martes, 8 de septiembre de 2015

Comunidad Umbría - Némesis

En esta ocasión he aceptado el reto de diseñar la historia de un villano. Sin embargo, a medida que le daba vueltas, no me convencía la idea de un ser malvado porque sí, sin una problemática real y un dilema moral. Así que me planteé la pregunta: ¿Cómo ha llegado hasta aquí? En estas líneas descubriréis el por qué. Espero que os guste.


Némesis


Nathan inspiró el aire salado del puerto y lo retuvo en sus pulmones durante unos segundos antes de exhalar. Como cada noche, se permitió permanecer un largo minuto con los ojos cerrados disfrutando de los sonidos de la ciudad: la sirena de la patrulla de policía que avanzaba a toda velocidad por la avenida Madison, las risas de la pareja de enamorados que caminaban cogidos de la mano dos calles más allá, el ladrido nervioso del Yorkshire que había percibido su aroma y se preguntaba qué hacía en sus dominios… Luego volvió a abrir los ojos y comprobó su equipo. No importaba que aquella fuera la última noche de su vida como guardián de Somersville, estaba seguro que si algo le había mantenido sano y salvo todos esos años, era su rutina diaria. Los sistemas de la armadura mostraban unos niveles excelentes de energía, las armas estaban debidamente cargadas y las subrutinas de combate habían sido actualizadas esa misma mañana. Además, se sentía especialmente en forma.

Una de sus muchas virtudes era que nunca falta a su palabra, y aquel día no haría una excepción. Cuando su esposa Caroline le dijo con lágrimas de alegría que estaba embarazada, le prometió que dejaría su vida de héroe el día que su hijo cumpliera los dos años. En esa edad los niños empezaban a tener constancia del mundo a su alrededor y quería estar junto a él para educarle y protegerle. Se acabarían las vigilancias nocturnas y las desapariciones en mitad de la cena. Ahora se dedicaría en cuerpo y alma a ellos.

Además, tenía la tranquilidad de saber que no dejaba Somersville desamparada. Una nueva generación de héroes se había ofrecido a ayudarle en la tarea, y sabía que aunque él colgara las mallas, podrían hacer frente a las futuras amenazas que se cernieran sobre la ciudad. Aunque, por supuesto, no iba a dejar un trabajo inacabado. Con el paso de los años, había ido encerrando personalmente en la Prisión de Máxima Seguridad del estado a los mayores enemigos que Somersville había conocido: Conde Pesadilla, el Destacamento Infernal al completo, Saqueador y el terrorífico Necrópolis no eran ya sino un número más en los archivos de la policía gracias a su labor. Ahora sólo quedaba un último contrincante, uno extremadamente escurridizo que había escapado de sus intentos de detenerle en demasiadas ocasiones: El doctor Achenbach. Esa noche lo detendría de una vez y para siempre.

El doctor Achenbach era un reputado físico cuyos trabajos sobre el Singlet de Higgs, la llamada “partícula del tiempo”, le habían granjeado fama mundial. Sin embargo, un artículo publicado en una prestigiosa revista científica en la que ridiculizaban sus experimentos provocó que la opinión pública al respecto del doctor cambiara. Justo cuando lo estaba acariciando, perdió el Premio Nobel de Física, y las subvenciones gubernamentales que le permitían seguir con sus experimentos se esfumaron. El doctor Achenbach enloqueció, y juró que demostraría al mundo entero que la Partícula del Tiempo existía.

El resto sólo era historia. Tras instalarse en Somersville, el doctor se había propuesto construir el artefacto que le permitiría darle una bofetada al mundo entero por atreverse a ridiculizarlo. Sin embargo, su locura había desestabilizado su balanza moral por completo, y utilizaba su prodigiosa inteligencia para desarrollar peligrosas armas que vendía al mejor postor para así poder financiarse. Con el paso de los años, sus trabajos se volvieron más y más peligrosos, y Nathan no estaba dispuesto a permitir que el doctor Achenbach terminara su máquina, funcionara o no.

Tras comprobar por segunda vez su equipo y enviarle un mensaje de texto a su esposa para desearle buenas noches y recordarle que aquella sería la última vez que dormía sola, Nathan se colocó el casco de su armadura de combate y programó la ruta de vuelo hasta su objetivo. El laboratorio del doctor Achenbach se encontraba en las montañas al sur de Somersville, y había plagado la zona de trampas y plataformas automáticas de artillería para disuadir a los visitantes inesperados. Pero él estaba preparado. Así que cuando la dorada figura de su armadura comenzó a sobrevolar la zona y los cañones antiaéreos surgieron de sus escondites con la intención de derribarle, sacó el as bajo la manga que tantos meses le había costado conseguir: un virus informático que inutilizaría temporalmente los dispositivos de defensa durante unos minutos, el tiempo suficiente para llegar hasta el doctor y detenerle.

Nathan llegó sin problemas hasta el laboratorio y liberó una poderosa descarga energética para derribar uno de los muros. El cemento y la lámina de acero incrustado se derritieron como mantequilla caliente, y el héroe sólo tuvo que propinarle un puñetazo para llegar hasta el interior. Tal y como esperaba, allí se encontraba el profesor, enfrascado en ultimar los detalles de su dispositivo. Ni siquiera se preocupó de girarse hacia Nathan, aunque era imposible que no se hubiera dado cuenta de su llegada por el alboroto que el héroe había causado.

- Doctor Achenbach, me temo que ha llegado la hora de trasladarse a su nuevo alojamiento en la Prisión de Máxima Seguridad del estado – anunció, solemne, a través de los sistemas de comunicaciones de la armadura – Como bien sabe, el alcalde me ha dado plenos poderes y…

- Sí, sí. El alcalde te ha dado plenos poderes para reducirme y trasladarme a ese agujero, me conozco el discurso. – la aguda voz del doctor sonaba cansada, como si llevara varios días sin dormir – Ha sido una excelente actuación la tuya, Caballero. No sabía que fuera posible que alguien pirateara mi algoritmo, pero veo que eres tan infalible como siempre has demostrado.

Caballero avanzó lentamente hacia el doctor mientras comprobaba que las rutinas de defensa estuvieran activadas. El hombrecillo estaba arrodillado bajo un enorme artefacto, y cuando salió estaba completamente sudoroso y cubierto de grasa.

- No te haces una idea de lo mucho que he esperado este día, Caballero. Por fin he podido terminar mi máquina, ¡y nada menos que el héroe de Somerville para ser testigo de mi grandeza! Te presento, ¡el Proyecto Ucronía! – el científico hizo un giro teatral y señaló al artefacto a su espalda, y Nathan se permitió unos segundos para observar el fruto de tantos años de trabajo. Tenía el mismo tamaño que un apartamento de soltero, y la mayor parte del cuerpo estaba conformado por una decena de anillos concéntricos transparentes. Una miríada de cables surgían de los laterales, como una desmelenada cabellera amarilla y roja

- No puedo negar que es impresionante, doctor – confesó.

- ¡Gracias, gracias! – respondió, visiblemente emocionado – Sabía que alguien como tú apreciaría el trabajo bien hecho. Verás, como bien sabes, mis estudios planteaban la existencia del Singlet de Higgs, una partícula mucho más compleja que el Bosón, ya que tiene la particularidad de existir en dos realidades distintas al mismo tiempo. Sin embargo, se requiere de una tremendísima cantidad de energía para poder hacerlo estable, ¡y para eso sirve esta máquina! Es mi propia versión del colisionador de hadrones, que me permitirá utilizar la resonancia de los bariones y los mesones exóticos para materializar el Singlet de Higgs. ¿No es maravilloso?

Nathan era un hombre culto, y había estudiado el trabajo del doctor Achenbach para conocer más íntimamente a su enemigo. Sin embargo, aquel discurso se estaba volviendo demasiado complicado hasta para él, así que decidió cortar por lo sano.

- Lo siento mucho, doctor, pero me temo que esto es demasiado peligroso para permitirle continuar con ello. Ahora, me facilitaría mucho las cosas si me acompaña sin oponer resistencia.

- Oh, pero mi querido amigo, lo que no entiendes es que mi dispositivo lleva calibrándose desde que has entrado y ya está listo para funcionar – dijo, con una mirada enloquecida mientras daba un puñetazo al interruptor de encendido de la máquina.

Como si de una onda electromagnética se tratara, la habitación se llenó rápidamente de un fulgor ambarino que derribó a Nathan. Los sistemas de la armadura comenzaron a fallar estrepitosamente mientras las subrutinas de soporte vital empezaban a corromperse una tras otra. De repente, estaba encerrado en su propia armadura, ahogándose por el vacío letal que se había formado en el interior. Con un rápido movimiento, liberó las abrazaderas de seguridad y se quitó el casco para poder respirar. Aún atontado por el repentino fallo de los sistemas, Nathan miró por primera vez con sus propios ojos el laboratorio del doctor Achenbach, ahora teñido de un tono anaranjado mientras los tubos transparentes de la máquina brillaban con una luz cegadora. A su lado, riendo como un demente, el doctor observaba el espectáculo como un niño en Navidad, y Caballero por fin cayó en la cuenta de que había algo que se le escapaba. El doctor había llamado al artefacto Proyecto Ucronía.

- Esta máquina no es sólo para encontrar su Partícula del Tiempo, ¿verdad? – dijo, frunciendo el ceño –  Considerando las órdenes internacionales de detención que existen sobre usted, de nada le serviría hacer este descubrimiento. Ningún organismo le reconocería.

Por primera vez el doctor Achenbach fijó su mirada en la suya, y Nathan pudo apreciar en sus ojos el abismo de locura que había tras ellos.

- Eres muy perspicaz, Caballero – dijo. Ahora que podía ver el rostro que se escondía tras la armadura no le resultaba difícil reconocer al multimillonario Nathan Faust, dueño de una de las corporaciones multinacionales más poderosas del planeta. Sin embargo, había decidido seguir llamándole por su nombre de guerra – Como bien dices, de poco me serviría. Pero esta máquina no sólo materializa el Singlet de Higgs, sino que lo sobrecarga con suficiente energía para iluminar toda Norteamérica durante una semana. ¡Cuando explote, provocaré una singularidad espaciotemporal que me permitirá regresar al pasado y recuperar mi nombre y mi prestigio! ¡Y nadie puede detenerme! ¡Ni siquiera tú, héroe! 

