpio y aseado gracias a los cuidados de Marie, parecía aún más frágil, blanco y delgado como una rama joven pero, ¿quién no lo parecía en un mundo como ese?
La madera que cubría el marco de la ventana crujió cuando el gigante se apoyó en ella para saltar hasta el suelo. La distancia de unos cuantos metros no era un obstáculo para él, y estaba claro que no podría utilizar las escaleras del edificio. Marie, agarrada a su cuello, cerró los ojos hasta que el estruendo y el temblor indicaron que habían aterrizado. Aún no se había acostumbrado a esos vuelos sin motor.
La luna brillaba en el cielo, y daba a la escena una apariencia fantasmal, como de pesadilla. Las criaturas que acechaban no se lo pensaron dos veces: con un grito gutural, más animal que humano, salieron de sus escondites y corrieron hacia ellos. Marie bajó al suelo de un salto, y sin pensarlo dos veces, abrió fuego con su semiautomática contra todo lo que se moviera. La SPS no era una pistola especialmente buena, de fabricación española, pero era la única a la que había podido echar el guante. El chasquido que resonaba con cada disparo era ciertamente molesto, pero eso no importaba cuando te enfrentabas a ese tipo de seres. Las balas impactaban contra ellos, abriendo grandes agujeros en sus cuerpos putrefactos, y no tardaban en caer cuando las heridas eran demasiado para ellos.
Uno al suelo. Dos.
Behemoth no podía utilizar pistolas ni rifles. De hecho, tampoco los necesitaba. Cuando comprobó que Marie estaba bien protegida tras una improvisada barricada hecha de chatarra, se abalanzó a grandes zancadas hasta tres infectados que le esperaban, mirándole con unos ojos que hacía tiempo no expresaban nada más que rabia y hambre. Haciendo un barrido con el brazo, derribó a dos de ellos, y el sonido de huesos rotos que acompañó a los cuerpos al caer indicaba que ya no hacía falta preocuparse.
El tercero aprovechó el giro del gigante para saltar hasta su pierna, gruesa como una viga, intentando arañarle y morderle, arrancarle una pequeña parte de carne. Pero no pudo. Antes de que sus putrefactos dientes rompieran el tejido de cuero que llevaba Behemoth, una gigantesca mano agarró su cabeza y lo alzó en el aire. El formidable puñetazo que vino después destrozó literalmente al infectado, desparramando trozos de hueso y órganos en descomposición por el asfalto.
Tres más. Cinco.
- ¡Recarga! – gritó la cazadora tras la barricada, y le hizo una señal con la mano a Behemoth.
miércoles, 28 de abril de 2010
Zeke Manozlimpiaz
Tras un tiempo inactivo vuelvo a la carga con una nueva historia. Esta vez es de un Goblin que hará todo lo posible por obtener fama y fortuna. Como podréis comprobar, está escrito con el típico "zezeo" que atribuyo a los pielesverdes. Que la disfrutéis.
Berto Manozlimpiaz no era un buen tipo.
Ya zabez, de ezoz que te cruzaz por la calle y zabez que no ez trigo limpio, y mejor que te cambiez al otro lado. Zuz ojilloz rojoz parecían evaluar a todo el que pazaze frente a elloz, y zuz dientez amarillentoz manejaban con zoltura un palillo que había vizto tiempoz mejorez.
De hecho, cualquier extranjero que miraze a zu familia ze preguntaría cómo alguien azí habría zido capaz de conzeguir una pareja, e incluzo de engendrar una familia numeroza. Pero bueno, qué zabrán ezoz tipoz, loz goblinz zomoz azí. Zi tu bolza eztá llena de oro, cualquier coza ez pozible.
La verdad ez que a mí loz pequeñoz me daban láztima. Eze cabrón de Berto lez daba una palizaz de órdago, y no me extrañaría que a la mujer también. Pero zu padre era conzejero auxiliar de zegunda categoría de reemplazo del antiguo Barón, y bueno, tú no zabez el preztigio que ezo da en una zociedad como la nueztra. El cazo ez que ze encargaba de malgaztar el dinero de zu difunto padre a manoz llenaz, y a la pobre familia no lez daba ni loz buenoz díaz.
