Lágrimas en una Noche de Octubre
Las maletas llevaban preparadas una semana, quizás para asegurarse de que nada impidiera a Salvador coger ese autobús. El billete comprado. Un billete sólo de ida. Su madre ya había incluso empezado a mirar revistas de decoración para saber qué haría con su habitación, sin preguntarse siquiera cómo podría afectar al muchacho ver lo fácil que a ella le resultaba deshacerse de todo lo que recordaba a Salvador.
El verano había sido un infierno. Era el verano del despertar de las habilidades únicas del joven. De las pesadillas. De las lágrimas de su madre mientras seguía mirando a la puerta esperando a que él regresara. De las copas a las 10 de la mañana. De los reproches. De las comidas preparadas en el microondas. De repasar una y mil veces la web pública de la Fundación Costa. De despertarse en mitad de la noche con los gritos de su madre navegando en los vapores de la ginebra recordándole por qué no eran una familia feliz. De los incómodos mensajes de móvil explicando que ya no regresaría al instituto en Septiembre, que algo había pasado, que todo había cambiado.
Pero sobre todo, había sido el verano en el que la hizo llorar por primera vez. No a su madre, sino a ella. A Samantha. La joven que despertó en Salvador sus primeros sentimientos románticos, convirtiéndose en su musa secreta. La joven que le había ayudado a tener amigos en el instituto, a no sentarse a solas durante los recreos, a recorrer las empedradas calles de Toledo cantando a la luna trilladas canciones de Platero y Tú. Era una parte tan importante de su vida, que cuando le dijeron cuál sería su nuevo destino, en lo único que pensó era que no la volvería a ver. Amor, amistad, devoción, entrega. No sabía bien qué era lo que sentía por ella, pero sí tenía claro que no quería perderla. Y así se lo dijo.
Era principios de Septiembre y aún hacía calor. Sentados en las gradas de la pista de atletismo de la Escuela de Gimnasia, Salvador no encontraba el momento de soltar la bomba. Ella le conocía, por supuesto. Le conocía mejor que él mismo, así que sólo tuvo que mirarle a los ojos con su enigmática sonrisa y las palabras brotaron de sus labios sin que él pudiera controlarlas. Me voy, le dijo. Me voy y no creo que pueda volver nunca. Ella le miró, quizás esperando que él siguiera hablando, explicando el motivo de aquella noticia. Esperando que le dijera que se marcharía fuera a estudiar una carrera. Esperando que le dijera que seguirían viéndose los fines de semana. Esperando palabras que nunca salieron de sus labios. Le explicó lo que había pasado en casa de sus abuelos. Le enseñó lo que sabía hacer, lo que sentía en el asfalto, en el cemento, el ladrillo y el plástico. Le explicó que su madre había entrado en una espiral de autodestrucción por la marcha del cabeza de familia. Le explicó que debía ir a la Fundación a aprender sobre sus habilidades y sobre sí mismo. Pero que se quedaría allí. Le explicó que no tendría un hogar al que regresar.
La sonrisa inicial de Samantha se fue desdibujando lentamente a medida que Salvador destruía todo con cada palabra. Y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Hasta entonces él no lo había aprendido, pero ella era muy discreta para llorar. No se estremeció desencajada como una actriz de telenovela o se abrazó a él buscando consuelo. Sólo se quedó ahí, mirándole imperturbable mientras las lágrimas desbordaban y caían por sus mejillas, escuchando cómo Salvador le dejaba claro que en pocas semanas saldría de su vida, quizás para siempre. Y ella hizo lo que debía hacer, dedicarle la más cándida de sus sonrisas mientras aún manchaba su camiseta de lágrimas, dándole la enhorabuena, asegurando que él sí que tendría una vida feliz ahora que podía salir de aquel pueblo grande. Pero Salvador sabía que algo se había roto en su pecho. Samantha habría podido tener los amigos que quisiera, el chico que quisiera, pero había preferido tener a aquel chico tímido como mejor amigo, y ahora ese chico la abandonaba. No porque quisiera, pero la abandonaba. Y eso le hizo sentirse peor que saber que no la volvería a ver. El móvil sonó y ella se despidió con un abrazo, obligándole a prometer que quedarían antes de que se marchara. Haciéndole prometer que irían a ver aquella película al cine y a probar esa hamburguesa nueva. Haciéndole prometer un último paseo por las murallas bajo la luz de las estrellas.
Los días pasaron y se transformaron en semanas, y Salvador no encontraba el valor para volver a ver sus ojos. No hubo película, ni hamburguesa, ni paseo por las murallas. No hubo llamadas, y el teléfono de Salvador acumulaba decenas de mensajes sin leer. Un teléfono que ya apestaba a tristeza y soledad, y que provocaba náuseas al muchacho con sólo tenerlo en sus manos. Sentado en su cama, con las maletas en un rincón y el billete junto a la puerta, Salvador pasó su último día viendo cómo el sol se hundía en el horizonte manchego. Sin fiestas de despedida. Sin abrazos. Sólo una frase lapidaria de su madre asegurando que saber que mañana estaría lejos de allí será lo mejor que le ha pasado nunca. Una despedida acorde a un verano para olvidar.
Los grillos trinaban cuando Salvador salió del portal de su casa aquella noche. No podía dormir, pero aunque hubiera estado muerto de sueño, le habría resultado imposible hacerlo. En su mente sólo estaba la sonrisa bañada en lágrimas de Samantha. Y sabía que debía cambiar esa imagen antes de marcharse. Las calles estaban llenas de silencio, roto esporádicamente por las risas cómplices de parejas abrazadas y los coches que alumbraban la figura de un Salvador que recorría el camino hasta su casa por centésima vez. Ella vivía con sus padres en una antigua casa restaurada de gruesos muros y ventanas estrechas con una vista espectacular de la Escuela de Infantería. Tan parecida a un castillo que la imagen de una princesa atrapada en su torreón asomó en la mente de Salvador cuando la vio sentada en el alféizar mirando a la luna de Otoño. Has tardado, dijo ella, cuando salió por la puerta con su pijama de verano. Sabía que tardarías en venir pero has esperado hasta el último momento. Sabía que vendrías a buscarme y te has asegurado de exprimir hasta el último minuto antes de hacerlo. No es de caballeros hacer esperar tanto a una chica, le dijo, cruzándose de brazos con mal fingida molestia.