Aquello fue más que suficiente para Nathan. No necesitaba ser un físico de partículas para saber que una detonación de tales características quizás no abriría una fisura en el tejido de la realidad, pero sí que provocaría una onda expansiva que barrería Somersville del mapa. Miles de vidas segadas en un instante. Su mujer y su hijo. Con un gesto solemne, alzó el brazo mientras notaba cómo los sistemas de armamento de la mano reaccionaban al gesto.

- ¡No! – alcanzó a gritar el doctor Achenbach, mientras se abalanzaba sobre Nathan en el mismo instante que un chorro de energía calorífica surgía del guantelete del héroe en dirección al dispositivo. Como si se tratara de una coreografía cuidadosamente orquestada, el pulso llegó en el preciso momento en que los tubos de fibrocristal de la máquina estallaron al no soportar la presión de la energía que estaban conteniendo, liberando unas partículas que no chocaban entre sí desde que el Universo se formó por primera vez. La realidad, el tiempo y el espacio se entremezclaron en un romántico abrazo que poco tenía de hermoso para los presentes.

Nathan Faust sintió cómo fuerzas primigenias tiraban de cada átomo de su cuerpo en todas direcciones, mientras a su alrededor todo se volvía de un blanco cegador. Su armadura de alta tecnología, sometida a unas altísimas temperaturas, reventó en pedazos, pero su rostro se llevó la peor parte. Al no disponer de la protección que disponía el resto del cuerpo, se abrasó, causándole unas terroríficas heridas y un dolor tan intenso que le dejó inconsciente. Mientras el universo a su alrededor se retorcía como un pez fuera del agua, reorganizando su esencia de la forma que mejor le convenía, el joven  héroe se sumía en las tinieblas sin saber si despertaría de aquella pesadilla.

Cuando lo hizo,  quiso morir.

Antes siquiera de abrir los ojos, sintió el dolor y el ardor en el rostro, tan intenso que quería arrancarse la cabeza de los hombros. Además, tenía las extremidades entumecidas, y cada leve movimiento le dolía, como si estuviera tumbado sobre un lecho de espinas.  De fondo escuchaba un sonido rítmico, un pitido que se sucedía cada segundo aproximadamente. No tardó en reconocer la característica melodía de un monitor de constantes vitales, el aroma de productos desinfectantes y antisépticos, el roce áspero de las sábanas baratas. No había duda, se encontraba en un hospital.

Lentamente, a medida que los minutos transcurrían en el reloj, Nathan fue poco a poco más y más consciente de su alrededor. En cuanto abrió los ojos y sintió cómo le escocían los ojos por la luz del sol que entraba por la ventana, comprobó que, efectivamente, estaba en una habitación individual de hospital. Tenía el rostro vendado, y eso hizo recordar el intenso dolor que sufrió cuando el doctor Achenbach activó su dispositivo. ¿Tan horribles habían sido las quemaduras?

Finalmente alguien llegó con respuestas. Cuando se arrancó los sensores del monitor del pecho, un equipo médico acudió para responder a la alarma y comprobó que en realidad estaba sano y salvo, despierto del coma en el que llevaba sumido desde hacía un mes. Sin documentación, completamente cubierto de heridas y con el rostro irreconocible, lo tomaron como una víctima de un robo violento y lo atendieron. Sin embargo, las huellas dactilares no se encontraban en la base de datos de la policía, así que sólo podían esperar a que despertara y revelara quién era.

La historia tenía sentido, no obstante, había cosas que no encajaban en el esquema mental de Nathan. Para empezar, cuando les dijo que era Nathan Faust y a qué se dedicaba, no parecían conocerle. De hecho, la corporación Faust no existía ni había existido nunca. Tampoco se encontraban en Somersville, y ninguna ciudad de los alrededores recibía ese nombre. Pronto la amabilidad con que le habían tratado empezó a desaparecer cuando empezaron a pensar que sufría algún tipo de problema mental. Sin documentación ni dinero, no tardó la policía a pasarse por su habitación para hacerle algunas preguntas para las que no tenía respuestas. Al menos, ninguna que ellos creyeran. Nathan Faust no existía.

Además, se encontraba el asunto de su rostro. De una manera inconsciente había evitado preguntar al respecto, pero fue el doctor Williamson, el médico que se había encargado de atenderle, quien se sentó con él para revelarle lo que más temía. Le explicó que había sufrido unas quemaduras terribles en el 90% de la cabeza y el cuello, unas quemaduras producidas por una sustancia desconocida y que había hecho imposible la reconstrucción facial. De alguna forma, el tejido epitelial se había quemado y cauterizado casi al instante, y no disponían de los medios para ayudarle. Nathan quedó destrozado por la noticia, pero sus sentimientos no fueron nada comparados al dolor que sintió cuando le retiraron las vendas y vio con horror en qué se había convertido. Sus antiguas facciones, que recordaban vagamente a las de su difunto padre, habían desaparecido. Ahora no quedaba más que una grotesca calavera negra de tejido y huesos fusionados y calcinados. Un monstruoso ser surgido de las peores pesadillas.

No entendía qué estaba sucediendo. No sabía dónde estaba, ni dónde se encontraba su familia. ¿Tenía todo aquello que ver con el experimento del doctor Achenbach? ¿Habían tenido éxito sus enloquecidas teorías y había cambiado algo del pasado? Necesitaba respuestas, y desde luego, no las encontraría tumbado en una cama de hospital, escuchando los cuchicheos de las enfermeras detrás de la puerta y sus expresiones de asco cuando pasaban a aplicarle los curas pertinentes. Aprovechando el cambio de turno, robó algo de ropa de los vestuarios y escapó al abrigo de la noche.

El frío era reconfortante. Aliviaba el dolor de su rostro y aclaraba sus ideas. Como un vagabundo se adentró en la ciudad esquivando a la gente a fin de no llamar la atención. Sin lugar a dudas no era Somerville, ni ninguna ciudad que conociera. Cuando utilizó un teléfono público para llamar a su casa, descubrió con consternación que el número no existía. Empezó a dolerle la cabeza, y las preguntas se agolpaban sin poder encontrar respuesta.

Entonces lo vio.

Se encontraba en una calle céntrica, en la que grandes edificios con anuncios de neón se alzaban como silenciosos vigilantes. En uno de ellos, un enorme monitor mostraba las noticias del día, donde un hombre con una armadura de combate parecía explicar cómo había salvado a un grupo de inocentes de un incendio. Tenía el rostro al descubierto, como si no le importara revelar su identidad, y eso fue lo que le permitió reconocerle. Sus facciones habían cambiado ligeramente, era más joven y robusto, pero no podía negar que era el mismísimo doctor Achenbach. ¿Qué estaba sucediendo?

Tras refugiarse en un parque cercano para soportar la impresión y reorganizar sus pensamientos, decidió que vagando por las calles no encontraría respuestas. Al amparo de la noche, se infiltró en una casa rompiendo el cerrojo y utilizó su ordenador. También aprovechó para llenarse el estómago de algo más que insípida comida de hospital. De alguna forma, no le preocupaba haber entrado sin permiso o haber robado comida. Era como si su equilibrio moral fuera algo menos estricto que antes. En internet no tardó en encontrar las respuestas que buscaba. El doctor Achenbach, quien ahora se hacía llamar Guardián, había aparecido en la ciudad hacía aproximadamente tres semanas, portando una armadura de combate y erigiéndose defensor de los inocentes. Al igual que lo había sucedido con su identidad, también había desaparecido la del profesor: no había rastro de sus estudios ni su carrera criminal. ¿Había cambiado el pasado?

Entonces lo recordó.  Las cosas habían sido demasiado confusas hasta ahora, por eso no había caído en la cuenta, pero ahora venía a su mente tan nítido como si lo acabara de escuchar. Achenbach había  dicho que el Singlet de Higgs era una partícula que tenía la particularidad de existir en dos dimensiones al mismo tiempo.

Así que así había sido. Ese malnacido no había retrocedido en el tiempo, les había enviado a ambos a una realidad, a otro mundo. Un mundo lejos de su familia, de su mujer y su hijo. Un mundo en el que él no era nadie, y Achenbach tenía el reconocimiento que siempre había querido. Eso le enfureció. Era como si le hubiera arrebatado todo su mundo de un plumazo. No sólo eso, sino que además le había convertido en un monstruo. De un fuerte manotazo envió el ordenador al suelo y salió de la casa.

Las cosas habían cambiado, todo había cambiado, y Nathan notaba cómo él también. Estaba furioso, y mientras se dejaba abrazar por las sombras de la noche, sintió cómo una fría determinación crecía dentro de él. Haría lo que fuese por deshacer lo que había hecho Achenbach. Reconstruiría su dispositivo, el Proyecto Ucronía, y regresaría a casa. Haría todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo.

Y aplastaría a todo aquel que intentara detenerle.

martes, 21 de julio de 2015

Comunidad Umbría - Sueños del Escultor / Lágrimas en una Noche de Octubre

Lágrimas en una Noche de Octubre

Las maletas llevaban preparadas una semana, quizás para asegurarse de que nada impidiera a Salvador coger ese autobús. El billete comprado. Un billete sólo de ida. Su madre ya había incluso empezado a mirar revistas de decoración para saber qué haría con su habitación, sin preguntarse siquiera cómo podría afectar al muchacho ver lo fácil que a ella le resultaba deshacerse de todo lo que recordaba a Salvador.

El verano había sido un infierno. Era el verano del despertar de las habilidades únicas del joven. De las pesadillas. De las lágrimas de su madre mientras seguía mirando a la puerta esperando a que él regresara. De las copas a las 10 de la mañana. De los reproches. De las comidas preparadas en el microondas. De repasar una y mil veces la web pública de la Fundación Costa. De despertarse en mitad de la noche con los gritos de su madre navegando en los vapores de la ginebra recordándole por qué no eran una familia feliz. De los incómodos mensajes de móvil explicando que ya no regresaría al instituto en Septiembre, que algo había pasado, que todo había cambiado.