Loz hijoz zalieron todoz medio tontoz, debido a que, como ya te he dicho, a Berto ze le iba mucho la mano, pero hubo uno, zólo uno, que pareció ezcapar máz o menoz ilezo. Eze muchachote ze llamaba Zeke, como zu abuelo, y dezde ziempre ze afanó en ezcapar de laz patadaz de zu padre. Creo recordar incluzo que, entre copa y copa, un día me confezó que no lo hacía por zupervivencia, zino porque el odio que profezaba a zu padre era tal, que zólo quería hacerze máz grande e inteligente que él, y aplaztarlo como una mozca.
Pero noz eztamoz adelantando mucho, hablamoz de hará no muchoz añoz… veintitantoz. Zeke empezó zu carrera como “comerciante” dezpiztando alguna moneda aquí y otra allí del tezoro de zu padre. Ezo le permitió empezar con una floreciente empreza de pezcado frezco. Laz malaz lenguaz dicen que entoncez recibió incontablez palizaz de loz marineroz del puerto, pero ¡qué zabrán elloz! Yo te digo que eze tipo eztaba deztinado a zer algo grande.
Loz añoz pazaron, y de un pequeño puezto de pezcado, Zeke había obtenido una pequeña fortuna comprando y vendiendo zuztanciaz ilegalez. Ya zabez, Loto Negro, Polvo de Hongo Púrpura… ezaz cozaz tarde o temprano pazan factura, y nueztro amigo no iba a zer diztinto. Loz jefazoz ze enteraron de que había eztado pazando de contrabando cozaz azí zin pagar zu correzpondiente impuezto, y le zubieron al primer barco que viajaba al continente.
Zin dinero, zin comida, y zobre todo, zin contactoz, Zeke puzo el pie en tierra en medio de lo que penzó que era un gigantezco conflicto bélico… quiero decir, una auténtica oportunidad para recuperar zu pozición de nuevo. Ezoz tipoz de la Horda fueron loz primeroz que aceptaron no matarle de un hachazo, azí que ze azeguró de que ziempre eztaba cerca zuya, ya zabez, por precaución. Pero lo que comprobó realmente era la imprezionante demanda de productoz que ezoz tipoz necezitaban. Armaz, armaduraz, alimento, agua. ¡Agua! ¿Me haz oído bien? Un ejército entero que necezitaba todo aquello que él podía ofrecer, y cazi zin ezforzarze.
Azí que ahí eztaba él, hablando con otroz como él que habían decidido viajar fuera de laz Izlaz por una u otra razón, zin un zitio real donde ir, y zin nada que hacer. Pero Zeke ziempre había zido paztor, y no oveja, azí que no tardó en reunirloz un grupito baztante variopinto y ofreció zuz zervicioz como “Contratizta”. No entraré en detallez, pero ze oyó durante muchoz añoz, incluzo ya cuando había acabado la guerra, el término “ezclavizta” o “timador” pero yo por aquel entoncez ya lo conocía, y te digo que no ez de eze tipo de perzonaz, no como zu padre. Ademáz, todoz ezoz tipoz zabían de zobra a lo que ze enfrentaban cuando no leían la letra pequeña del contrato.
No me mirez azí, ya ze que no te he contado lo que hizo con zu padre, erez un anziozo, ¿zabez?
Ya te he dicho que durante la tercera guerra Zeke hizo un buen nombre como… bueno, “hombre de negocioz” azí que no le coztó convencer a loz Príncipez de que zu vuelta a laz Izlaz no zería perjudicial. Ezo, y una buena zuma de oro, por zupuezto. Regrezó a zu caza, y comprobó cómo prácticamente zu familia zeguía igual. Zu padre zeguía ziendo un zapo abotargado que no hacía máz que vivir de laz rentaz, zu madre una pequeña criatura azuztadiza, y zuz hermanoz meroz peonez mutiladoz o ciegoz debido a laz obraz de ampliación de loz túnelez. Quedó completamente decepcionado, penzó en llegar cuando zu padre eztuviera en lo máz alto y aplaztarlo como un guzano.
