El combate fue breve pero intenso. Cuando se dejaron de escuchar los guturales gritos de los infectados sedientos de sangre, sólo quedó la quietud de la noche. Marie giró sobre sí misma buscando a su descomunal amante, pero no encontró rastro de Behemoth. ¿Dónde se había metido? Se permitió unos minutos para recuperar el aliento, y comprobó con rápidas patadas que los caídos realmente lo eran. No podía permitirse errores.
No era la primera vez que el coloso desaparecía, pero le sorprendía que se evaporase tras un enfrentamiento. Normalmente acudía a ella en cuanto le era posible, preocupado hasta el extremo por la salud de su compañera. La amaba, y ella lo sabía, lo que le arrancó una sonrisa en los labios. Pese a que físicamente había cambiado enormemente, en el fondo seguía siendo el mismo chico que había conocido hacía unos años antes.
Registró los cadáveres en busca de algo de valor y regresó a la guarida para asearse e intentar descansar. Los ataques a media noche interrumpían su más que precario descanso, y eso la irritaba. Cuando Behemoth volviera, quizás le pediría unos de sus deliciosos masajes para relajarse.
La niña dormía. Le sorprendía la facilidad que tenía para mantenerse en los brazos de Morfeo pese a la situación que se cernía a su alrededor. Si fuera ella, pensó Marie, estaría muerta de miedo.
- Quizás realmente sólo necesites recuperar horas de sueño – dijo a media voz, mirándola dormir arrugando la naricita.
El cielo estaba especialmente hermoso esa noche, y Marie se sumió en un apacible descanso con la esperanza de despertarse en los brazos de su querido coloso.
A unos cientos de metros de allí, Behemoth resoplaba con dificultad mientras un nutrido grupo de criaturas en evidente estado de descomposición lo arrastraba con cuerdas calle abajo. ¿Por qué no lo había devorado allí mismo?
Estaba desorientado, y sentía como si no fuera más que una muñeca de trapo. Su descomunal fuerza se había evaporado de repente, cuando sintió una corriente de aire frío a su espada, tras destripar a un infectado sin piedad. Antes de que pudiera darse la vuelta, se desplomó golpeando el suelo con la cabeza y partiendo algunas baldosas. No podía llamar a Marie, ya que había perdido la facultad del habla tras las fumigaciones, y observó con impotencia cómo esos otrora descontrolados e impredecibles seres sedientos de sangre se organizaban para atarle por los pies con gruesas sogas y arrastrarle, perdiéndose en las sombras de la noche.
Eso no era habitual. ¿Organizados? No podía ser.
De repente, un gruñido se alzó en la columna de viaje, y todos se detuvieron. Behemoth aprovechó para observar el camino que habían elegido. Pese a que no podía moverse, aún poseía sus facultades mentales, e hizo un mapa mental del recorrido. Habían salido de la avenida donde se encontraba su refugio en dirección sur y como, debido al imponente tamaño del cazador, no podían atravesar las estrechas callejuelas, discurrían por las calles principales.
Entonces supo el lugar al que se dirigía la macabra columna de viaje.
Al Mar de Ceniza, el hogar de los siniestros Sabuesos.
Un breve paseo por los largos corredores de esta biblioteca conseguirá que te pierdas y no quieras salir nunca más...
Mostrando entradas con la etiqueta proyecto Z. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta proyecto Z. Mostrar todas las entradas
viernes, 30 de julio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
Proyecto Zombie - Capítulo 2
Marie se despertó sobresaltada cuando su compañero de cama tuvo un espasmo y abrió los ojos. La pequeña lamparita de gas seguía funcionando, y sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la diferencia de luz. Ni siquiera se habían planteado apagar las luces por la noche: los infectados parecían poder oler su aroma y sentir el calor de sus cuerpos, y no importaba si estaban completamente a oscuras. Así que dejaban siempre la lámpara encendida para estar precavidos ante cualquier ataque.
Y parecía ser que ése era uno de esos días.
Los gorgoteos se escuchaban abajo, en la calle. Behemoth se levantó silenciosamente, algo sorprendente para alguien de su tamaño, y asomó el rostro. La avenida, en otra época una de las principales vías de acceso de la ciudad, ahora no era más que una explanada llena de restos de coches calcinados y cadáveres a medio descomponer. Pero un ojo experto, curtido por los meses de continua caza de esos seres caníbales, distinguía las sutiles figuras que acechaban en las sombras.