Pero sobre todo, había sido el verano en el que la hizo llorar por primera vez. No a su madre, sino a ella. A Samantha. La joven que despertó en Salvador sus primeros sentimientos románticos, convirtiéndose en su musa secreta. La joven que le había ayudado a tener amigos en el instituto, a no sentarse a solas durante los recreos, a recorrer las empedradas calles de Toledo cantando a la luna trilladas canciones de Platero y Tú. Era una parte tan importante de su vida, que cuando le dijeron cuál sería su nuevo destino, en lo único que pensó era que no la volvería a ver. Amor, amistad, devoción, entrega. No sabía bien qué era lo que sentía por ella, pero sí tenía claro que no quería perderla. Y así se lo dijo.

Era principios de Septiembre y aún hacía calor. Sentados en las gradas de la pista de atletismo de la Escuela de Gimnasia, Salvador no encontraba el momento de soltar la bomba. Ella le conocía, por supuesto. Le conocía mejor que él mismo, así que sólo tuvo que mirarle a los ojos con su enigmática sonrisa y las palabras brotaron de sus labios sin que él pudiera controlarlas. Me voy, le dijo. Me voy y no creo que pueda volver nunca. Ella le miró, quizás esperando que él siguiera hablando, explicando el motivo de aquella noticia. Esperando que le dijera que se marcharía fuera a estudiar una carrera. Esperando que le dijera que seguirían viéndose los fines de semana. Esperando palabras que nunca salieron de sus labios. Le explicó lo que había pasado en casa de sus abuelos. Le enseñó lo que sabía hacer, lo que sentía en el asfalto, en el cemento, el ladrillo y el plástico. Le explicó que su madre había entrado en una espiral de autodestrucción por la marcha del cabeza de familia. Le explicó que debía ir a la Fundación a aprender sobre sus habilidades y sobre sí mismo. Pero que se quedaría allí. Le explicó que no tendría un hogar al que regresar.

La sonrisa inicial de Samantha se fue desdibujando lentamente a medida que Salvador destruía todo con cada palabra. Y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Hasta entonces él no lo había aprendido, pero ella era muy discreta para llorar. No se estremeció desencajada como una actriz de telenovela o se abrazó a él buscando consuelo. Sólo se quedó ahí, mirándole imperturbable mientras las lágrimas desbordaban y caían por sus mejillas, escuchando cómo Salvador le dejaba claro que en pocas semanas saldría de su vida, quizás para siempre. Y ella hizo lo que debía hacer, dedicarle la más cándida de sus sonrisas mientras aún manchaba su camiseta de lágrimas, dándole la enhorabuena, asegurando que él sí que tendría una vida feliz ahora que podía salir de aquel pueblo grande. Pero Salvador sabía que algo se había roto en su pecho. Samantha habría podido tener los amigos que quisiera, el chico que quisiera, pero había preferido tener a aquel chico tímido como mejor amigo, y ahora ese chico la abandonaba. No porque quisiera, pero la abandonaba. Y eso le hizo sentirse peor que saber que no la volvería a ver. El móvil sonó y ella se despidió con un abrazo, obligándole a prometer que quedarían antes de que se marchara. Haciéndole prometer que irían a ver aquella película al cine y a probar esa hamburguesa nueva. Haciéndole prometer un último paseo por las murallas bajo la luz de las estrellas.

Los días pasaron y se transformaron en semanas, y Salvador no encontraba el valor para volver a ver sus ojos. No hubo película, ni hamburguesa, ni paseo por las murallas. No hubo llamadas, y el teléfono de Salvador acumulaba decenas de mensajes sin leer. Un teléfono que ya apestaba a tristeza y soledad, y que provocaba náuseas al muchacho con sólo tenerlo en sus manos. Sentado en su cama, con las maletas en un rincón y el billete junto a la puerta, Salvador pasó su último día viendo cómo el sol se hundía en el horizonte manchego. Sin fiestas de despedida. Sin abrazos. Sólo una frase lapidaria de su madre asegurando que saber que mañana estaría lejos de allí será lo mejor que le ha pasado nunca. Una despedida acorde a un verano para olvidar.

Los grillos trinaban cuando Salvador salió del portal de su casa aquella noche. No podía dormir, pero aunque hubiera estado muerto de sueño, le habría resultado imposible hacerlo. En su mente sólo estaba la sonrisa bañada en lágrimas de Samantha. Y sabía que debía cambiar esa imagen antes de marcharse. Las calles estaban llenas de silencio, roto esporádicamente por las risas cómplices de parejas abrazadas y los coches que alumbraban la figura de un Salvador que recorría el camino hasta su casa por centésima vez. Ella vivía con sus padres en una antigua casa restaurada de gruesos muros y ventanas estrechas con una vista espectacular de la Escuela de Infantería. Tan parecida a un castillo que la imagen de una princesa atrapada en su torreón asomó en la mente de Salvador cuando la vio sentada en el alféizar mirando a la luna de Otoño. Has tardado, dijo ella, cuando salió por la puerta con su pijama de verano. Sabía que tardarías en venir pero has esperado hasta el último momento. Sabía que vendrías a buscarme y te has asegurado de exprimir hasta el último minuto antes de hacerlo. No es de caballeros hacer esperar tanto a una chica, le dijo, cruzándose de brazos con mal fingida molestia.

Lo siento, dijo él finalmente. Siento haber tardado tanto. Siento haber destruido lo que había entre nosotros. Siento haberme convertido en un monstruo. Sus palabras fueron interrumpidas por un abrazo sincero, uno que borró toda pena de su alma, uno que le hizo estremecer. Quizás el primer abrazo de verdad de toda su vida. No eres un monstruo. Eres mi amigo, mi mejor amigo. Y luego se quedó ahí, a poca distancia de su rostro, mirando a sus ojos azules iluminados por la luna, con una sonrisa triste que le pedía que no se fuera. Y él se perdió en los suyos, ignorando el calor y el cansancio, disfrutando del sonido de su respiración, del tacto de sus brazos alrededor de su cuello, del olor de su champú perfumando la noche. Y finalmente, ella se separó, limpiando con la manga sus lágrimas pero dedicándole la mejor de sus sonrisas para que él nunca la olvidara. Una sonrisa que se grabaría a fuego en su memoria y que plasmaría una y mil veces en barro y en papel. Una sonrisa que le recordaría que, al menos durante unos minutos, aquella noche de Octubre, no había Fundación, no había poderes, no había instituto ni despedida.

Aquella noche de Octubre sólo estaban ellos.

lunes, 20 de julio de 2015

Comunidad Umbría - Sueños del Escultor / Sesión 2 - ¿Qué pasó aquel día?

Sesión 2 - ¿Qué pasó aquel día?

Aquella vez la sesión fue trasladada a la playa. Aún hacía buen tiempo, y no se habían instalado las molestas corrientes de aire que causaban pequeños remolinos de arena. Ignacio había elegido aquel lugar porque Salvador no podría percibir apenas impresiones y además a él le permitía tener visibilidad de quién llegaba. Lo último que ambos necesitaban era rumores acerca de un alumno y un miembro del profesorado teniendo un encuentro secreto.

El muchacho fue puntual, como la primera vez. Pese a que hacía calor, llevaba una chaqueta de chándal y unos vaqueros, en contraste con la camiseta de manga corta que usaba el psicólogo. Éste había llevado únicamente una libreta y la carpeta de Salvador, además de una pequeña nevera portátil con algo de beber para matar la sed.

- Te agradezco la puntualidad. Los chicos de tu edad suelen ser bastante descuidados con estas cosas, pero tú has llegado justo a la hora – dijo, señalando su reloj de pulsera - ¿Te resulta más cómodo este sitio?

La habitual tensa posición corporal de Salvador se había suavizado, e Ignacio descubrió que venía inspirando profundamente, inhalando el aroma a agua de mar. Siendo del sur, él estaba acostumbrado a ese tipo de olores, y a menudo se olvidaba de lo que tenía que significar para un chico como él poder pasear por la playa, jugar con la arena o respirar el aroma del mar a diario.

- Sí, muchas gracias – respondió, con una forzada sonrisa, para luego sentarse en la tradicional manta de cuadros ante el gesto de Ignacio - ¿Seguro que esto está bien? ¿No le llamará la atención la Jefa de Estudios por venir con un alumno a la playa?

Era evidente que el muchacho se sentía algo incómodo por la situación, lo que no iba a ayudarle en absoluto a traspasar la coraza emocional que se había forjado desde que había llegado. Sin embargo, Ignacio comprendía su reticencia: la playa era uno de los pocos sitios no vigilados por Jeffrey, y era lo suficientemente adulto para saber de lo que eran capaces algunos adultos cuyas inclinaciones sexuales eran poco habituales.

- No te preocupes, cada una de mis sesiones está adecuadamente registradas por Jeffrey y tanto la Jefa de Estudios como el Director saben que hoy íbamos a estar aquí. Ten por seguro que si hubiera algún problema, no me habrían dejado montar todo esto – dijo, conciliador. Sabía que asegurar que Pánico estaba al tanto de todo aquello le iba a permitir tranquilizar a Salvador – Así que empecemos, si te parece bien.

"Lo que me interesaría saber, sobre todo, es el por qué de tu actitud. Entiendo que estás pasando por una época difícil. La adolescencia es brutal para cualquier chico, y además tú tienes unas habilidades únicas, lo que lo hace todo mucho más difícil. Pero me juego el pellejo a que esto viene de antes. Dime, ¿cómo fue descubrir lo que… bueno, que eres un escultor?"

El muchacho suspiró. Era algo que seguramente había repasado una y mil veces, quizás planteándose la posibilidad de que fuera algo pasajero y que podía regresar a su vida anterior. Cuando Ignacio le preguntó, dejó la mirada fija en el horizonte, justo donde el mar abrazaba al cielo con dedos de espuma.

- Cuando éramos pequeños – dijo, al fin – jugábamos a ser superhéroes. Daba igual de dónde fueran, porque todos teníamos nuestros favoritos. A mí me gustaban los de aquí, quizás por eso mismo, por ser españoles. Mi madre es funcionaria, así que he mamado desde pequeño lo que significa trabajar para el Estado. Me encantaba encarnar a Ladrillo, a Látigo, incluso al Alquimista, y hacer ruidos con la boca mientras jugaba en el Parque de las Tres Culturas con mis amigos. No nos planteábamos que algo así nos pudiera pasar a nosotros. No hasta que poco antes de cumplir doce años, mi amigo Fernando dejó de venir al colegio de repente. Al principio pensábamos que estaba enfermo. Luego, que lo habían trasladado de colegio. La verdad era que lo habían trasladado, sí, pero a una institución del Gobierno que formaba… bueno, como la Fundación, pero pública, usted ya me entiende.