Pero no fue azí, pero ya había gaztado demaziado oro y demaziado tiempo como para dejarlo azí. Con una ligera zonriza, ze plantó delante de Berto con una zonriza zádica en el roztro, y le entregó un papel. Aún zigo zin zaber qué ponía, pero he oído rumorez zobre que le llevaban al Circo de Gladiadorez, o quizáz que el dinero que había gaztado realmente no era zuyo y que debía milez de piezaz de oro a loz Príncipez. El cazo ez que zu padre zalió corriendo por loz túnelez como zi hubiera vizto al mizmízimo Arthaz, y ze lanzó a una foza de lava. Lo demáz ez irrelevante, creo que dejó algo de dinero a zu madre por loz zervicioz preztadoz durante la infancia y volvió aquí.
Pero lo bueno no dura ziempre, azí que la guerra acabó, y con ella el negocio de Zeke. Como no había con quién pegarze, zuz “ayudantez” decidieron largarze y empezar por libre, y volvió al principio. Bueno, no del todo, tenía aún algo de dinero de lo que le había quedado traz zu viaje a laz Izlaz, y pudo comprar una pequeña granja de cerdoz cerca de la nueva capital, y ze la alquiló a un par de orcoz con ganaz de trabajar. No ze qué hizo luego, yo le perdí la pizta unoz mezez dezpuéz. Creo que intentó hacer un buen negocio con el tema del Portal y Draenor, pero creo que loz militarez le dijeron que por ahí ni loco.
Azí que eza ez la hiztoria de cómo acabé aquí, prezo. Me explico, ze que nada de ezo te explica que eztemoz en una maldita celda del puerto, ni que tenga el ojo morado, ni que eze tipo de ahí me acabe de pegar una paliza de campeonato. Pero ezo tiene una explicación máz corta. Zeke reapareció hará unoz mezez y me ofreció emprender de nuevo un comercio en ezta época, que zi el mercado emergerá de nuevo y mil cozaz máz. Pero yo ya eztaba en un aprieto, debía algo de oro y fue como ver la luz al final del túnel. Digamoz que me olvidé de darle la vuelta en par de encargoz que me hizo.
Azí que nada, ahora te dejo, probablemente no noz volvamoz a ver porque eze tipo eztá cogiendo unaz tenazaz, pero ha zido un placer. Creo haberlez oído hablar de que tú ibaz a zer vendido por partez, azí que ezpero que no le hayaz inzultado, o peor aún, le hayaz intentado engañar.
Berto Manozlimpiaz no era un buen tipo.
Ya zabez, de ezoz que te cruzaz por la calle y zabez que no ez trigo limpio, y mejor que te cambiez al otro lado. Zuz ojilloz rojoz parecían evaluar a todo el que pazaze frente a elloz, y zuz dientez amarillentoz manejaban con zoltura un palillo que había vizto tiempoz mejorez.
De hecho, cualquier extranjero que miraze a zu familia ze preguntaría cómo alguien azí habría zido capaz de conzeguir una pareja, e incluzo de engendrar una familia numeroza. Pero bueno, qué zabrán ezoz tipoz, loz goblinz zomoz azí. Zi tu bolza eztá llena de oro, cualquier coza ez pozible.
La verdad ez que a mí loz pequeñoz me daban láztima. Eze cabrón de Berto lez daba una palizaz de órdago, y no me extrañaría que a la mujer también. Pero zu padre era conzejero auxiliar de zegunda categoría de reemplazo del antiguo Barón, y bueno, tú no zabez el preztigio que ezo da en una zociedad como la nueztra. El cazo ez que ze encargaba de malgaztar el dinero de zu difunto padre a manoz llenaz, y a la pobre familia no lez daba ni loz buenoz díaz.
Loz hijoz zalieron todoz medio tontoz, debido a que, como ya te he dicho, a Berto ze le iba mucho la mano, pero hubo uno, zólo uno, que pareció ezcapar máz o menoz ilezo. Eze muchachote ze llamaba Zeke, como zu abuelo, y dezde ziempre ze afanó en ezcapar de laz patadaz de zu padre. Creo recordar incluzo que, entre copa y copa, un día me confezó que no lo hacía por zupervivencia, zino porque el odio que profezaba a zu padre era tal, que zólo quería hacerze máz grande e inteligente que él, y aplaztarlo como una mozca.