Tres. No, cinco. Siete. Parecía una emboscada en toda regla.
- ¿Cuántos? – dijo Marie entre susurros, comprobando los cargadores de su SPS.
El gigante respondió con unos breves golpes en el marco de la ventana, indicando el número. Su figura, recortada contra la luna, recordaba a las gárgolas de las catedrales góticas de hacía unos siglos. Su cuerpo musculoso era capaz de partir a un infectado por la mitad de un solo golpe, y su piel endurecida resistía hasta las mordeduras y arañazos. Pero Marie no era tan resistente. Había tenido que aprender a utilizar armas de fuego, pese a que las odiaba cuando era más joven. Pero no temía: sabía que su guardaespaldas, su amante, siempre estaría a su lado para protegerla.
- Lista – añadió, echando un último vistazo a la joven que Behemoth había recogido unos días antes. Dormía plácidamente, aunque en ocasiones se movía inquieta en sueños, quizás recordando algún incidente del que nunca hablaría abiertamente.
Desde que la acogieron, apenas había intercambiado unas palabras con la pareja. Permanecía callada, completamente quieta en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho. Dejaba la mirada perdida, con la vista fija en un lugar lejano, sumida en sus recuerdos. Su cuerpo, ahora limpio y aseado gracias a los cuidados de Marie, parecía aún más frágil, blanco y delgado como una rama joven pero, ¿quién no lo parecía en un mundo como ese?
La madera que cubría el marco de la ventana crujió cuando el gigante se apoyó en ella para saltar hasta el suelo. La distancia de unos cuantos metros no era un obstáculo para él, y estaba claro que no podría utilizar las escaleras del edificio. Marie, agarrada a su cuello, cerró los ojos hasta que el estruendo y el temblor indicaron que habían aterrizado. Aún no se había acostumbrado a esos vuelos sin motor.
La luna brillaba en el cielo, y daba a la escena una apariencia fantasmal, como de pesadilla. Las criaturas que acechaban no se lo pensaron dos veces: con un grito gutural, más animal que humano, salieron de sus escondites y corrieron hacia ellos. Marie bajó al suelo de un salto, y sin pensarlo dos veces, abrió fuego con su semiautomática contra todo lo que se moviera. La SPS no era una pistola especialmente buena, de fabricación española, pero era la única a la que había podido echar el guante. El chasquido que resonaba con cada disparo era ciertamente molesto, pero eso no importaba cuando te enfrentabas a ese tipo de seres. Las balas impactaban contra ellos, abriendo grandes agujeros en sus cuerpos putrefactos, y no tardaban en caer cuando las heridas eran demasiado para ellos.
Uno al suelo. Dos.
Behemoth no podía utilizar pistolas ni rifles. De hecho, tampoco los necesitaba. Cuando comprobó que Marie estaba bien protegida tras una improvisada barricada hecha de chatarra, se abalanzó a grandes zancadas hasta tres infectados que le esperaban, mirándole con unos ojos que hacía tiempo no expresaban nada más que rabia y hambre. Haciendo un barrido con el brazo, derribó a dos de ellos, y el sonido de huesos rotos que acompañó a los cuerpos al caer indicaba que ya no hacía falta preocuparse.
El tercero aprovechó el giro del gigante para saltar hasta su pierna, gruesa como una viga, intentando arañarle y morderle, arrancarle una pequeña parte de carne. Pero no pudo. Antes de que sus putrefactos dientes rompieran el tejido de cuero que llevaba Behemoth, una gigantesca mano agarró su cabeza y lo alzó en el aire. El formidable puñetazo que vino después destrozó literalmente al infectado, desparramando trozos de hueso y órganos en descomposición por el asfalto.
Tres más. Cinco.
- ¡Recarga! – gritó la cazadora tras la barricada, y le hizo una señal con la mano a Behemoth.
Y parecía ser que ése era uno de esos días.