Ignacio asintió. Una de las ventajas de trabajar en la Fundación era que disponía de acceso a según qué información que afectara a niños especiales como Salvador. El sitio en cuestión era la División M, una institución relativamente secreta que reclutaba a jóvenes que pueden resultar un peligro para la seguridad nacional, educándoles para aprender a controlar sus habilidades y, según las malas lenguas, convertirlos en agentes al servicio del Gobierno. Ignacio rechazaba ese tipo de prácticas. Esos jóvenes necesitaban ser educados y permitirles elegir su propio destino. Convertirles en armas era un grave error.

- Entonces fue cuando nos dimos cuentas que ese mundo no nos quedaba tan lejos. Que quizás un día nos despertaríamos y veríamos que éramos… bueno, especiales. Yo ya había aprendido en el instituto que las anomalías genéticas se transmitían de padres a hijos, y bueno, nadie de mi familia tiene poderes, somos bastante aburridos. Así que no tenía miedo de que a mí me pasara algo así. Era… feliz.

Salvador narraba su historia como si en realidad no fuera suya. Como si fuera el invisible titiritero que manejara los personajes tras el telón, observando cómo el público se deleita con sus desventuras. Sin embargo, esa forma de evadirse le estaba permitiendo exprimir su historia con ganas, contando cada pequeño detalle, permitiendo a Ignacio conocerle íntimamente.

- Fue hace dos años, en el verano, cuando tenía trece años. Mi padre se había vuelto a ir a uno de sus viajes de negocios, y mi madre aprovechó para que nos fuéramos al pueblo de mis abuelos unos días. Allí apenas tenía amigos, pero me hacía sentir bien, ¿sabes? Por aquel entonces no sabía por qué era, pero ya empezaba a percibir las impresiones de las cosas. Cuando íbamos al pueblo, allí había campo, bosque, montaña… no me dolía la cabeza, no tenía náuseas… Una noche, después de comerme un helado, me acosté con fiebre. Mi madre no le dio mayor importancia, pero mi abuela me puso unas compresas frías en la frente y me canturreó hasta que me quedé dormido. Tuve unas pesadillas horribles, en las que soñaba que me hundía en arenas movedizas, o que intentaba escapar de unos monstruos y la tierra me tragaba. Lo malo era que en realidad no estaba soñando. Cuando escuché los gritos de mi madre y mi abuela, me desperté y vi que toda la habitación estaba fundida, como si estuviera hecha de cera. Sólo se salvó el somier, que era de madera, de los antiguos. Tuvieron que llamar a los bomberos para sacarme de allí, mientras no dejaba de llorar. Mi madre también lloraba. Y mis abuelos me miraban como si no me reconocieran. Fue horrible.

Una lágrima se escapó y recorrió la mejilla, abriéndose camino por su mentón hasta caer en la arena. Sin embargo, Salvador no había cambiado la expresión. Era evidente que el recuerdo era muy doloroso, pero el joven había aprendido a dominar sus emociones hasta tal punto que podía estar sufriendo lo indecible por dentro y no manifestarlo. Ignacio le entregó un pañuelo y propinó un suave apretón en su hombro para confortarle.

- ¿Fue entonces cuando se enfrió la relación con tu madre? – preguntó finalmente. Había sido la madre quien había solicitado la estancia permanente de Salvador en la Fundación Costa, y dudaba que lo hubiera hecho si amara a su hijo.

- No, qué va. Mi madre me quería mucho. Incluso después de lo del primer día, me seguía tratando de la misma forma. Me compró incluso un ordenador portátil para que me entretuviera durante aquellos días en casa de mis abuelos. No sé, era como si quisiera compensarme con algo. Eso me hizo sentir bien. Era… bueno, soy un maldito mutante pero mi madre me sigue queriendo, ¿sabes? Allí apenas había cobertura, así que me padre no se enteró de lo que había pasado hasta que no llegó… y  bueno, entró en shock. Cuando mi madre le contó lo que pasó, al principio no se lo creía, luego me miró a los ojos, quizás buscando algo ahí dentro, y salió de casa dando un portazo. Regresó a las pocas horas, ya de madrugada, y les oí discutir. A la mañana siguiente su coche ya no estaba, y mi madre me dijo que se había ido. Que era mi culpa. Me culpaba de todo. De que mi padre se hubiera marchado, de su discusión… Me decía que iba a ser imposible seguir con su estilo de vida sin el sueldo de mi padre, y que tendría yo que ponerme a trabajar. Luego se enteró de la Fundación y la beca… y bueno, el resto es historia. Fue como… - nuevas lágrimas salieron buscando la libertad – como si pese a que apenas le veía, mi padre fuera todo su mundo. Me juego el cuello a que cuando subí al autobús cogió el coche y se fue a buscarlo.

- Tuvo que ser duro – dijo. Era lo poco que podía decir. La crudeza de su historia era tal, que le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas – Pero, ¿te has parado a pensar que quizás no fue por tu culpa? ¿Qué quizás la relación de tus padres estaba ya deteriorada, y que esa discusión fue la gota que colmó el vaso? ¿Qué tu madre pagó contigo su frustración, y que ahora se siente tan culpable que prefiere no afrontar una conversación con su hijo, y lo encierra en este sitio para no verlo nunca más?

Salvador alzó la mirada, clavando en el psicólogo sus tristes ojos azules.

- Y dime, Ignacio. ¿Crees que eso me hace sentir mejor?

sábado, 18 de julio de 2015

Comunidad Umbría - Sueños del Escultor / Sesión 1 - Toma de Contacto

Estoy inmerso en una partida en la que encarnamos a jóvenes españoles con habilidades especiales que han sido admitidos en una Fundación para educarles y ayudarles a comprender lo que les pasa. Un estilo a la Academia Xavier, pero en España. He decidido interpretar a Salvador, un joven toledano tímido y con graves problemas de autoestima y un poder muy particular. El director, además, nos propuso narrar entrevistas con el psicólogo del colegio y otras vivencias personales de forma que juntos, jugador y director, comprendamos más íntimamente a nuestros personajes. 


Sesión 1 - Toma de Contacto 

 Los nudillos apenas si rozaron la puerta, como si temieran destrozarla con una fuerza sobrehumana. Sin embargo, Ignacio sabía de sobra que la persona al otro lado no disponía de tales habilidades. Al menos, que la Fundación y él mismo supieran.

- Adelante, Salvador - dijo, cordial a la par que educado. Había tomado por costumbre tratar primero a los alumnos con formalidad, y poco a poco ir convirtiendo su relación en una amistad, de forma que aquellos jóvenes fueran conscientes del cambio de actitud en el psicólogo y lo asumieran como un logro personal. Era una pequeña trampa que hasta ahora le había dado muy buenos resultados.

Salvador Salazar, mutante genético, natural de Toledo. Según las investigaciones de la Fundación, la línea genética con alteraciones en el ADN no venía de la madre, así que debía ser del padre, sin embargo éste se encontraba en paradero desconocido. Además, la sola mención de su nombre completo en alguna de las bases de datos dio como resultado un formidable muro burocrático que en la Dirección consideraron tratar con suma cautela. Si el Gobierno se tomaba tantas molestias en esconder a alguien, era porque no quería que fuera encontrado. ¿Qué clase de hombre sería?

 - Espero no molestar - dijo el muchacho, recordándole con su tímida voz que estaba allí por algo. Ignacio tenía en la agenda una sesión preliminar de toma de contacto con todos los nuevos alumnos, y Salvador no era una excepción. Sin embargo, se había mostrado reacio, como si temiera quedarse a solas con el psicólogo, o quizás considerando que no tenía nada que revelar. Apostó su almuerzo de aquella mañana a que era lo segundo.

- En absoluto, siéntate por favor. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un refresco? ¿Algo de picar? - suave, con delicadeza, como si te acercaras a un cachorro abandonado en mitad de la calle - Dime, Salvador, ¿qué tal están resultando tus primeros días en la Fundación? ¿Te ha costado acostumbrarte?

No miraba a los ojos. El muchacho tenía un grave problema de seguridad, fruto probablemente de un maltrato psicológico continuado en su hogar. Quizás también físico, por lo que apreciaba en su cuerpo delgado y pálido, así como por las ojeras que demacraban su rostro.

- Está... bien. Los profesores... esto... - dijo, tras rechazar con un amable gesto mi ofrecimiento - Cuesta hacerse a la idea de que un alienígena te enseñe matemáticas. Quiero decir... veo las noticias, sé lo que pasa en los Estados Unidos, pero... bueno, esto es España. Aquí casi nunca pasa nada. En casa yo era el raro... y aquí...

Una mirada rápida, quizás para saber si Ignacio le estaba mirando a los ojos, y ambos se cruzaron. Salvador tenía unos fríos ojos azul hielo, cargados de tristeza. ¿Qué le había pasado para ser así? No era el habitual sentimiento de rechazo y abandono que tenían muchos de los recién llegados: adolescentes sobrehormonados, cargados con una herencia genética que los hacía únicos, lejos de su familia y amigos. Eso se curaba con tiempo. Pero Salvador... requería algo más. Reconocimiento.

- Te entiendo. ¿Qué me vas a decir a mí? Soy de los pocos humanos en la Fundación, aquí, personas como el Director Sacristán y yo somos los raros - ganarse su confianza, mostrarle que hay otras historias aparte de la suya, distraer su atención del verdadero problema. Ignacio miró sus apuntes - Pero seguro que no has tenido problemas para hacer amigos. ¿Qué tal con tus compañeros de habitación... Héctor y Yapci? ¿Son majos? 