Lo siento, dijo él finalmente. Siento haber tardado tanto. Siento haber destruido lo que había entre nosotros. Siento haberme convertido en un monstruo. Sus palabras fueron interrumpidas por un abrazo sincero, uno que borró toda pena de su alma, uno que le hizo estremecer. Quizás el primer abrazo de verdad de toda su vida. No eres un monstruo. Eres mi amigo, mi mejor amigo. Y luego se quedó ahí, a poca distancia de su rostro, mirando a sus ojos azules iluminados por la luna, con una sonrisa triste que le pedía que no se fuera. Y él se perdió en los suyos, ignorando el calor y el cansancio, disfrutando del sonido de su respiración, del tacto de sus brazos alrededor de su cuello, del olor de su champú perfumando la noche. Y finalmente, ella se separó, limpiando con la manga sus lágrimas pero dedicándole la mejor de sus sonrisas para que él nunca la olvidara. Una sonrisa que se grabaría a fuego en su memoria y que plasmaría una y mil veces en barro y en papel. Una sonrisa que le recordaría que, al menos durante unos minutos, aquella noche de Octubre, no había Fundación, no había poderes, no había instituto ni despedida.
Aquella noche de Octubre sólo estaban ellos.
Un breve paseo por los largos corredores de esta biblioteca conseguirá que te pierdas y no quieras salir nunca más...
martes, 21 de julio de 2015
lunes, 20 de julio de 2015
Comunidad Umbría - Sueños del Escultor / Sesión 2 - ¿Qué pasó aquel día?
Sesión 2 - ¿Qué pasó aquel día?
Aquella vez la sesión fue trasladada a la playa. Aún hacía buen tiempo, y no se habían instalado las molestas corrientes de aire que causaban pequeños remolinos de arena. Ignacio había elegido aquel lugar porque Salvador no podría percibir apenas impresiones y además a él le permitía tener visibilidad de quién llegaba. Lo último que ambos necesitaban era rumores acerca de un alumno y un miembro del profesorado teniendo un encuentro secreto.
El muchacho fue puntual, como la primera vez. Pese a que hacía calor, llevaba una chaqueta de chándal y unos vaqueros, en contraste con la camiseta de manga corta que usaba el psicólogo. Éste había llevado únicamente una libreta y la carpeta de Salvador, además de una pequeña nevera portátil con algo de beber para matar la sed.
- Te agradezco la puntualidad. Los chicos de tu edad suelen ser bastante descuidados con estas cosas, pero tú has llegado justo a la hora – dijo, señalando su reloj de pulsera - ¿Te resulta más cómodo este sitio?
La habitual tensa posición corporal de Salvador se había suavizado, e Ignacio descubrió que venía inspirando profundamente, inhalando el aroma a agua de mar. Siendo del sur, él estaba acostumbrado a ese tipo de olores, y a menudo se olvidaba de lo que tenía que significar para un chico como él poder pasear por la playa, jugar con la arena o respirar el aroma del mar a diario.
- Sí, muchas gracias – respondió, con una forzada sonrisa, para luego sentarse en la tradicional manta de cuadros ante el gesto de Ignacio - ¿Seguro que esto está bien? ¿No le llamará la atención la Jefa de Estudios por venir con un alumno a la playa?
Era evidente que el muchacho se sentía algo incómodo por la situación, lo que no iba a ayudarle en absoluto a traspasar la coraza emocional que se había forjado desde que había llegado. Sin embargo, Ignacio comprendía su reticencia: la playa era uno de los pocos sitios no vigilados por Jeffrey, y era lo suficientemente adulto para saber de lo que eran capaces algunos adultos cuyas inclinaciones sexuales eran poco habituales.
- No te preocupes, cada una de mis sesiones está adecuadamente registradas por Jeffrey y tanto la Jefa de Estudios como el Director saben que hoy íbamos a estar aquí. Ten por seguro que si hubiera algún problema, no me habrían dejado montar todo esto – dijo, conciliador. Sabía que asegurar que Pánico estaba al tanto de todo aquello le iba a permitir tranquilizar a Salvador – Así que empecemos, si te parece bien.
"Lo que me interesaría saber, sobre todo, es el por qué de tu actitud. Entiendo que estás pasando por una época difícil. La adolescencia es brutal para cualquier chico, y además tú tienes unas habilidades únicas, lo que lo hace todo mucho más difícil. Pero me juego el pellejo a que esto viene de antes. Dime, ¿cómo fue descubrir lo que… bueno, que eres un escultor?"
El muchacho suspiró. Era algo que seguramente había repasado una y mil veces, quizás planteándose la posibilidad de que fuera algo pasajero y que podía regresar a su vida anterior. Cuando Ignacio le preguntó, dejó la mirada fija en el horizonte, justo donde el mar abrazaba al cielo con dedos de espuma.
- Cuando éramos pequeños – dijo, al fin – jugábamos a ser superhéroes. Daba igual de dónde fueran, porque todos teníamos nuestros favoritos. A mí me gustaban los de aquí, quizás por eso mismo, por ser españoles. Mi madre es funcionaria, así que he mamado desde pequeño lo que significa trabajar para el Estado. Me encantaba encarnar a Ladrillo, a Látigo, incluso al Alquimista, y hacer ruidos con la boca mientras jugaba en el Parque de las Tres Culturas con mis amigos. No nos planteábamos que algo así nos pudiera pasar a nosotros. No hasta que poco antes de cumplir doce años, mi amigo Fernando dejó de venir al colegio de repente. Al principio pensábamos que estaba enfermo. Luego, que lo habían trasladado de colegio. La verdad era que lo habían trasladado, sí, pero a una institución del Gobierno que formaba… bueno, como la Fundación, pero pública, usted ya me entiende.
Ignacio asintió. Una de las ventajas de trabajar en la Fundación era que disponía de acceso a según qué información que afectara a niños especiales como Salvador. El sitio en cuestión era la División M, una institución relativamente secreta que reclutaba a jóvenes que pueden resultar un peligro para la seguridad nacional, educándoles para aprender a controlar sus habilidades y, según las malas lenguas, convertirlos en agentes al servicio del Gobierno. Ignacio rechazaba ese tipo de prácticas. Esos jóvenes necesitaban ser educados y permitirles elegir su propio destino. Convertirles en armas era un grave error.
- Entonces fue cuando nos dimos cuentas que ese mundo no nos quedaba tan lejos. Que quizás un día nos despertaríamos y veríamos que éramos… bueno, especiales. Yo ya había aprendido en el instituto que las anomalías genéticas se transmitían de padres a hijos, y bueno, nadie de mi familia tiene poderes, somos bastante aburridos. Así que no tenía miedo de que a mí me pasara algo así. Era… feliz.