Los gorgoteos se escuchaban abajo, en la calle. Behemoth se levantó silenciosamente, algo sorprendente para alguien de su tamaño, y asomó el rostro. La avenida, en otra época una de las principales vías de acceso de la ciudad, ahora no era más que una explanada llena de restos de coches calcinados y cadáveres a medio descomponer. Pero un ojo experto, curtido por los meses de continua caza de esos seres caníbales, distinguía las sutiles figuras que acechaban en las sombras.
Tres. No, cinco. Siete. Parecía una emboscada en toda regla.
- ¿Cuántos? – dijo Marie entre susurros, comprobando los cargadores de su SPS.
El gigante respondió con unos breves golpes en el marco de la ventana, indicando el número. Su figura, recortada contra la luna, recordaba a las gárgolas de las catedrales góticas de hacía unos siglos. Su cuerpo musculoso era capaz de partir a un infectado por la mitad de un solo golpe, y su piel endurecida resistía hasta las mordeduras y arañazos. Pero Marie no era tan resistente. Había tenido que aprender a utilizar armas de fuego, pese a que las odiaba cuando era más joven. Pero no temía: sabía que su guardaespaldas, su amante, siempre estaría a su lado para protegerla.
- Lista – añadió, echando un último vistazo a la joven que Behemoth había recogido unos días antes. Dormía plácidamente, aunque en ocasiones se movía inquieta en sueños, quizás recordando algún incidente del que nunca hablaría abiertamente.
Desde que la acogieron, apenas había intercambiado unas palabras con la pareja. Permanecía callada, completamente quieta en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho. Dejaba la mirada perdida, con la vista fija en un lugar lejano, sumida en sus recuerdos. Su cuerpo, ahora limpio y aseado gracias a los cuidados de Marie, parecía aún más frágil, blanco y delgado como una rama joven pero, ¿quién no lo parecía en un mundo como ese?
La madera que cubría el marco de la ventana crujió cuando el gigante se apoyó en ella para saltar hasta el suelo. La distancia de unos cuantos metros no era un obstáculo para él, y estaba claro que no podría utilizar las escaleras del edificio. Marie, agarrada a su cuello, cerró los ojos hasta que el estruendo y el temblor indicaron que habían aterrizado. Aún no se había acostumbrado a esos vuelos sin motor.
La luna brillaba en el cielo, y daba a la escena una apariencia fantasmal, como de pesadilla. Las criaturas que acechaban no se lo pensaron dos veces: con un grito gutural, más animal que humano, salieron de sus escondites y corrieron hacia ellos. Marie bajó al suelo de un salto, y sin pensarlo dos veces, abrió fuego con su semiautomática contra todo lo que se moviera. La SPS no era una pistola especialmente buena, de fabricación española, pero era la única a la que había podido echar el guante. El chasquido que resonaba con cada disparo era ciertamente molesto, pero eso no importaba cuando te enfrentabas a ese tipo de seres. Las balas impactaban contra ellos, abriendo grandes agujeros en sus cuerpos putrefactos, y no tardaban en caer cuando las heridas eran demasiado para ellos.
Uno al suelo. Dos.
Behemoth no podía utilizar pistolas ni rifles. De hecho, tampoco los necesitaba. Cuando comprobó que Marie estaba bien protegida tras una improvisada barricada hecha de chatarra, se abalanzó a grandes zancadas hasta tres infectados que le esperaban, mirándole con unos ojos que hacía tiempo no expresaban nada más que rabia y hambre. Haciendo un barrido con el brazo, derribó a dos de ellos, y el sonido de huesos rotos que acompañó a los cuerpos al caer indicaba que ya no hacía falta preocuparse.
El tercero aprovechó el giro del gigante para saltar hasta su pierna, gruesa como una viga, intentando arañarle y morderle, arrancarle una pequeña parte de carne. Pero no pudo. Antes de que sus putrefactos dientes rompieran el tejido de cuero que llevaba Behemoth, una gigantesca mano agarró su cabeza y lo alzó en el aire. El formidable puñetazo que vino después destrozó literalmente al infectado, desparramando trozos de hueso y órganos en descomposición por el asfalto.
Tres más. Cinco.
- ¡Recarga! – gritó la cazadora tras la barricada, y le hizo una señal con la mano a Behemoth.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)