Nuevamente Salvador agachó la cabeza. Sentimiento de culpa, algo de lo que Ignacio había dicho le había provocado malestar. ¿El Director? ¿Hacer amigos? Volvió a consultar sus apuntes, y entonces cayó en la cuenta de una nota resaltada en un amarillo brillante. - Apenas has pasado por allí, ¿verdad? - dijo, con una sonrisa - Es por ese efecto secundario de tu poder, por las, ¿cómo las llamas?

- Impresiones - respondió, mirando a la pared, como si pudiera leer un siglo de historias allí grabadas - Residuos psíquicos de emociones intensas que se adhieren a las paredes, al suelo, al mobiliario... Las siento como propias. Por eso apenas paso por mi habitación. He visto a Yapci... o a Héctor, no sé quién es quién, apenas dos veces. Incluso ahora siento náuseas...

Interesante planteamiento. En la circular interna del departamento había un comentario del personal de mantenimiento de que habían visto a uno de los alumnos nuevos rondar por el bosque de noche, pero pensaban que eran chiquilladas. Así que era eso. Salvador prefería los lugares vivos para evitar sentir esas impresiones.

- Entonces hemos empezado con mal pie. Hagamos una cosa, la próxima sesión la haremos en la playa, ¿te parece bien? - le dijo, extendiendo la mano para estrechársela - Quiero que te sientas lo más cómodo posible.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Comunidad Umbría - Un Paseo por la Catedral de la Noche

Estas líneas a modo de prólogo sirven de base para un personaje con el que estoy jugando ahora mismo. No puedo dar muchos más detalles, ya que precisamente la gracia del mismo reside en que nadie sabe lo que es realmente, pero espero que os guste.


Las dos figuras paseaban una junto a la otra por el claustro de la tenebrosa catedral que coronaba la montaña. Había sido erigida en honor de antiguos dioses ya desconocidos, y hasta que su nuevo señor se instaló allí, estuvo abandonada durante siglos. Grotescas criaturas aladas sobrevolaban la zona, esperando encontrar una víctima desprevenida en la que clavar sus garras y dientes, pero sin embargo no se atrevían a rondar al señor de la catedral ni a sus siervos. Tal era su poder. Tal era su maldad.
¿Qué sabes de mí, Milosh? – dijo la mayor de las dos figuras. Era un ser impresionante, de más de tres metros de altura y enfundada en una armadura negra como la noche. Una espada de filo carmesí golpeaba su cadera a cada paso, y el cráneo rematado en dos grandes cuernos retorcidos fortalecía su imagen tenebrosa. Sus ojos, dos pozos profundos moteados de amarillo, miraban al frente, y su boca llena de colmillos afilados se curvaba en una eterna mueca semejante a una sonrisa. Astheon, Señor de la Guerra de los Reinos Infernales de Gushtan y Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche, disfrutaba del temblor nervioso del frágil demonio que caminaba su lado, visiblemente atemorizado por la cercanía de su señor.
Sé que sois el más poderoso de los demonios del Infierno, mi señor, y que es un honor para mí serviros como palafrenero. Sé que sois señor de estas tierras desde el principio de los tiempos, y que vuestros enemigos tiemblan con sólo nombraros – Milosh no era sabio, ni audaz ni poderoso, pero intuía que lo que su amo buscaba era una ración de adoración pura. Agachó la cabeza y esperó que sus palabras contentaran al Sumo Sacerdote.
Un lúgubre silencio, roto únicamente por el golpeteo de la espada sin vaina de Astheon contra su pierna, se instaló entre ellos. Su señor no había dado señas de estar complacido o descontento, pues la escalofriante sonrisa de su rostro nunca permitía conocer sus verdaderos pensamientos. Finalmente, cuando pasaron por segunda vez ante una estatua en honor a un dios sin nombre, el demonio astado habló.
Yo antes servía a otro señor, Milosh – dijo, mirándole de forma feroz. En sus ojos se adivinaba una advertencia – y borra esa expresión de sorpresa de tu rostro, sé perfectamente que lo sabías. Tu trabajo en la biblioteca te ha dado acceso a información que creía olvidada, y es por esto que mantenemos esta conversación.
Lentamente, el pequeño demonio comprendió por qué su señor le había mandado llamar. No era un honor, sólo estaba averiguando los límites de lo que había aprendido. Sólo si caminaba con pies de plomo sobreviviría a aquel paseo por el claustro.
Su nombre poco importa ya, pues hace tiempo que huyó lejos de mis garras como una rata cobarde, pero cuando gobernaba estos reinos era el ser más temible y poderoso que hayas conocido jamás. Se medía de igual a igual en astucia con los Grandes Señores de más allá de las Colinas de la Sangre, y su crueldad sólo era comparable al poder que enarbolaba a su antojo. Con sólo un gesto de su mano podía hacer reventar la cabeza a un ogro dragón, y sus libidinosas palabras eran capaces de convencer ejércitos enteros para luchar a su favor. Nadie sabe de dónde apareció, sólo era un tipo desconocido que venía de ninguna parte y por el que nadie apostaría nada. Sin embargo, en apenas uno año estaba ahí abajo, a la cabeza de un ejército mixto de mutantes, bestias y demonios, arengándolos para prepararse para derrocar al señor de Millaverkun.
Godormoys, señor de Millaverkun, era un mito en aquellas tierras. Violento, cruel y sanguinario, y con un prestigio tal que nadie se atrevía a plantarle cara. Que hubiera alguien capaz de reunir un ejército para atacarle era impensable. Milosh miró de reojo a su señor, sorprendido por la reverencia con que el Señor de la Guerra hablaba del antiguo Rey de Gushtan. Si no supiera lo que pasó en realidad entre ellos, habría jurado que Astheon lo adoraba como a un dios, y que habría arriesgado su propia vida por él. No obstante, había tenido la osadía de leer textos prohibidos. Y esa osadía le había llevado a esa situación.
- Sabía que cuanto más ascendía en poder, más enemigos se granjeaba. No obstante, no era como esos estúpidos que suben la escala de la gloria sin percatarse de a quién están pisando. Se aseguraba de repartir el botín entre sus más poderosos lugartenientes para mantener su lealtad, y doblegaba a aquellos rivales que podrían ofrecer una férrea resistencia que ocasionara demasiadas bajas en su ejército, ya fuera con la magia o con el acero. Pronto sus formas fueron imitadas a lo largo y ancho de las Llanuras Infinitas, pero nadie se movía como él. Llegó incluso a diseñar un plan maestro que le concediera el control de toda la Península Roja. Lo sé porque yo era su Capitán más leal y me confió sus inquietudes.
La traición era una práctica tan habitual en los Infiernos que Milosh ni siquiera se inmutó al saber que fue su señor quien traicionó al antiguo Rey. Al fin y al cabo, derrocar a otro señor a través de la fuerza bruta era la manera tradicional de ascender en prestigio. Lo que no alcanzó a comprender el palafrenero era cómo alguien tan astuto no supo ver que su amigo más leal conspiraba contra él.
No se sorprendió cuando entré en sus aposentos con mi Guardia Privada – dijo Astheon, adivinando los pensamientos de su siervo – y ni siquiera se defendió, cuando podría haber acabado con muchos de mis guerreros. Sólo se quedó ahí, sonriendo tristemente, mientras permanecía en absoluto silencio. Al principio disfruté con la idea de saber que había sido más listo que él, y que sólo el miedo era la razón de su reacción. Le encerré en los calabozos a la espera de que regresaran las tropas que se encontraran en misiones de reconocimiento, y me relajé sentado en el trono disfrutando del poder recién adquirido. Aquel año fue cuando llegaron por primera vez las Tenebrostas.
Las Tenebrostas, una raza de insectos inteligentes del tamaño de un puño y que se trasladaban en enjambres voladres de millones de individuos, habían sido uno de los grandes hitos en la historia de los Reinos. Nadie sabía de dónde venían, pero era uno de los peores enemigos a los que nadie se había enfrentado jamás. Cuando llegaban a algún lugar que consideraban adecuado, consumían todos los recursos existentes, y quien tuviera la desgracia de cruzarse en su camino era consumido en segundos en un frenesí de pinzas y picos serrados. Miles de guerreros del reino de Gushtan morían cada día intentando expulsarlos, pero era imposible.
La moral del ejército estaba por los suelos, y que el resto de guerreros regresara de sus misiones para encontrarse a sus compañeros diezmados sólo empeoró la situación. Estaban confusos, a falta de alguien que les dirigiera hacia un objetivo claro, y yo sabía quién era capaz de hacer eso. – dijo, deteniéndose frente a una de los ventanales del claustro. Desde allí podían verse los extensos páramos que rodeaban la montaña, iluminados por relámpagos de color verdoso que rasgaban el cielo. Era una vista espectacular si sabías apreciar la particular belleza del paisaje – Pensando que mi victoria sobre él era total, descendí a los calabozos para exigirle que usara su artes con las tropas para expulsar a las Tenebrostas. Sin embargo, no sé cómo, ¡ese maldito había conseguido escapar!
El Señor de la Guerra golpeó la pared con tanta fuerza que hundió el puño en la dura piedra. Normalmente Astheon se mostraba impasible, frío como el acero. Sin embargo, el recuerdo de aquel suceso parecía haberle sacado de sus casillas.
Hace muchísimo tiempo que no sucede. Es un hecho tan raro e infrecuente que muchos de vosotros, pequeños insectos, no llegáis a presenciar uno en vuestra vida. Pero hay ocasiones en que se abren portales entre nuestro mundo y el que hay más allá. Y la idea me come por dentro, Milosh. ¿Crees que es posible que ese malnacido supiera que uno de esos portales se abriría y traería a las Tenebrostas? ¿Qué consumiría a la mayor parte de nuestras tropas, sembrando el caos y minando su poder y su prestigio, y que fue por eso que no ofreció resistencia cuando le traicioné? ¿Qué aprovechó ese mismo portal para escapar de aquí, dejándome con este pozo infecto en el que ahora reino, una mera sombra de la gloria que antaño tenía Gushtan?
Milosh temblaba de miedo viendo cómo su señor se enfurecía más y más a cada segundo que pasaba. No se atrevía a moverse de su lado por temor a represalias, pero también sabía que no volvería a vivir un día más. La impresionante mole que era Astheon parecía haberse hecho más grande y poderosa, inmovilizando al pequeño demonio de puro terror.
Porque sé que no está en los Infiernos. – parecía que el Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche hablara consigo mismo – Cuando las Tenebrostas se marcharon de aquí, envié guerreros a cada rincón de este mundo buscándole, pero nadie le ha visto en siglos. Tiene que estar en esa otra dimensión, y juro por mi sangre que cuando uno de esos portales vuelva a abrirse, lo cruzaré… lo buscaré… y le haré pagar por jugar conmigo.
Esa promesa pareció calmarle, puesto que empezó a respirar con mayor lentitud y la agresiva pose que había adoptado se tornó más relajada. El fulgor ambarino de sus ojos se apagó, y Milosh supo que lo peor había pasado. 
No supo lo equivocado que estaba hasta que el filo carmesí del Señor de la Guerra asomó a través de su pecho.
Gracias por escucharme, Milosh. El recuerdo de ese malnacido ha regresado a mi mente cuando descubrí que estabas merodeando por la biblioteca, y tenía que compartir aquellos días con alguien. Necesitaba reavivar la llama para no olvidar mi principal objetivo. Pero no puedo permitir que nadie sepa esta historia, me dejaría en muy mala posición de cara a los Grandes Señores. Lo entiendes, ¿verdad?
Milosh no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando respirar con ese enorme agujero en su pecho. Un gorgoteo se escapó de sus labios, pero el Señor de la Guerra no le interesaba lo que tenía que decir. Con un suave empujón, el palafrenero se precipitó hacia el vacío mientras Astheon regresaba a sus aposentos, sin ver cómo las bestias carroñeras se abalanzaban sobre el cuerpo sin vida de un pequeño demonio que había tenido la osadía de querer saber demasiado.