Salvador narraba su historia como si en realidad no fuera suya. Como si fuera el invisible titiritero que manejara los personajes tras el telón, observando cómo el público se deleita con sus desventuras. Sin embargo, esa forma de evadirse le estaba permitiendo exprimir su historia con ganas, contando cada pequeño detalle, permitiendo a Ignacio conocerle íntimamente.
- Fue hace dos años, en el verano, cuando tenía trece años. Mi padre se había vuelto a ir a uno de sus viajes de negocios, y mi madre aprovechó para que nos fuéramos al pueblo de mis abuelos unos días. Allí apenas tenía amigos, pero me hacía sentir bien, ¿sabes? Por aquel entonces no sabía por qué era, pero ya empezaba a percibir las impresiones de las cosas. Cuando íbamos al pueblo, allí había campo, bosque, montaña… no me dolía la cabeza, no tenía náuseas… Una noche, después de comerme un helado, me acosté con fiebre. Mi madre no le dio mayor importancia, pero mi abuela me puso unas compresas frías en la frente y me canturreó hasta que me quedé dormido. Tuve unas pesadillas horribles, en las que soñaba que me hundía en arenas movedizas, o que intentaba escapar de unos monstruos y la tierra me tragaba. Lo malo era que en realidad no estaba soñando. Cuando escuché los gritos de mi madre y mi abuela, me desperté y vi que toda la habitación estaba fundida, como si estuviera hecha de cera. Sólo se salvó el somier, que era de madera, de los antiguos. Tuvieron que llamar a los bomberos para sacarme de allí, mientras no dejaba de llorar. Mi madre también lloraba. Y mis abuelos me miraban como si no me reconocieran. Fue horrible.
Una lágrima se escapó y recorrió la mejilla, abriéndose camino por su mentón hasta caer en la arena. Sin embargo, Salvador no había cambiado la expresión. Era evidente que el recuerdo era muy doloroso, pero el joven había aprendido a dominar sus emociones hasta tal punto que podía estar sufriendo lo indecible por dentro y no manifestarlo. Ignacio le entregó un pañuelo y propinó un suave apretón en su hombro para confortarle.
- ¿Fue entonces cuando se enfrió la relación con tu madre? – preguntó finalmente. Había sido la madre quien había solicitado la estancia permanente de Salvador en la Fundación Costa, y dudaba que lo hubiera hecho si amara a su hijo.
- No, qué va. Mi madre me quería mucho. Incluso después de lo del primer día, me seguía tratando de la misma forma. Me compró incluso un ordenador portátil para que me entretuviera durante aquellos días en casa de mis abuelos. No sé, era como si quisiera compensarme con algo. Eso me hizo sentir bien. Era… bueno, soy un maldito mutante pero mi madre me sigue queriendo, ¿sabes? Allí apenas había cobertura, así que me padre no se enteró de lo que había pasado hasta que no llegó… y bueno, entró en shock. Cuando mi madre le contó lo que pasó, al principio no se lo creía, luego me miró a los ojos, quizás buscando algo ahí dentro, y salió de casa dando un portazo. Regresó a las pocas horas, ya de madrugada, y les oí discutir. A la mañana siguiente su coche ya no estaba, y mi madre me dijo que se había ido. Que era mi culpa. Me culpaba de todo. De que mi padre se hubiera marchado, de su discusión… Me decía que iba a ser imposible seguir con su estilo de vida sin el sueldo de mi padre, y que tendría yo que ponerme a trabajar. Luego se enteró de la Fundación y la beca… y bueno, el resto es historia. Fue como… - nuevas lágrimas salieron buscando la libertad – como si pese a que apenas le veía, mi padre fuera todo su mundo. Me juego el cuello a que cuando subí al autobús cogió el coche y se fue a buscarlo.
- Tuvo que ser duro – dijo. Era lo poco que podía decir. La crudeza de su historia era tal, que le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas – Pero, ¿te has parado a pensar que quizás no fue por tu culpa? ¿Qué quizás la relación de tus padres estaba ya deteriorada, y que esa discusión fue la gota que colmó el vaso? ¿Qué tu madre pagó contigo su frustración, y que ahora se siente tan culpable que prefiere no afrontar una conversación con su hijo, y lo encierra en este sitio para no verlo nunca más?
Salvador alzó la mirada, clavando en el psicólogo sus tristes ojos azules.
- Y dime, Ignacio. ¿Crees que eso me hace sentir mejor?
Aquella vez la sesión fue trasladada a la playa. Aún hacía buen tiempo, y no se habían instalado las molestas corrientes de aire que causaban pequeños remolinos de arena. Ignacio había elegido aquel lugar porque Salvador no podría percibir apenas impresiones y además a él le permitía tener visibilidad de quién llegaba. Lo último que ambos necesitaban era rumores acerca de un alumno y un miembro del profesorado teniendo un encuentro secreto.
El muchacho fue puntual, como la primera vez. Pese a que hacía calor, llevaba una chaqueta de chándal y unos vaqueros, en contraste con la camiseta de manga corta que usaba el psicólogo. Éste había llevado únicamente una libreta y la carpeta de Salvador, además de una pequeña nevera portátil con algo de beber para matar la sed.
- Te agradezco la puntualidad. Los chicos de tu edad suelen ser bastante descuidados con estas cosas, pero tú has llegado justo a la hora – dijo, señalando su reloj de pulsera - ¿Te resulta más cómodo este sitio?
La habitual tensa posición corporal de Salvador se había suavizado, e Ignacio descubrió que venía inspirando profundamente, inhalando el aroma a agua de mar. Siendo del sur, él estaba acostumbrado a ese tipo de olores, y a menudo se olvidaba de lo que tenía que significar para un chico como él poder pasear por la playa, jugar con la arena o respirar el aroma del mar a diario.
- Sí, muchas gracias – respondió, con una forzada sonrisa, para luego sentarse en la tradicional manta de cuadros ante el gesto de Ignacio - ¿Seguro que esto está bien? ¿No le llamará la atención la Jefa de Estudios por venir con un alumno a la playa?
Era evidente que el muchacho se sentía algo incómodo por la situación, lo que no iba a ayudarle en absoluto a traspasar la coraza emocional que se había forjado desde que había llegado. Sin embargo, Ignacio comprendía su reticencia: la playa era uno de los pocos sitios no vigilados por Jeffrey, y era lo suficientemente adulto para saber de lo que eran capaces algunos adultos cuyas inclinaciones sexuales eran poco habituales.
- No te preocupes, cada una de mis sesiones está adecuadamente registradas por Jeffrey y tanto la Jefa de Estudios como el Director saben que hoy íbamos a estar aquí. Ten por seguro que si hubiera algún problema, no me habrían dejado montar todo esto – dijo, conciliador. Sabía que asegurar que Pánico estaba al tanto de todo aquello le iba a permitir tranquilizar a Salvador – Así que empecemos, si te parece bien.