Pero noz eztamoz adelantando mucho, hablamoz de hará no muchoz añoz… veintitantoz. Zeke empezó zu carrera como “comerciante” dezpiztando alguna moneda aquí y otra allí del tezoro de zu padre. Ezo le permitió empezar con una floreciente empreza de pezcado frezco. Laz malaz lenguaz dicen que entoncez recibió incontablez palizaz de loz marineroz del puerto, pero ¡qué zabrán elloz! Yo te digo que eze tipo eztaba deztinado a zer algo grande.
Loz añoz pazaron, y de un pequeño puezto de pezcado, Zeke había obtenido una pequeña fortuna comprando y vendiendo zuztanciaz ilegalez. Ya zabez, Loto Negro, Polvo de Hongo Púrpura… ezaz cozaz tarde o temprano pazan factura, y nueztro amigo no iba a zer diztinto. Loz jefazoz ze enteraron de que había eztado pazando de contrabando cozaz azí zin pagar zu correzpondiente impuezto, y le zubieron al primer barco que viajaba al continente.
Zin dinero, zin comida, y zobre todo, zin contactoz, Zeke puzo el pie en tierra en medio de lo que penzó que era un gigantezco conflicto bélico… quiero decir, una auténtica oportunidad para recuperar zu pozición de nuevo. Ezoz tipoz de la Horda fueron loz primeroz que aceptaron no matarle de un hachazo, azí que ze azeguró de que ziempre eztaba cerca zuya, ya zabez, por precaución. Pero lo que comprobó realmente era la imprezionante demanda de productoz que ezoz tipoz necezitaban. Armaz, armaduraz, alimento, agua. ¡Agua! ¿Me haz oído bien? Un ejército entero que necezitaba todo aquello que él podía ofrecer, y cazi zin ezforzarze.
Azí que ahí eztaba él, hablando con otroz como él que habían decidido viajar fuera de laz Izlaz por una u otra razón, zin un zitio real donde ir, y zin nada que hacer. Pero Zeke ziempre había zido paztor, y no oveja, azí que no tardó en reunirloz un grupito baztante variopinto y ofreció zuz zervicioz como “Contratizta”. No entraré en detallez, pero ze oyó durante muchoz añoz, incluzo ya cuando había acabado la guerra, el término “ezclavizta” o “timador” pero yo por aquel entoncez ya lo conocía, y te digo que no ez de eze tipo de perzonaz, no como zu padre. Ademáz, todoz ezoz tipoz zabían de zobra a lo que ze enfrentaban cuando no leían la letra pequeña del contrato.
No me mirez azí, ya ze que no te he contado lo que hizo con zu padre, erez un anziozo, ¿zabez?
Ya te he dicho que durante la tercera guerra Zeke hizo un buen nombre como… bueno, “hombre de negocioz” azí que no le coztó convencer a loz Príncipez de que zu vuelta a laz Izlaz no zería perjudicial. Ezo, y una buena zuma de oro, por zupuezto. Regrezó a zu caza, y comprobó cómo prácticamente zu familia zeguía igual. Zu padre zeguía ziendo un zapo abotargado que no hacía máz que vivir de laz rentaz, zu madre una pequeña criatura azuztadiza, y zuz hermanoz meroz peonez mutiladoz o ciegoz debido a laz obraz de ampliación de loz túnelez. Quedó completamente decepcionado, penzó en llegar cuando zu padre eztuviera en lo máz alto y aplaztarlo como un guzano.
Pero no fue azí, pero ya había gaztado demaziado oro y demaziado tiempo como para dejarlo azí. Con una ligera zonriza, ze plantó delante de Berto con una zonriza zádica en el roztro, y le entregó un papel. Aún zigo zin zaber qué ponía, pero he oído rumorez zobre que le llevaban al Circo de Gladiadorez, o quizáz que el dinero que había gaztado realmente no era zuyo y que debía milez de piezaz de oro a loz Príncipez. El cazo ez que zu padre zalió corriendo por loz túnelez como zi hubiera vizto al mizmízimo Arthaz, y ze lanzó a una foza de lava. Lo demáz ez irrelevante, creo que dejó algo de dinero a zu madre por loz zervicioz preztadoz durante la infancia y volvió aquí.