viernes, 17 de mayo de 2013

Comunidad Umbría - Oppenheimer


Una breve historia inspirada en el Mechanicum del universo de Warhammer 40k. ¡Espero que os guste!


Un chirrido de código binario despertó al anciano, que se había quedado dormido sin darse cuenta sobre la mesa. Lo primero que vieron sus ojos fue el rostro sin facciones de su ayudante artificial. Los sensores que le permitían ver y escuchar parpadeaban con un llamativo color naranja, indicativo de que había una alarma a la que su amo tenía que prestar atención.

- ¿Qué hora es?  - dijo, desperezándose. Inmediatamente, en la superficie transparente que recubría su ojo artificial apareció una secuencia de números en código hexadecimal - ¿Tan tarde? Maldita sea, te tengo dicho que no me dejes dormir tanto…

Se levantó con lentitud, mientras el servidor ayudante continuaba informando de las tareas pendientes en un irritante binario. Una de las modificaciones sinápticas que tenía instaladas su creador en el córtex cerebral le permitía comprender la transmisión de datos del androide.

- Retrasa dos coma cinco horas las pruebas de resistencia del proyecto Gamma-Cinco – dijo, mientras se retiraba una sustancia blancuzca de la comisura de los labios y se dirigía con pasos lentos al laboratorio principal. Durante el trayecto, se cruzó con algunos jóvenes ayudantes, modificados en mayor o menor grado, que le dedicaban fingidos saludos de respeto. Aunque era una auténtica eminencia en física dentro de la Fortaleza, sabía que era objeto de burlas por su avanzada edad – Y programa una intervención para las dieciséis coma dos horas para un ajuste del temporizador interno. No quiero volver a quedarme dormido, ¿qué hubiera pasado si alguno de los Supervisores me hubiera hecho llamar?

Cuando era joven, había sido nombrado una de las grandes promesas de la Fortaleza. Carente de cualquier tipo de alteración en su ADN que podría haber llamado la atención de los genetistas del Estado, fue educado para convertirse en un ciudadano de provecho de la sociedad. Sin embargo, desde temprana edad sus intereses fueron dirigidos hacia la Mecánica Ondulatoria. Siglos después desde la aparición de los primeros grandes estudiosos de la Física, aún había preguntas sobre el Universo que no tenían respuesta, y él se prometió a sí mismo que hallaría esas respuestas.

Sin embargo, había un gravísimo problema al que no podía encontrar solución: el paso del tiempo. Por mucho que se esforzara en desentrañar las grandes incógnitas del Universo, por muchos tratamientos médicos que eliminaran las toxinas y excedentes de su cuerpo, tarde o temprano se convertiría en polvo y huesos. Pronto se dio cuenta de que aunque su mente fuera mucho más brillante que la que sus colegas del laboratorio, cada año había más y más jóvenes con grandes ideas que le eclipsarían tarde o temprano.

Los implantes artificiales sólo solucionaron sus problemas en parte. Si bien el cristalino sintético de su ojo derecho le permitía obtener información automáticamente de la red inalámbrica sin necesidad de moverse de su escritorio, o la ampliación estándar de memoria le había facilitado la adquisición de información, sus movimientos eran lentos. Cada vez le costaba más realizar el camino que separaba su residencia particular de los laboratorios, y a menudo se daba cuenta de que no sabía qué estaba haciendo hacía dos minutos.

Así que acumuló cada crédito de su sueldo para poder costearse uno de los más caros y revolucionarios tratamientos que la tecnología U.S.I. podía ofrecer: una implantación completa de un esqueleto artificial. Su mente podría seguir funcionando como antes, y ahora iría montada en un carruaje de última tecnología.


- Hay un mensaje que aún no me has transmitido – dijo, mientras observaba con deleite el arrugado panfleto que siempre llevaba encima, en el que podía leerse la información relativa a una implantación artificial completa – Suéltalo, no te hagas el remolón. No creo que sea tan malo.

El ayudante tenía algunos comportamientos casi humanos, y el anciano había llegado a cogerle especial cariño. Aunque no fuera más que una inteligencia artificial básica que se encargaba de coordinar su agenda, responder sus mensajes y ayudarle con el papeleo, le trataba con mucha más consideración que mucha gente. Y en ese momento parecía reticente a leer el último mensaje de la bandeja de entrada.

- Vamos, montón de chatarra – dijo, bromeando – Transmite.

Tras lo que pudo interpretarse como un gesto de resignación, el ayudante empezó a transmitir el código binario. La sonrisa dibujada en el rostro del científico desapareció inmediatamente en cuanto los receptores del implante cerebral tradujeron el código. Su labio inferior empezó a temblar, y una lágrima asomó tímidamente antes de caer por su mejilla surcada de arrugas.

Todas las intervenciones con la tecnología U.S.I. pasaban por un Comité. Ese Comité se encargaba de estudiar cada caso, debatiendo si el sujeto era apto para la intervención, si era un gasto adecuado para la institución y qué escala de riesgos eran asumibles. En el caso de la intervención para la que el anciano científico había estado ahorrando toda su vida, la respuesta fue clara: debido a su avanzada edad, el Comité consideraba que los riesgos eran demasiado elevados, y que lamentándolo mucho denegaban la intervención. Adiós, y muchas gracias.

Adiós y muchas gracias. Con esa insípida frase se despedían de él, y le quitaban de un plumazo todos los sueños y grandes planes que tenía. En ningún momento se había planteado que fueran a denegarle la intervención, ¿por qué? Conocía perfectamente casos de personas mucho mayores que habían sido admitidos en otros tratamientos similares, y a menudo el dinero deslizado en el bolsillo adecuado agilizaba incluso casos mucho más graves. Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Era prescindible ya? ¿Se había acabado su tiempo?

Los días siguientes no salió de su dormitorio. Su ayudante había considerado adecuado comunicar a los Supervisores que su amo no se encontraba en buen estado de salud, y que pasaría algunos días en cama. Nadie se preocupó por confirmarlo. En realidad, el anciano había abandonado todas las ganas de seguir viviendo y se había tumbado mirando al techo esperando a que su corazón dejara de latir. ¿De qué servía seguir esforzándose, si apenas le quedaban unos pocos años de vida?

La respuesta llegó una semana después. El reloj de su retina indicaba que quedaba apenas una hora para el amanecer, aunque los primeros rayos de sol ya se filtraban por las cubiertas superiores. Un suave golpeteo proveniente de la puerta principal resonó por toda la casa, y el ayudante, que normalmente estaba tranquilo, se mostró muy alarmado. Los sensores de su amago de cráneo parpadeaban en rojo, indicando que había una situación de extrema peligrosidad. ¿Qué importaba siquiera? El anciano cerró los ojos nuevamente, pensando que probablemente sería algún comunicado de sus Supervisores, indicándole que había sido despedido. Ya no le importaba nada.

Dos segundos después, un desagradable olor llegó hasta sus fosas nasales procedente de la puerta de entrada. El ayudante empezó a emitir un chorro de código binario de emergencia, pero el anciano no le dio importancia, aunque sí que le llamó la atención el repugnante olor. Parecía el del metal oxidado, aunque era imposible que algo así sucediera en la Fortaleza, donde las instalaciones se revisaban periódicamente para evitar problemas estructurales. Al extraño olor le siguió un sonido burbujeante, y finalmente, el familiar sonido de la puerta de la entrada abriéndose.

- ¿Hay alguien ahí?- preguntó, incorporándose con dificultad. Su espalda estaba llena de pequeñas heridas provocadas por estar tumbado sin moverse durante horas, y el colchón estaba salpicado de manchas de sangre reseca – Si has venido a robar, te has equivocado de sitio, muchacho.

Intentó contactar con los sistemas de emergencia, pero descubrió que no podía. Era como si la red estuviera deshabilitado. Estaba confundido, era la primera vez que sucedía algo así. Con un gesto de su mano indicó al ayudante cibernético que cerrara la puerta, y la criatura se lanzó a cerrarla inmediatamente. No disponía de armas en la casa, y se maldijo por ser tan descuidado. Aunque vivían en una sociedad perfecta, no estaba de más ser un poco más precavido.

El sonido de unos pasos acercándose se hizo cada vez más fuerte, hasta que se detuvieron ante la puerta del dormitorio. Al contrario que la de la entrada, ésta era de plástico reforzado, un modelo que imitaba a la madera, así que el anciano calculó que no tardarían más que unos segundos en abrirla. Sin embargo, en vez de forzarla, se escuchó una voz al otro lado.

- ¿Señor Andersen, señor? – la voz tenía un ligero acento británico, aunque quedaba casi eclipsada por la reverberación que provocaba el sintetizador de voz que había sustituido sus cuerdas vocales – Hemos venido a hablar con usted, por favor. ¿Le importaría abrir la puerta?