"Lo que me interesaría saber, sobre todo, es el por qué de tu actitud. Entiendo que estás pasando por una época difícil. La adolescencia es brutal para cualquier chico, y además tú tienes unas habilidades únicas, lo que lo hace todo mucho más difícil. Pero me juego el pellejo a que esto viene de antes. Dime, ¿cómo fue descubrir lo que… bueno, que eres un escultor?"
El muchacho suspiró. Era algo que seguramente había repasado una y mil veces, quizás planteándose la posibilidad de que fuera algo pasajero y que podía regresar a su vida anterior. Cuando Ignacio le preguntó, dejó la mirada fija en el horizonte, justo donde el mar abrazaba al cielo con dedos de espuma.
- Cuando éramos pequeños – dijo, al fin – jugábamos a ser superhéroes. Daba igual de dónde fueran, porque todos teníamos nuestros favoritos. A mí me gustaban los de aquí, quizás por eso mismo, por ser españoles. Mi madre es funcionaria, así que he mamado desde pequeño lo que significa trabajar para el Estado. Me encantaba encarnar a Ladrillo, a Látigo, incluso al Alquimista, y hacer ruidos con la boca mientras jugaba en el Parque de las Tres Culturas con mis amigos. No nos planteábamos que algo así nos pudiera pasar a nosotros. No hasta que poco antes de cumplir doce años, mi amigo Fernando dejó de venir al colegio de repente. Al principio pensábamos que estaba enfermo. Luego, que lo habían trasladado de colegio. La verdad era que lo habían trasladado, sí, pero a una institución del Gobierno que formaba… bueno, como la Fundación, pero pública, usted ya me entiende.
Ignacio asintió. Una de las ventajas de trabajar en la Fundación era que disponía de acceso a según qué información que afectara a niños especiales como Salvador. El sitio en cuestión era la División M, una institución relativamente secreta que reclutaba a jóvenes que pueden resultar un peligro para la seguridad nacional, educándoles para aprender a controlar sus habilidades y, según las malas lenguas, convertirlos en agentes al servicio del Gobierno. Ignacio rechazaba ese tipo de prácticas. Esos jóvenes necesitaban ser educados y permitirles elegir su propio destino. Convertirles en armas era un grave error.
- Entonces fue cuando nos dimos cuentas que ese mundo no nos quedaba tan lejos. Que quizás un día nos despertaríamos y veríamos que éramos… bueno, especiales. Yo ya había aprendido en el instituto que las anomalías genéticas se transmitían de padres a hijos, y bueno, nadie de mi familia tiene poderes, somos bastante aburridos. Así que no tenía miedo de que a mí me pasara algo así. Era… feliz.
Salvador narraba su historia como si en realidad no fuera suya. Como si fuera el invisible titiritero que manejara los personajes tras el telón, observando cómo el público se deleita con sus desventuras. Sin embargo, esa forma de evadirse le estaba permitiendo exprimir su historia con ganas, contando cada pequeño detalle, permitiendo a Ignacio conocerle íntimamente.
- Fue hace dos años, en el verano, cuando tenía trece años. Mi padre se había vuelto a ir a uno de sus viajes de negocios, y mi madre aprovechó para que nos fuéramos al pueblo de mis abuelos unos días. Allí apenas tenía amigos, pero me hacía sentir bien, ¿sabes? Por aquel entonces no sabía por qué era, pero ya empezaba a percibir las impresiones de las cosas. Cuando íbamos al pueblo, allí había campo, bosque, montaña… no me dolía la cabeza, no tenía náuseas… Una noche, después de comerme un helado, me acosté con fiebre. Mi madre no le dio mayor importancia, pero mi abuela me puso unas compresas frías en la frente y me canturreó hasta que me quedé dormido. Tuve unas pesadillas horribles, en las que soñaba que me hundía en arenas movedizas, o que intentaba escapar de unos monstruos y la tierra me tragaba. Lo malo era que en realidad no estaba soñando. Cuando escuché los gritos de mi madre y mi abuela, me desperté y vi que toda la habitación estaba fundida, como si estuviera hecha de cera. Sólo se salvó el somier, que era de madera, de los antiguos. Tuvieron que llamar a los bomberos para sacarme de allí, mientras no dejaba de llorar. Mi madre también lloraba. Y mis abuelos me miraban como si no me reconocieran. Fue horrible.
Una lágrima se escapó y recorrió la mejilla, abriéndose camino por su mentón hasta caer en la arena. Sin embargo, Salvador no había cambiado la expresión. Era evidente que el recuerdo era muy doloroso, pero el joven había aprendido a dominar sus emociones hasta tal punto que podía estar sufriendo lo indecible por dentro y no manifestarlo. Ignacio le entregó un pañuelo y propinó un suave apretón en su hombro para confortarle.
- ¿Fue entonces cuando se enfrió la relación con tu madre? – preguntó finalmente. Había sido la madre quien había solicitado la estancia permanente de Salvador en la Fundación Costa, y dudaba que lo hubiera hecho si amara a su hijo.
- No, qué va. Mi madre me quería mucho. Incluso después de lo del primer día, me seguía tratando de la misma forma. Me compró incluso un ordenador portátil para que me entretuviera durante aquellos días en casa de mis abuelos. No sé, era como si quisiera compensarme con algo. Eso me hizo sentir bien. Era… bueno, soy un maldito mutante pero mi madre me sigue queriendo, ¿sabes? Allí apenas había cobertura, así que me padre no se enteró de lo que había pasado hasta que no llegó… y bueno, entró en shock. Cuando mi madre le contó lo que pasó, al principio no se lo creía, luego me miró a los ojos, quizás buscando algo ahí dentro, y salió de casa dando un portazo. Regresó a las pocas horas, ya de madrugada, y les oí discutir. A la mañana siguiente su coche ya no estaba, y mi madre me dijo que se había ido. Que era mi culpa. Me culpaba de todo. De que mi padre se hubiera marchado, de su discusión… Me decía que iba a ser imposible seguir con su estilo de vida sin el sueldo de mi padre, y que tendría yo que ponerme a trabajar. Luego se enteró de la Fundación y la beca… y bueno, el resto es historia. Fue como… - nuevas lágrimas salieron buscando la libertad – como si pese a que apenas le veía, mi padre fuera todo su mundo. Me juego el cuello a que cuando subí al autobús cogió el coche y se fue a buscarlo.