Pero lo bueno no dura ziempre, azí que la guerra acabó, y con ella el negocio de Zeke. Como no había con quién pegarze, zuz “ayudantez” decidieron largarze y empezar por libre, y volvió al principio. Bueno, no del todo, tenía aún algo de dinero de lo que le había quedado traz zu viaje a laz Izlaz, y pudo comprar una pequeña granja de cerdoz cerca de la nueva capital, y ze la alquiló a un par de orcoz con ganaz de trabajar. No ze qué hizo luego, yo le perdí la pizta unoz mezez dezpuéz. Creo que intentó hacer un buen negocio con el tema del Portal y Draenor, pero creo que loz militarez le dijeron que por ahí ni loco.
Azí que eza ez la hiztoria de cómo acabé aquí, prezo. Me explico, ze que nada de ezo te explica que eztemoz en una maldita celda del puerto, ni que tenga el ojo morado, ni que eze tipo de ahí me acabe de pegar una paliza de campeonato. Pero ezo tiene una explicación máz corta. Zeke reapareció hará unoz mezez y me ofreció emprender de nuevo un comercio en ezta época, que zi el mercado emergerá de nuevo y mil cozaz máz. Pero yo ya eztaba en un aprieto, debía algo de oro y fue como ver la luz al final del túnel. Digamoz que me olvidé de darle la vuelta en par de encargoz que me hizo.
Azí que nada, ahora te dejo, probablemente no noz volvamoz a ver porque eze tipo eztá cogiendo unaz tenazaz, pero ha zido un placer. Creo haberlez oído hablar de que tú ibaz a zer vendido por partez, azí que ezpero que no le hayaz inzultado, o peor aún, le hayaz intentado engañar.
martes, 6 de abril de 2010
Una Sombra en la Noche
Mi actual trabajo me permite tener tiempo para leer y escribir, y el texto que viene a continuación es fruto de una de esas largas noches. Es algo sombría, y muy metafórica, pero espero que os guste.
Silenciosa, vuela la sombra por el jardín, con el único preaviso de un chasquido lastimero.
Ni las ramas ni las hojas se interponen en su viaje, de camino a la sangre y a la muerte.
Y yo, inocente y distraído, sigo mirando a tu ventana esperando verte, sin saber que esa maldita busca mi cuello y el sonido de mi cuerpo al caer.
Y tú, con el corazón destrozado por la próxima noticia que recibirás, anhelas que el miedo rompa mis pasos y vuelva por donde he venido.
Pero sabes que eso nunca pasará, porque te amo.
Y entonces el búho canta su siniestra canción nocturna, y noto cómo me falta el aire de repente.
Abro los ojos de par en par, esperando despertar, pero lo único que veo es una larga sombra que adorna mi cuello, y la sangre carmesí disfrazada de tinta negra corriendo por mi pecho.
Y entonces lo comprendo, y tengo miedo, porque sé que moriré sin verte de nuevo.
Silenciosa, vuela la sombra por el jardín, con el único preaviso de un chasquido lastimero.
Ni las ramas ni las hojas se interponen en su viaje, de camino a la sangre y a la muerte.
Y yo, inocente y distraído, sigo mirando a tu ventana esperando verte, sin saber que esa maldita busca mi cuello y el sonido de mi cuerpo al caer.
Y tú, con el corazón destrozado por la próxima noticia que recibirás, anhelas que el miedo rompa mis pasos y vuelva por donde he venido.
Pero sabes que eso nunca pasará, porque te amo.
Y entonces el búho canta su siniestra canción nocturna, y noto cómo me falta el aire de repente.
Abro los ojos de par en par, esperando despertar, pero lo único que veo es una larga sombra que adorna mi cuello, y la sangre carmesí disfrazada de tinta negra corriendo por mi pecho.