No venían a robarle o matarle. Si fuera así, no habrían tenido tantas contemplaciones. Además, le llamaba la atención la educación con la que ese tipo le trataba, y su lado más orgulloso hizo que confiara en él. Hacía mucho que no le hablaban con tanto respeto. Además, sabía su nombre. Tuvo que insistirle a su ayudante varias veces para que abriera la puerta, puesto que parecía convencido de que detrás de la puerta se escondía una grave amenaza.

En el marco de la puerta apareció un tipo corpulento vestido con un traje de ciudadano estándar, de negro impoluto de los pies a la cabeza. Tenía el cráneo afeitado, y los ojos de un artificial violeta, lo que indicaba que, al menos en parte, el hombre usaba tecnología U.S.I. Nada más entrar en el dormitorio, se hizo a un lado, y dejó pasar a otro hombre, que apenas había sido visible tras el que parecía su guardaespaldas.  Su aspecto era mucho menos agresivo, vestía una túnica de archivero color hueso, y el fino bigotito bajo su nariz le daba un aspecto cómico. Estaba sonriente, y dedicó unos segundos a observar la habitación antes de dirigirse al científico. Ambos hombres llevaban el mismo símbolo grabado en las ropas: los Adoradores de USI.

- Debo confesarle que me esperaba unos aposentos algo más… adecuados para alguien con sus conocimientos, señor Andersen – dijo, mirando con expresión divertida los restos de comida en el suelo y la ropa sucia en el rincón – Una mente como la suya se merece una mansión como poco.

El desconocido no se quedaba quieto, paseaba arriba y abajo por la habitación ante la atónita mirada del anciano. Cada vez que se acercaba al ayudante cibernético, éste se echaba hacia atrás y emitía un tímido código binario de alarma, como si fuera un perro asustadizo.

- Verá, ha llegado a nuestro conocimiento el fallo del Comité ante su solicitud – dicho esto, el hombre dedicó una mirada comprensiva al anciano – Un grave error, si me permite decirlo. Dejar que una mente como la suya, tan privilegiada, se pierda por un simple cálculo de estadísticas y probabilidades es una metedura de pata.

No le salían las preguntas de la boca. ¿Cómo era posible que supieran el fallo del Comité, si era secreto, y él no se lo había dicho a nadie? ¿Qué querían los Adoradores de USI de él?

- Verá, estoy aquí porque mis jefes están muy interesados en que alguien con su potencial no desaparezca – el hombre se sentó en la cama junto a él. Estando tan cerca, el científico pudo ver sutiles modificaciones en su retina y en las puntas de los dedos, como pequeños transmisores – Nosotros disponemos de… medios que no están al alcance de todo el mundo, y creen que usted es más que merecedor de nuestros recursos.

Tenía muchas dudas, pero a la vez que se formulaban en su cabeza, el hombre las respondía inmediatamente. Era como si su mente fuera un libro abierto y él sólo tuviera que posar sus ojos en las páginas.

- No tendrá que pagarnos nada, no se preocupe, sólo con su trabajo. ¿Usted quería seguir trabajando, verdad? Pues así será. Nosotros pondremos a su disposición los medios más avanzados en tecnología U.S.I. y usted sólo tendrá que seguir desentrañando los misterios del Universo.


No necesitó llevarse equipaje. Vestido únicamente con su pijama, dejó que el hombre del bigotito le acompañara hasta la puerta mientras el otro se quedaba atrás. Parecía que estuviera en un sueño, como si flotara en nubes de algodón guiado de la mano de aquel hombre desconocido que leía sus pensamientos tan fácilmente. Al llegar a la entrada, observó que la cerradura tenía un agujero del tamaño de un puño, como si el metal se hubiera corroído. Ni siquiera le importó.


Un elegante mensaje en código binario le despertó. Lo primero que vieron sus ojos era la realidad a su alrededor, más nítida y clara de lo que había sido nunca. Podía distinguir el sonido del vuelo de una mosca en la habitación contigua, y podía contar cada mota de polvo que flotaba en el espacio frente a él. Extendió la mano, y observó que no temblaba como antes. En la retina aparecieron decenas de datos relativos a humedad, tensión superficial y elasticidad, y se dio cuenta de que estaba arrodillado. ¿Cuánto tiempo llevaba en esa posición? ¿Dónde estaban sus ropas? ¿Por qué no sentía ni frío ni calor?

Miró al techo, y ya no estaba en aquel sitio, sino que se encontraba en otra habitación, mirando un espejo de cuerpo entero. Aunque no era él, porque no reconocía al joven que le miraba en la superficie de cristal. No podía tener más de veinte años, tenía un cuerpo atlético y sano, y llevaba un traje elegante, probablemente muy caro. ¿De dónde había salido el traje?

- Te adaptas extremadamente bien – dijo una voz a su espalda. Cuando se giró, estaba sentado en una mesa de terraza, tomando lo que parecía una infusión de hierbas. El sol brillaba en lo alto, más allá de las cubiertas de la Fortaleza, y la gente sonreía a su alrededor, disfrutando de un agradable día. Frente a él, un hombre de aproximadamente cuarenta años le miraba con una sonrisa en los labios. Llevaba un traje color burdeos, con el cuello redondeado. De su cuello colgaba un medallón con el símbolo de los Adoradores de USI – Tómate tu tiempo, no lo fuerces. Ya te dije que aunque dispongas de los conocimientos, llevarlos a la práctica es complicado. ¿O todavía no lo he dicho?

Parecía que hubiera dicho una broma, porque sonrió más abiertamente y tomó un sorbo de la bebida ante él – Probablemente aún tengan que adaptarse los cogitadores de memoria, así que no te preocupes, todo llegará tarde o temprano.


Asomado a la ventana de una de las torres más altas de la Fortaleza, el anciano que había sido observaba la ciudad a sus pies. Ahora ya recordaba todo lo que había sucedido: la negativa del Comité a dejar que se sometiera a la operación, la oferta de los Adoradores de USI, la operación, el dolor, las semanas en estado de coma… todo. Había estado a punto de morir, pero las características de su nuevo cuerpo, añadido a sus conocimientos, habían resultado en algo increíble. Ahora comprendía mucho mejor que nunca las complejidades del Universo. Podía extender la mano y atravesar el Tejido de la Existencia y alterarlo a su antojo. Pensaba que era una eminencia en Física Cuántica, y sin embargo ahora comprendía que ni siquiera se había acercado a comprender lo que era la Realidad. Gracias a USI, ahora tenía los medios para ir donde quisiera y hacer lo que quisiera.

Y podría hacerlo durante siglos.

Tomó con dos dedos el medallón que colgaba de su cuello, lo besó tiernamente y lo guardó de nuevo tras la camisa.

Y luego, el joven en que ahora se había convertido, simplemente se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.

sábado, 2 de marzo de 2013

Porque te quiero


Os presento un pequeño monólogo, inspirado por los geniales Carlos Sisi y Manel Loureiro. Espero que os guste. Está localizado en Heidelberg, un hermoso pueblecito cerca de Frankfurt.

Te juro que no sé lo que pudo pasar. Te lo juro. Pensaba que lo tenía todo controlado, que podría protegernos, pero algo salió mal. Quizás me distraje de la rutina diaria… no lo sé. Ahora da igual.
¿Recuerdas cómo empezó todo? Yo estaba en casa, pero tú estabas en el Weihnachtsmarkt buscando un regalo para mi madre. Iban a ser unas Navidades geniales, las primeras que íbamos a pasar en familia todos juntos. Les íbamos a decir que nos casábamos. ¿Te acuerdas de las veces que apostamos cuál sería su reacción? Yo te decía que a tu madre le daba un ataque. Cuando volviste, te conté que todos los informativos hablaban de lo mismo, de un extraño virus. Incluso bromeamos acerca de que, con la que estaba cayendo, lo que nos faltaría sería un caso como en las películas.

Parece que hayan pasado mil años desde entonces.

Los días siguientes fueron algo extraños. En la oficina me dijeron que iban a retrasar los proyectos porque los clientes así lo querían, y en la Universidad cancelaron todas las clases.  Tanto mejor, pensé, así me daba tiempo a buscarte un regalo sorpresa que no te esperabas. ¿Recuerdas la cara que pusiste cuando te dije que iba de compras y que no podías acompañarme? Siempre sabes cuándo te estoy ocultando algo, pero siendo las fechas que eran, sabías a lo que iba. Te quedaste leyendo ese libro que llevas meses intentando acabar, pero que entre preparar tus clases y corregir exámenes nunca has podido hacerlo.

No te lo conté para no preocuparte, pero se respiraba un ambiente distinto en la ciudad. Heidelberg siempre ha estado llena de turistas, daba igual el año, pero en Navidad las calles estaban abarrotadas de curiosos que buscaban el producto típico, o de parejas enamoradas que se inmortalizaban en sus cámaras digitales. Pero aquella mañana había poca gente, y los que habían, eran vecinos y amigos. No le di importancia, hasta que la señora Köhler, la de la tienda de dulces, me preguntó si nos íbamos a quedar en la ciudad. No entendía la pregunta, hasta que vi las portadas de los periódicos en el quiosco. Todas hablaban del extraño virus, y de zonas enteras de Europa que habían quedado incomunicadas. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Intenté no decirte nada, pero me notabas extraño, preocupado. Y no soportas verme así. No, mi pequeña. Eres una criatura dulce y amable, y mi bienestar es imprescindible para tu felicidad. Así que fue cuando te lo conté. Al principio no te lo creíste, pensabas que era parte de algún tipo de juego relacionado con el regalo que te había conseguido. Pero yo no me reí. Casi de forma inconsciente, miraste a nuestra colección de películas en DVD, a la sección donde se acumulaba cine de terror. Sí, yo también pensé lo mismo: una plaga, enfermos que buscaban propagar su enfermedad.