- Tuvo que ser duro – dijo. Era lo poco que podía decir. La crudeza de su historia era tal, que le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas – Pero, ¿te has parado a pensar que quizás no fue por tu culpa? ¿Qué quizás la relación de tus padres estaba ya deteriorada, y que esa discusión fue la gota que colmó el vaso? ¿Qué tu madre pagó contigo su frustración, y que ahora se siente tan culpable que prefiere no afrontar una conversación con su hijo, y lo encierra en este sitio para no verlo nunca más?
Salvador alzó la mirada, clavando en el psicólogo sus tristes ojos azules.
- Y dime, Ignacio. ¿Crees que eso me hace sentir mejor?
sábado, 18 de julio de 2015
Comunidad Umbría - Sueños del Escultor / Sesión 1 - Toma de Contacto
Estoy inmerso en una partida en la que encarnamos a jóvenes españoles con habilidades especiales que han sido admitidos en una Fundación para educarles y ayudarles a comprender lo que les pasa. Un estilo a la Academia Xavier, pero en España. He decidido interpretar a Salvador, un joven toledano tímido y con graves problemas de autoestima y un poder muy particular. El director, además, nos propuso narrar entrevistas con el psicólogo del colegio y otras vivencias personales de forma que juntos, jugador y director, comprendamos más íntimamente a nuestros personajes.
Sesión 1 - Toma de Contacto
Los nudillos apenas si rozaron la puerta, como si temieran destrozarla con una fuerza sobrehumana. Sin embargo, Ignacio sabía de sobra que la persona al otro lado no disponía de tales habilidades. Al menos, que la Fundación y él mismo supieran.
- Adelante, Salvador - dijo, cordial a la par que educado. Había tomado por costumbre tratar primero a los alumnos con formalidad, y poco a poco ir convirtiendo su relación en una amistad, de forma que aquellos jóvenes fueran conscientes del cambio de actitud en el psicólogo y lo asumieran como un logro personal. Era una pequeña trampa que hasta ahora le había dado muy buenos resultados.
Salvador Salazar, mutante genético, natural de Toledo. Según las investigaciones de la Fundación, la línea genética con alteraciones en el ADN no venía de la madre, así que debía ser del padre, sin embargo éste se encontraba en paradero desconocido. Además, la sola mención de su nombre completo en alguna de las bases de datos dio como resultado un formidable muro burocrático que en la Dirección consideraron tratar con suma cautela. Si el Gobierno se tomaba tantas molestias en esconder a alguien, era porque no quería que fuera encontrado. ¿Qué clase de hombre sería?
- Espero no molestar - dijo el muchacho, recordándole con su tímida voz que estaba allí por algo. Ignacio tenía en la agenda una sesión preliminar de toma de contacto con todos los nuevos alumnos, y Salvador no era una excepción. Sin embargo, se había mostrado reacio, como si temiera quedarse a solas con el psicólogo, o quizás considerando que no tenía nada que revelar. Apostó su almuerzo de aquella mañana a que era lo segundo.
- En absoluto, siéntate por favor. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un refresco? ¿Algo de picar? - suave, con delicadeza, como si te acercaras a un cachorro abandonado en mitad de la calle - Dime, Salvador, ¿qué tal están resultando tus primeros días en la Fundación? ¿Te ha costado acostumbrarte?
No miraba a los ojos. El muchacho tenía un grave problema de seguridad, fruto probablemente de un maltrato psicológico continuado en su hogar. Quizás también físico, por lo que apreciaba en su cuerpo delgado y pálido, así como por las ojeras que demacraban su rostro.
- Está... bien. Los profesores... esto... - dijo, tras rechazar con un amable gesto mi ofrecimiento - Cuesta hacerse a la idea de que un alienígena te enseñe matemáticas. Quiero decir... veo las noticias, sé lo que pasa en los Estados Unidos, pero... bueno, esto es España. Aquí casi nunca pasa nada. En casa yo era el raro... y aquí...
Una mirada rápida, quizás para saber si Ignacio le estaba mirando a los ojos, y ambos se cruzaron. Salvador tenía unos fríos ojos azul hielo, cargados de tristeza. ¿Qué le había pasado para ser así? No era el habitual sentimiento de rechazo y abandono que tenían muchos de los recién llegados: adolescentes sobrehormonados, cargados con una herencia genética que los hacía únicos, lejos de su familia y amigos. Eso se curaba con tiempo. Pero Salvador... requería algo más. Reconocimiento.
- Te entiendo. ¿Qué me vas a decir a mí? Soy de los pocos humanos en la Fundación, aquí, personas como el Director Sacristán y yo somos los raros - ganarse su confianza, mostrarle que hay otras historias aparte de la suya, distraer su atención del verdadero problema. Ignacio miró sus apuntes - Pero seguro que no has tenido problemas para hacer amigos. ¿Qué tal con tus compañeros de habitación... Héctor y Yapci? ¿Son majos?
Nuevamente Salvador agachó la cabeza. Sentimiento de culpa, algo de lo que Ignacio había dicho le había provocado malestar. ¿El Director? ¿Hacer amigos? Volvió a consultar sus apuntes, y entonces cayó en la cuenta de una nota resaltada en un amarillo brillante. - Apenas has pasado por allí, ¿verdad? - dijo, con una sonrisa - Es por ese efecto secundario de tu poder, por las, ¿cómo las llamas?
- Impresiones - respondió, mirando a la pared, como si pudiera leer un siglo de historias allí grabadas - Residuos psíquicos de emociones intensas que se adhieren a las paredes, al suelo, al mobiliario... Las siento como propias. Por eso apenas paso por mi habitación. He visto a Yapci... o a Héctor, no sé quién es quién, apenas dos veces. Incluso ahora siento náuseas...
Interesante planteamiento. En la circular interna del departamento había un comentario del personal de mantenimiento de que habían visto a uno de los alumnos nuevos rondar por el bosque de noche, pero pensaban que eran chiquilladas. Así que era eso. Salvador prefería los lugares vivos para evitar sentir esas impresiones.
- Entonces hemos empezado con mal pie. Hagamos una cosa, la próxima sesión la haremos en la playa, ¿te parece bien? - le dijo, extendiendo la mano para estrechársela - Quiero que te sientas lo más cómodo posible.
Sesión 1 - Toma de Contacto
Los nudillos apenas si rozaron la puerta, como si temieran destrozarla con una fuerza sobrehumana. Sin embargo, Ignacio sabía de sobra que la persona al otro lado no disponía de tales habilidades. Al menos, que la Fundación y él mismo supieran.