Y entonces lo comprendo, y tengo miedo, porque sé que moriré sin verte de nuevo.
lunes, 22 de marzo de 2010
Proyecto Zombie - Capítulo 1
La gigantesca mole apenas podía entrar en el refugio, pero en su situación, cualquier refugio sería pequeño. Dejó con suavidad el bulto que llevaba en las manos sobre la mesa de madera y se retiró mientras Marie se abalanzaba sobre él.
- Te he echado de menos. No vuelvas a salir sin decirme nada, ¿vale?
El gigante asintió con solemnidad, conocedor de los sentimientos de su mujer. Pero, ¿acaso ella no lo comprendía? No tenía nada que temer de las fieras que se escondían ahí fuera, sedientas de carne fresca. Era tan alto como una casa, y casi tan ancho, y estaba empezando a cogerle el gusto a usar armas de corto alcance, como mazas y porras. Nadie podía con él.
- Me alegra que estés bien – dijo ella agarrando su brazo, ancho como una viga - ¿qué has traído?
La muchacha se aproximó al objeto que había traído Behemoth. Mediría casi un metro de largo, y estaba envuelto en tela de arpillera, que crujía con tan sólo tocarla. Con curiosidad, desenvolvió el bulto, y pegó un gritito cuando observó el interior.
Una niña, no tendría más de seis años, toda sucia y delgada. No vestía más que unos harapos, y el pelo se le pegaba al rostro con una mezcla de sudor y lágrimas. Era obvio que no se lavaba hacía mucho tiempo, y Marie arrugó la naricita cuando se aproximó a mirar de cerca de la niña. Luego se volvió lentamente hacia su compañero.
- ¿Dónde la has encontrado?
Behemoth gesticuló a su mujer con dificultad. No hacía mucho tiempo que había perdido la voz debido a la mutación, y nunca encontraban tiempo para practicar el lenguaje de signos que aprendían de un viejo libro. Después de un largo rato moviendo los dedos con rapidez, Marie le interrumpió.
- ¿El Puente? ¿Más allá del puente? – el gigante asintió – Pero esa es tierra de nadie, ni siquiera los infectados se mueven por allí.
No obtuvo más respuesta que un encogimiento de hombros, y volvió a dirigir sus atenciones a la pequeña. Respiraba, con dificultad, pero respiraba, al fin y al cabo. Tenía las plantas de los pies llenas de heridas, y las uñas de las manos rotas, probablemente de cavar en busca de alimentos. ¿Cómo había podido sobrevivir a toda esa situación?
Mientras su compañero se sentaba mirándolas a ambas con solemnidad, Marie tomó algo de agua sucia (que reutilizaban una y otra vez para su aseo personal) y un paño, y limpió el rostro de la pequeña con dulzura, como sólo sabe hacer una mujer que ha cuidado antes a un bebé. Cuando acabó con la cara, pasó a las manitas y el pequeño cuerpo, momento en el cual Behemoth aprovechó para asomarse a la terraza. El sol, verdoso y brillante, se alzaba en el cielo, descargando sus rayos con fuerza. La primavera viene con ganas, pensó.
El silencio de la habitación fue roto por los gemidos de la pequeña. “Sueña”, le dijo Marie entre susurros, y acunó a la niña en sus brazos con mimo hasta que volvió a sumirse en sus sueños.
- Te he echado de menos. No vuelvas a salir sin decirme nada, ¿vale?
El gigante asintió con solemnidad, conocedor de los sentimientos de su mujer. Pero, ¿acaso ella no lo comprendía? No tenía nada que temer de las fieras que se escondían ahí fuera, sedientas de carne fresca. Era tan alto como una casa, y casi tan ancho, y estaba empezando a cogerle el gusto a usar armas de corto alcance, como mazas y porras. Nadie podía con él.
- Me alegra que estés bien – dijo ella agarrando su brazo, ancho como una viga - ¿qué has traído?
La muchacha se aproximó al objeto que había traído Behemoth. Mediría casi un metro de largo, y estaba envuelto en tela de arpillera, que crujía con tan sólo tocarla. Con curiosidad, desenvolvió el bulto, y pegó un gritito cuando observó el interior.