Durante los días siguientes la cosa fue de mal en peor. Primero fue el agua. Nos cortaron el suministro y tuvimos que lavarnos y cocinar con garrafas de agua embotellada. Ya casi no salía de casa, salvo para ir a comprar algo de comida. Pero cuando empecé a ver las calles completamente vacías, y las tiendas cerradas a cal y canto, me encerré contigo. Luego se fue la luz. Estoy seguro de que si no usáramos gas butano, también habríamos notado cómo el gas ciudad lo cortaban. Ya había leído antes sobre eso. Si no había personal que atendiera las plantas potabilizadoras ni las fábricas, llegaba un momento que los sistemas colapsaban y se desconectaban. Era una medida de precaución, para que no ocurriera algo parecido a Chernobyl. Afortunadamente, antes llamamos a nuestros padres, para preguntarles qué tal estaban y si se encontraban a salvo. Ellos también habían visto las noticias y estaban muy preocupados. Hacía tiempo que no oía a mi madre llorar así.

A la hora de dormir, cerraba a conciencia puertas y ventanas para que no entrara el frío, y nos cubríamos de mantas para mantener el calor. Tú no te acuerdas, pero la primera noche tuviste una fea pesadilla. Me llamabas a gritos, y tuve que abrazarte y susurrarte que estaba ahí para que te calmaras. Por la mañana vigilaba la ventana, intentando buscar algún rastro de la policía o el ejército que nos informara, o quizás que nos llevara a algún punto de reunión. Pero ni un alma. Quizás todo el mundo se había marchado, o quizás estaban igual que nosotros, atrincherados en sus casas esperando a ver qué pasaba.

Cuando se acabó la bombona, alimentarse empezó a ser un problema. Afortunadamente teníamos muchas latas de comida que nos traía tu madre cuando venía a vernos. Quizás no se fiaba mucho de cómo cocinaba, pero ¡bendita sea la mujer! Si no hubiera sido por ella, habríamos tenido que comer crudas las verduras que manteníamos refrigeradas en la ventana.

Ya no sé exactamente qué día de la semana era, ¿realmente importaba ya? ¿Te acuerdas? Te despertaste con un gemido, y te asomaste a la ventana como una exhalación. Fue cuando me llamaste para que mirara. Nunca te pregunté cómo sabías que estaba allí, pero no importaba. Al principio me sorprendió ver a un militar, un chico joven. Dejé escapar un pequeño gemido de excitación y me levanté corriendo para ir a hablar con él. Pero me llamaste la atención antes de salir a la calle, y algo en tu voz me dejó helado. Era verdad, ¿qué hacía un soldado en mitad de la plaza, y solo? Parecía desorientado, como si hubiera bebido. Entonces se escuchó un portazo, quizás sería un vecino que también había visto al soldado. Segundos después, lo confirmamos: era el señor Schell, Hans, del piso de abajo. Estaba tan emocionado que corrió hacia el chico y lo abrazó con fuerza.

Pero lo que sucedió después… joder, eso lo cambió todo.

Había algo extraño en la escena, ¿verdad? Era como si estuviera abrazando a un muñeco. Ni siquiera reaccionó cuando el señor Schell le abrazó y luego empezó a hacerle preguntas. El soldado le miraba ladeando la cabeza, como si no entendiera lo que le decía. Y de repente, como si le hubieran activado con un botón, el chico saltó sobre Hans y lo tiró al suelo. Nos quedamos paralizados al verlo. Le golpeaba con rabia, como si fuera el mismísimo diablo que quisiera llevarse su alma. Le agarró de la cabeza y golpeó el suelo con ella, y pronto empezó a manar sangre de un par de heridas. Tú no pudiste soportarlo y te fuiste a la cama, llorando. Yo… bueno, me quedé helado, pero también lo miraba como si fuera irreal, como si todo fuera una película. El soldado metió la cabeza en el hueco que forma el hombro con el cuello, y cuando la volvió a levantar tenía la boca empapada de sangre. Joder, se lo estaba comiendo allí mismo.

Así que así estaban las cosas. Las malditas películas se habían hecho realidad y ahora teníamos una plaga ahí fuera que convertía a la gente en monstruos sedientos de sangre. Fantástico. Decidí reunir a la gente del edificio para hacernos fuertes, pero tras el incidente con el señor Schell, los vecinos desaparecieron. Quizás fue durante la noche, no me enteré con este sueño tan pesado que tengo. Pero cuando fui casa por casa, allí no quedaba ni un alma. Por mí perfecto, mira. Aproveché para aprovisionarnos de más latas de comida y un par de bombonas de butano a medias para, por lo menos, poder calentar algo de agua y lavarnos. Y comer algo caliente. Joder, no sabía cuánto iba a echar de menos comer un poco de pollo a la plancha. Además, ya que éramos los dueños y señores del lugar, no iba a permitir que nadie entrara a saquear lo que era nuestro. Con un pesado martillo que encontré en una caja de herramientas en el trastero de los Weinmann, apuntalé la puerta de la calle con una de las puertas. Total, ya nadie las iba a utilizar.

Los siguientes días eran extraños.  Yo vigilaba que la puerta siguiera intacta, y que no hubiera ninguna ventana que se hubiera abierto durante la noche. Jugábamos a las cartas y leíamos para mantenernos ocupados, pero llegaba un momento en que necesitabas salir a la calle. Pero eso ya era imposible. Cada vez más de aquella gente, los que estaban infectados, aparecían deambulando por la plaza. Era extraño, rodeaban el mercado, como si realmente no hubiera sucedido nada y fueran personas normales y corrientes que acudían a hacer las compras. Pero no, eran monstruos. Andaban de forma lenta, errática, con la mirada perdida, y sólo reaccionaban cuando escuchaban algún ruido fuerte. Entonces se excitaban y miraban a todos lados como si fueran perros hambrientos.

Todo iba bien. Nos manteníamos con las latas de comida y el agua embotellada, y nos teníamos el uno al otro. Entonces, ¿por qué se tuvo que joder todo? Te juro que no sé cómo ha sido. Quizás me he despistado, y no he ido a mirar la puerta esta mañana. Ya no me acuerdo, todos los días me parecen iguales. Además, todo ha sucedido demasiado rápido. Cuando estaba en el baño de uno de los vecinos del piso de arriba, te he oído gritar y he bajado a toda pastilla casi sin abrocharme los pantalones. No me ha hecho falta saber qué te había asustado.

Desde el rellano he visto a una de esas cosas. Una mujer.

Estaba ahí, embobada mirando su reflejo en el espejo, como si se mirara por primera vez. Fue cuando me di cuenta de que no tenía nada a mano con lo que defenderme, y además, estabas en peligro. Me quité los zapatos para no hacer ruido y fui a buscarte. Quise llamarte, te juro que quería saber en qué parte de la casa estabas, pero sabía que algo había entrado. Me había dejado la maldita puerta de casa abierta, y había manchas de barro en el suelo. Joder, no sabes el pánico que me entró al saber que estabas encerrada con una de esas criaturas.

Así que cogí lo primero que tenía a mano, una llave inglesa algo oxidada de la caja de herramientas que dejaba siempre en la entrada y entré en la casa. No se escuchaba nada, absolutamente nada, ni siquiera mi respiración. Era como si mi cuerpo se hubiera decidido a convertirme en un fantasma para ayudarme a moverme por la casa. Entonces, empecé a escuchar ese sonido. Era como si alguien arrastrara el pie el moverse, sonaba al final del pasillo, cerca de nuestro dormitorio. Me moví con cuidado hasta la esquina y me asomé, temblando como un flan, y entonces lo vi.

Era un tipo alto, fuerte, quizás alguien que se dedicaba a trabajar en la construcción. Estaba de espaldas, pero enseguida supe que era uno de esos monstruos. Le faltaba la mitad derecha del torso, como si se lo hubieran devorado unas fieras salvajes, y sin embargo se movía. El sonido que había escuchado antes lo provocaba él, posando la mano sobre la puerta cerrada del dormitorio, y arrastrando la palma hacia abajo. Así, una y otra vez.  Te llamé, no sé si fue buena idea, pero te llamé para saber si estabas a salvo, y hasta que no escuché tu voz llamándome cargada de pánico, no respiré. Pero ese bicho se giró al escucharme, y su mirada me dejó paralizado. Eran los ojos. Esos ojos de pesadilla. Completamente blancos, surcados de venas negras, como si no hubiera rastro de humanidad en aquel ser. Emitió un gruñido ronco que surgió de lo profundo de su garganta y empezó a caminar hacia mí. Primero un par de pasos lentos, luego empezó a avanzar más rápidamente, cubriendo los pocos metros que le separaban de mi posición. Y sin embargo, yo no hice nada. Me quede allí quieto, congelado de puro terror. El hombre se apoyaba en la pared para avanzar, quizás para compensar el trozo de torso que le faltaba, y doy gracias a los cielos, porque eso fue lo que me salvó. Al arrastrarse sobre la pared, tiró uno de los cuadros de tu madre, y el sonido me espabiló. De repente me di cuenta de que lo tenía encima, y de que nada le iba a impedir atacarte a ti si no le detenía. Así que lo hice, le pegué con la llave inglesa con todas mis fuerzas. Primero en la cara, luego en el cuello, en el torso, quizás incluso en los brazos, no lo sé. Estaba descontrolado y golpeaba lleno de rabia, la rabia que había acumulado durante tantos días de estar encerrado sin hacer nada, sin poder ponerte a salvo.
Cuando la neblina roja que cubría mi mirada se disipó, me di cuenta de que me estabas abrazando. Yo estaba arrodillado sobre los restos de aquel tipo, casi irreconocible tras haberle propinado aquella tormenta de golpes con la llave inglesa, que aún estaba en mi mano. Tú me acunabas, susurrándome al oído que todo iba a salir bien, que estabas ahí para cuidar de mí y que nunca me ibas a dejar. Notaba tus lágrimas saladas mojando mi mejilla, y yo también empecé a llorar. No sé cuánto pasó, si fueron minutos u horas, no importaba. Creo que nos merecíamos esas lágrimas.

Ahora tú duermes, cariño, por puro agotamiento, mientras yo vigilo. En cuanto amanezca nos marcharemos de aquí. Esto ya no es seguro. Encontraré un lugar donde mantenerte a salvo, donde puedas descansar por las noches sin que las pesadillas te persigan, y donde esas criaturas no sean más que un mal recuerdo.

Porque te quiero, y no dejaré que nada te suceda.