- Adelante, Salvador - dijo, cordial a la par que educado. Había tomado por costumbre tratar primero a los alumnos con formalidad, y poco a poco ir convirtiendo su relación en una amistad, de forma que aquellos jóvenes fueran conscientes del cambio de actitud en el psicólogo y lo asumieran como un logro personal. Era una pequeña trampa que hasta ahora le había dado muy buenos resultados.
Salvador Salazar, mutante genético, natural de Toledo. Según las investigaciones de la Fundación, la línea genética con alteraciones en el ADN no venía de la madre, así que debía ser del padre, sin embargo éste se encontraba en paradero desconocido. Además, la sola mención de su nombre completo en alguna de las bases de datos dio como resultado un formidable muro burocrático que en la Dirección consideraron tratar con suma cautela. Si el Gobierno se tomaba tantas molestias en esconder a alguien, era porque no quería que fuera encontrado. ¿Qué clase de hombre sería?
- Espero no molestar - dijo el muchacho, recordándole con su tímida voz que estaba allí por algo. Ignacio tenía en la agenda una sesión preliminar de toma de contacto con todos los nuevos alumnos, y Salvador no era una excepción. Sin embargo, se había mostrado reacio, como si temiera quedarse a solas con el psicólogo, o quizás considerando que no tenía nada que revelar. Apostó su almuerzo de aquella mañana a que era lo segundo.
- En absoluto, siéntate por favor. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un refresco? ¿Algo de picar? - suave, con delicadeza, como si te acercaras a un cachorro abandonado en mitad de la calle - Dime, Salvador, ¿qué tal están resultando tus primeros días en la Fundación? ¿Te ha costado acostumbrarte?
No miraba a los ojos. El muchacho tenía un grave problema de seguridad, fruto probablemente de un maltrato psicológico continuado en su hogar. Quizás también físico, por lo que apreciaba en su cuerpo delgado y pálido, así como por las ojeras que demacraban su rostro.
- Está... bien. Los profesores... esto... - dijo, tras rechazar con un amable gesto mi ofrecimiento - Cuesta hacerse a la idea de que un alienígena te enseñe matemáticas. Quiero decir... veo las noticias, sé lo que pasa en los Estados Unidos, pero... bueno, esto es España. Aquí casi nunca pasa nada. En casa yo era el raro... y aquí...
Una mirada rápida, quizás para saber si Ignacio le estaba mirando a los ojos, y ambos se cruzaron. Salvador tenía unos fríos ojos azul hielo, cargados de tristeza. ¿Qué le había pasado para ser así? No era el habitual sentimiento de rechazo y abandono que tenían muchos de los recién llegados: adolescentes sobrehormonados, cargados con una herencia genética que los hacía únicos, lejos de su familia y amigos. Eso se curaba con tiempo. Pero Salvador... requería algo más. Reconocimiento.
- Te entiendo. ¿Qué me vas a decir a mí? Soy de los pocos humanos en la Fundación, aquí, personas como el Director Sacristán y yo somos los raros - ganarse su confianza, mostrarle que hay otras historias aparte de la suya, distraer su atención del verdadero problema. Ignacio miró sus apuntes - Pero seguro que no has tenido problemas para hacer amigos. ¿Qué tal con tus compañeros de habitación... Héctor y Yapci? ¿Son majos?
Nuevamente Salvador agachó la cabeza. Sentimiento de culpa, algo de lo que Ignacio había dicho le había provocado malestar. ¿El Director? ¿Hacer amigos? Volvió a consultar sus apuntes, y entonces cayó en la cuenta de una nota resaltada en un amarillo brillante. - Apenas has pasado por allí, ¿verdad? - dijo, con una sonrisa - Es por ese efecto secundario de tu poder, por las, ¿cómo las llamas?
- Impresiones - respondió, mirando a la pared, como si pudiera leer un siglo de historias allí grabadas - Residuos psíquicos de emociones intensas que se adhieren a las paredes, al suelo, al mobiliario... Las siento como propias. Por eso apenas paso por mi habitación. He visto a Yapci... o a Héctor, no sé quién es quién, apenas dos veces. Incluso ahora siento náuseas...
Interesante planteamiento. En la circular interna del departamento había un comentario del personal de mantenimiento de que habían visto a uno de los alumnos nuevos rondar por el bosque de noche, pero pensaban que eran chiquilladas. Así que era eso. Salvador prefería los lugares vivos para evitar sentir esas impresiones.
- Entonces hemos empezado con mal pie. Hagamos una cosa, la próxima sesión la haremos en la playa, ¿te parece bien? - le dijo, extendiendo la mano para estrechársela - Quiero que te sientas lo más cómodo posible.
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lunes, 8 de diciembre de 2014
Comunidad Umbría - Un Paseo por la Catedral de la Noche
Estas líneas a modo de prólogo sirven de base para un personaje con el que estoy jugando ahora mismo. No puedo dar muchos más detalles, ya que precisamente la gracia del mismo reside en que nadie sabe lo que es realmente, pero espero que os guste.
Las dos figuras paseaban una junto a la otra por el claustro de la tenebrosa catedral que coronaba la montaña. Había sido erigida en honor de antiguos dioses ya desconocidos, y hasta que su nuevo señor se instaló allí, estuvo abandonada durante siglos. Grotescas criaturas aladas sobrevolaban la zona, esperando encontrar una víctima desprevenida en la que clavar sus garras y dientes, pero sin embargo no se atrevían a rondar al señor de la catedral ni a sus siervos. Tal era su poder. Tal era su maldad.
- ¿Qué sabes de mí, Milosh? – dijo la mayor de las dos figuras. Era un ser impresionante, de más de tres metros de altura y enfundada en una armadura negra como la noche. Una espada de filo carmesí golpeaba su cadera a cada paso, y el cráneo rematado en dos grandes cuernos retorcidos fortalecía su imagen tenebrosa. Sus ojos, dos pozos profundos moteados de amarillo, miraban al frente, y su boca llena de colmillos afilados se curvaba en una eterna mueca semejante a una sonrisa. Astheon, Señor de la Guerra de los Reinos Infernales de Gushtan y Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche, disfrutaba del temblor nervioso del frágil demonio que caminaba su lado, visiblemente atemorizado por la cercanía de su señor.
- Sé que sois el más poderoso de los demonios del Infierno, mi señor, y que es un honor para mí serviros como palafrenero. Sé que sois señor de estas tierras desde el principio de los tiempos, y que vuestros enemigos tiemblan con sólo nombraros – Milosh no era sabio, ni audaz ni poderoso, pero intuía que lo que su amo buscaba era una ración de adoración pura. Agachó la cabeza y esperó que sus palabras contentaran al Sumo Sacerdote.