Una niña, no tendría más de seis años, toda sucia y delgada. No vestía más que unos harapos, y el pelo se le pegaba al rostro con una mezcla de sudor y lágrimas. Era obvio que no se lavaba hacía mucho tiempo, y Marie arrugó la naricita cuando se aproximó a mirar de cerca de la niña. Luego se volvió lentamente hacia su compañero.
- ¿Dónde la has encontrado?
Behemoth gesticuló a su mujer con dificultad. No hacía mucho tiempo que había perdido la voz debido a la mutación, y nunca encontraban tiempo para practicar el lenguaje de signos que aprendían de un viejo libro. Después de un largo rato moviendo los dedos con rapidez, Marie le interrumpió.
- ¿El Puente? ¿Más allá del puente? – el gigante asintió – Pero esa es tierra de nadie, ni siquiera los infectados se mueven por allí.
No obtuvo más respuesta que un encogimiento de hombros, y volvió a dirigir sus atenciones a la pequeña. Respiraba, con dificultad, pero respiraba, al fin y al cabo. Tenía las plantas de los pies llenas de heridas, y las uñas de las manos rotas, probablemente de cavar en busca de alimentos. ¿Cómo había podido sobrevivir a toda esa situación?
Mientras su compañero se sentaba mirándolas a ambas con solemnidad, Marie tomó algo de agua sucia (que reutilizaban una y otra vez para su aseo personal) y un paño, y limpió el rostro de la pequeña con dulzura, como sólo sabe hacer una mujer que ha cuidado antes a un bebé. Cuando acabó con la cara, pasó a las manitas y el pequeño cuerpo, momento en el cual Behemoth aprovechó para asomarse a la terraza. El sol, verdoso y brillante, se alzaba en el cielo, descargando sus rayos con fuerza. La primavera viene con ganas, pensó.
El silencio de la habitación fue roto por los gemidos de la pequeña. “Sueña”, le dijo Marie entre susurros, y acunó a la niña en sus brazos con mimo hasta que volvió a sumirse en sus sueños.
domingo, 21 de marzo de 2010
Proyecto Zombie - Marie
Introducción – Marie
Últimamente no sueño con nada, y no sé si eso es bueno o malo. Antes, cuando nada de esto ocurría, a menudo tenía sueños abstractos, incluso podría categorizarlos de pesadillas. Pero ahora no hay nada.
La cama está fría, se ve que ha vuelto a marcharse de madrugada. Debe de ser un verdadero suplicio no poder dormir, pero al menos tiene el detalle de quedarse conmigo hasta que me duerma. Probablemente haya ido a por comida, o quizás agua. Apenas nos queda nada de ambas.
Cuando regrese, le diré de ir al otro extremo de la ciudad. Estoy segura de que aquella noche vi luces en el cielo, como las que ponían en las discotecas. Si no me equivoco, quizás encontremos supervivientes allí, y a plena luz del día no creo que ellos se nos acerquen. ¿Cómo se llamaba esa película de Will Smith? A los nuestros les pasa igual, no les gusta la luz, pero son jodidos de ver por la noche, se esconden como chacales.
Creo que limpiaré esto un poco, aunque no se cuánto tiempo más no quedaremos aquí. Deberíamos buscar a más gente, pero no creo que a él le haga mucha gracia. Desde que… bueno, le afectaron las fumigaciones no es el mismo, es mucho más retraído, y estoy segura de que cree que es un monstruo o algo así. Demasiado bien le conozco. Todavía me acuerdo de los primeros días. Fue como una fiebre muy seria, y llegué a pensar que estaba infectado. No sabía qué hacer. Y estoy segura de que no he llorado más en toda mi vida. Estaba ahí, tumbado, con una fiebre altísima que le hacía delirar, y luego, nada. Se recuperó de la noche a la mañana, y poco a poco, como si con él no fuera la cosa, se convirtió en… bueno, le gusta el sobrenombre de Behemoth. A mí me resulta ridículo.
Todavía no se por qué a mí no me afectaron. Supongo que cada persona tiene una tolerancia distinta a los fármacos. Uhm, se me ha rasgado la chaqueta, debería conseguir un parche, o con suerte, una nueva. ¿Serán seguros los almacenes del polígono industrial? Recuerdo que durante la época en que él me enseñó a conducir había por allí algún almacén de las tiendas del centro. No creo que les importe si me llevo una. Con suerte habrá alguien allí escondido. ¿Cuándo fue la última vez que vimos a alguien vivo? Creo que fue ese tipo de Getxo, el que estuvo comiéndole la cabeza con los extraterrestres. Menudo gilipollas.