Un lúgubre silencio, roto únicamente por el golpeteo de la espada sin vaina de Astheon contra su pierna, se instaló entre ellos. Su señor no había dado señas de estar complacido o descontento, pues la escalofriante sonrisa de su rostro nunca permitía conocer sus verdaderos pensamientos. Finalmente, cuando pasaron por segunda vez ante una estatua en honor a un dios sin nombre, el demonio astado habló.
- Yo antes servía a otro señor, Milosh – dijo, mirándole de forma feroz. En sus ojos se adivinaba una advertencia – y borra esa expresión de sorpresa de tu rostro, sé perfectamente que lo sabías. Tu trabajo en la biblioteca te ha dado acceso a información que creía olvidada, y es por esto que mantenemos esta conversación.
Lentamente, el pequeño demonio comprendió por qué su señor le había mandado llamar. No era un honor, sólo estaba averiguando los límites de lo que había aprendido. Sólo si caminaba con pies de plomo sobreviviría a aquel paseo por el claustro.
- Su nombre poco importa ya, pues hace tiempo que huyó lejos de mis garras como una rata cobarde, pero cuando gobernaba estos reinos era el ser más temible y poderoso que hayas conocido jamás. Se medía de igual a igual en astucia con los Grandes Señores de más allá de las Colinas de la Sangre, y su crueldad sólo era comparable al poder que enarbolaba a su antojo. Con sólo un gesto de su mano podía hacer reventar la cabeza a un ogro dragón, y sus libidinosas palabras eran capaces de convencer ejércitos enteros para luchar a su favor. Nadie sabe de dónde apareció, sólo era un tipo desconocido que venía de ninguna parte y por el que nadie apostaría nada. Sin embargo, en apenas uno año estaba ahí abajo, a la cabeza de un ejército mixto de mutantes, bestias y demonios, arengándolos para prepararse para derrocar al señor de Millaverkun.
Godormoys, señor de Millaverkun, era un mito en aquellas tierras. Violento, cruel y sanguinario, y con un prestigio tal que nadie se atrevía a plantarle cara. Que hubiera alguien capaz de reunir un ejército para atacarle era impensable. Milosh miró de reojo a su señor, sorprendido por la reverencia con que el Señor de la Guerra hablaba del antiguo Rey de Gushtan. Si no supiera lo que pasó en realidad entre ellos, habría jurado que Astheon lo adoraba como a un dios, y que habría arriesgado su propia vida por él. No obstante, había tenido la osadía de leer textos prohibidos. Y esa osadía le había llevado a esa situación.
- Sabía que cuanto más ascendía en poder, más enemigos se granjeaba. No obstante, no era como esos estúpidos que suben la escala de la gloria sin percatarse de a quién están pisando. Se aseguraba de repartir el botín entre sus más poderosos lugartenientes para mantener su lealtad, y doblegaba a aquellos rivales que podrían ofrecer una férrea resistencia que ocasionara demasiadas bajas en su ejército, ya fuera con la magia o con el acero. Pronto sus formas fueron imitadas a lo largo y ancho de las Llanuras Infinitas, pero nadie se movía como él. Llegó incluso a diseñar un plan maestro que le concediera el control de toda la Península Roja. Lo sé porque yo era su Capitán más leal y me confió sus inquietudes.
La traición era una práctica tan habitual en los Infiernos que Milosh ni siquiera se inmutó al saber que fue su señor quien traicionó al antiguo Rey. Al fin y al cabo, derrocar a otro señor a través de la fuerza bruta era la manera tradicional de ascender en prestigio. Lo que no alcanzó a comprender el palafrenero era cómo alguien tan astuto no supo ver que su amigo más leal conspiraba contra él.
- No se sorprendió cuando entré en sus aposentos con mi Guardia Privada – dijo Astheon, adivinando los pensamientos de su siervo – y ni siquiera se defendió, cuando podría haber acabado con muchos de mis guerreros. Sólo se quedó ahí, sonriendo tristemente, mientras permanecía en absoluto silencio. Al principio disfruté con la idea de saber que había sido más listo que él, y que sólo el miedo era la razón de su reacción. Le encerré en los calabozos a la espera de que regresaran las tropas que se encontraran en misiones de reconocimiento, y me relajé sentado en el trono disfrutando del poder recién adquirido. Aquel año fue cuando llegaron por primera vez las Tenebrostas.
Las Tenebrostas, una raza de insectos inteligentes del tamaño de un puño y que se trasladaban en enjambres voladres de millones de individuos, habían sido uno de los grandes hitos en la historia de los Reinos. Nadie sabía de dónde venían, pero era uno de los peores enemigos a los que nadie se había enfrentado jamás. Cuando llegaban a algún lugar que consideraban adecuado, consumían todos los recursos existentes, y quien tuviera la desgracia de cruzarse en su camino era consumido en segundos en un frenesí de pinzas y picos serrados. Miles de guerreros del reino de Gushtan morían cada día intentando expulsarlos, pero era imposible.
- La moral del ejército estaba por los suelos, y que el resto de guerreros regresara de sus misiones para encontrarse a sus compañeros diezmados sólo empeoró la situación. Estaban confusos, a falta de alguien que les dirigiera hacia un objetivo claro, y yo sabía quién era capaz de hacer eso. – dijo, deteniéndose frente a una de los ventanales del claustro. Desde allí podían verse los extensos páramos que rodeaban la montaña, iluminados por relámpagos de color verdoso que rasgaban el cielo. Era una vista espectacular si sabías apreciar la particular belleza del paisaje – Pensando que mi victoria sobre él era total, descendí a los calabozos para exigirle que usara su artes con las tropas para expulsar a las Tenebrostas. Sin embargo, no sé cómo, ¡ese maldito había conseguido escapar!
El Señor de la Guerra golpeó la pared con tanta fuerza que hundió el puño en la dura piedra. Normalmente Astheon se mostraba impasible, frío como el acero. Sin embargo, el recuerdo de aquel suceso parecía haberle sacado de sus casillas.
- Hace muchísimo tiempo que no sucede. Es un hecho tan raro e infrecuente que muchos de vosotros, pequeños insectos, no llegáis a presenciar uno en vuestra vida. Pero hay ocasiones en que se abren portales entre nuestro mundo y el que hay más allá. Y la idea me come por dentro, Milosh. ¿Crees que es posible que ese malnacido supiera que uno de esos portales se abriría y traería a las Tenebrostas? ¿Qué consumiría a la mayor parte de nuestras tropas, sembrando el caos y minando su poder y su prestigio, y que fue por eso que no ofreció resistencia cuando le traicioné? ¿Qué aprovechó ese mismo portal para escapar de aquí, dejándome con este pozo infecto en el que ahora reino, una mera sombra de la gloria que antaño tenía Gushtan?