Uhm, ¡ostia, el generador se ha parado! ¿Cuánto tiempo llevará así? ¿Y por qué él no me ha avisado? Joder, joder, joder… como se nos haya puesto mala la carne, estamos jodidos. A ver Marie… como ponían en las instrucciones, tira de esto un… par de veces, a ver si arranca de nuevo. Vale… funciona. A ver el refrigerador… mierda, a tomar por culo los congelados… al menos la carne ha aguantado algo más. Tenemos que conseguir ir a un sitio mejor, no puedo estar constantemente con el miedo a que se pare el generador.
¿Quién viene? Ah genial, es él, y ha encontrado agua, y ¿qué es ese bulto que lleva encima?
Últimamente no sueño con nada, y no sé si eso es bueno o malo. Antes, cuando nada de esto ocurría, a menudo tenía sueños abstractos, incluso podría categorizarlos de pesadillas. Pero ahora no hay nada.
La cama está fría, se ve que ha vuelto a marcharse de madrugada. Debe de ser un verdadero suplicio no poder dormir, pero al menos tiene el detalle de quedarse conmigo hasta que me duerma. Probablemente haya ido a por comida, o quizás agua. Apenas nos queda nada de ambas.
Cuando regrese, le diré de ir al otro extremo de la ciudad. Estoy segura de que aquella noche vi luces en el cielo, como las que ponían en las discotecas. Si no me equivoco, quizás encontremos supervivientes allí, y a plena luz del día no creo que ellos se nos acerquen. ¿Cómo se llamaba esa película de Will Smith? A los nuestros les pasa igual, no les gusta la luz, pero son jodidos de ver por la noche, se esconden como chacales.
Creo que limpiaré esto un poco, aunque no se cuánto tiempo más no quedaremos aquí. Deberíamos buscar a más gente, pero no creo que a él le haga mucha gracia. Desde que… bueno, le afectaron las fumigaciones no es el mismo, es mucho más retraído, y estoy segura de que cree que es un monstruo o algo así. Demasiado bien le conozco. Todavía me acuerdo de los primeros días. Fue como una fiebre muy seria, y llegué a pensar que estaba infectado. No sabía qué hacer. Y estoy segura de que no he llorado más en toda mi vida. Estaba ahí, tumbado, con una fiebre altísima que le hacía delirar, y luego, nada. Se recuperó de la noche a la mañana, y poco a poco, como si con él no fuera la cosa, se convirtió en… bueno, le gusta el sobrenombre de Behemoth. A mí me resulta ridículo.
Todavía no se por qué a mí no me afectaron. Supongo que cada persona tiene una tolerancia distinta a los fármacos. Uhm, se me ha rasgado la chaqueta, debería conseguir un parche, o con suerte, una nueva. ¿Serán seguros los almacenes del polígono industrial? Recuerdo que durante la época en que él me enseñó a conducir había por allí algún almacén de las tiendas del centro. No creo que les importe si me llevo una. Con suerte habrá alguien allí escondido. ¿Cuándo fue la última vez que vimos a alguien vivo? Creo que fue ese tipo de Getxo, el que estuvo comiéndole la cabeza con los extraterrestres. Menudo gilipollas.
Uhm, ¡ostia, el generador se ha parado! ¿Cuánto tiempo llevará así? ¿Y por qué él no me ha avisado? Joder, joder, joder… como se nos haya puesto mala la carne, estamos jodidos. A ver Marie… como ponían en las instrucciones, tira de esto un… par de veces, a ver si arranca de nuevo. Vale… funciona. A ver el refrigerador… mierda, a tomar por culo los congelados… al menos la carne ha aguantado algo más. Tenemos que conseguir ir a un sitio mejor, no puedo estar constantemente con el miedo a que se pare el generador.
¿Quién viene? Ah genial, es él, y ha encontrado agua, y ¿qué es ese bulto que lleva encima?
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