Milosh temblaba de miedo viendo cómo su señor se enfurecía más y más a cada segundo que pasaba. No se atrevía a moverse de su lado por temor a represalias, pero también sabía que no volvería a vivir un día más. La impresionante mole que era Astheon parecía haberse hecho más grande y poderosa, inmovilizando al pequeño demonio de puro terror.
- Porque sé que no está en los Infiernos. – parecía que el Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche hablara consigo mismo – Cuando las Tenebrostas se marcharon de aquí, envié guerreros a cada rincón de este mundo buscándole, pero nadie le ha visto en siglos. Tiene que estar en esa otra dimensión, y juro por mi sangre que cuando uno de esos portales vuelva a abrirse, lo cruzaré… lo buscaré… y le haré pagar por jugar conmigo.
Esa promesa pareció calmarle, puesto que empezó a respirar con mayor lentitud y la agresiva pose que había adoptado se tornó más relajada. El fulgor ambarino de sus ojos se apagó, y Milosh supo que lo peor había pasado.
No supo lo equivocado que estaba hasta que el filo carmesí del Señor de la Guerra asomó a través de su pecho.
- Gracias por escucharme, Milosh. El recuerdo de ese malnacido ha regresado a mi mente cuando descubrí que estabas merodeando por la biblioteca, y tenía que compartir aquellos días con alguien. Necesitaba reavivar la llama para no olvidar mi principal objetivo. Pero no puedo permitir que nadie sepa esta historia, me dejaría en muy mala posición de cara a los Grandes Señores. Lo entiendes, ¿verdad?
Milosh no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando respirar con ese enorme agujero en su pecho. Un gorgoteo se escapó de sus labios, pero el Señor de la Guerra no le interesaba lo que tenía que decir. Con un suave empujón, el palafrenero se precipitó hacia el vacío mientras Astheon regresaba a sus aposentos, sin ver cómo las bestias carroñeras se abalanzaban sobre el cuerpo sin vida de un pequeño demonio que había tenido la osadía de querer saber demasiado.
viernes, 17 de mayo de 2013
Comunidad Umbría - Oppenheimer
Una breve historia inspirada en el Mechanicum del universo de Warhammer 40k. ¡Espero que os guste!
Un chirrido de código binario despertó al anciano, que se
había quedado dormido sin darse cuenta sobre la mesa. Lo primero que vieron sus
ojos fue el rostro sin facciones de su ayudante artificial. Los sensores que le
permitían ver y escuchar parpadeaban con un llamativo color naranja, indicativo
de que había una alarma a la que su amo tenía que prestar atención.
- ¿Qué hora es? - dijo,
desperezándose. Inmediatamente, en la superficie transparente que recubría su
ojo artificial apareció una secuencia de números en código hexadecimal - ¿Tan
tarde? Maldita sea, te tengo dicho que no me dejes dormir tanto…
Se levantó con lentitud, mientras el servidor ayudante
continuaba informando de las tareas pendientes en un irritante binario. Una de
las modificaciones sinápticas que tenía instaladas su creador en el córtex
cerebral le permitía comprender la transmisión de datos del androide.
- Retrasa dos coma cinco horas las pruebas de resistencia
del proyecto Gamma-Cinco – dijo, mientras se retiraba una sustancia blancuzca
de la comisura de los labios y se dirigía con pasos lentos al laboratorio
principal. Durante el trayecto, se cruzó con algunos jóvenes ayudantes,
modificados en mayor o menor grado, que le dedicaban fingidos saludos de
respeto. Aunque era una auténtica eminencia en física dentro de la Fortaleza,
sabía que era objeto de burlas por su avanzada edad – Y programa una
intervención para las dieciséis coma dos horas para un ajuste del temporizador
interno. No quiero volver a quedarme dormido, ¿qué hubiera pasado si alguno de
los Supervisores me hubiera hecho llamar?
Cuando era joven, había sido nombrado una de las grandes
promesas de la Fortaleza. Carente de cualquier tipo de alteración en su ADN que
podría haber llamado la atención de los genetistas del Estado, fue educado para
convertirse en un ciudadano de provecho de la sociedad. Sin embargo, desde
temprana edad sus intereses fueron dirigidos hacia la Mecánica Ondulatoria.
Siglos después desde la aparición de los primeros grandes estudiosos de la
Física, aún había preguntas sobre el Universo que no tenían respuesta, y él se
prometió a sí mismo que hallaría esas respuestas.
Sin embargo, había un gravísimo problema al que no podía
encontrar solución: el paso del tiempo. Por mucho que se esforzara en
desentrañar las grandes incógnitas del Universo, por muchos tratamientos
médicos que eliminaran las toxinas y excedentes de su cuerpo, tarde o temprano
se convertiría en polvo y huesos. Pronto se dio cuenta de que aunque su mente
fuera mucho más brillante que la que sus colegas del laboratorio, cada año
había más y más jóvenes con grandes ideas que le eclipsarían tarde o temprano.
Los implantes artificiales sólo solucionaron sus problemas
en parte. Si bien el cristalino sintético de su ojo derecho le permitía obtener
información automáticamente de la red inalámbrica sin necesidad de moverse de
su escritorio, o la ampliación estándar de memoria le había facilitado la
adquisición de información, sus movimientos eran lentos. Cada vez le costaba
más realizar el camino que separaba su residencia particular de los
laboratorios, y a menudo se daba cuenta de que no sabía qué estaba haciendo
hacía dos minutos.
Así que acumuló cada crédito de su sueldo para poder
costearse uno de los más caros y revolucionarios tratamientos que la tecnología
U.S.I. podía ofrecer: una implantación completa de un esqueleto artificial. Su
mente podría seguir funcionando como antes, y ahora iría montada en un carruaje
de última tecnología.
- Hay un mensaje que aún no me has transmitido – dijo, mientras
observaba con deleite el arrugado panfleto que siempre llevaba encima, en el
que podía leerse la información relativa a una implantación artificial completa
– Suéltalo, no te hagas el remolón. No creo que sea tan malo.
El ayudante tenía algunos comportamientos casi humanos, y el
anciano había llegado a cogerle especial cariño. Aunque no fuera más que una
inteligencia artificial básica que se encargaba de coordinar su agenda,
responder sus mensajes y ayudarle con el papeleo, le trataba con mucha más
consideración que mucha gente. Y en ese momento parecía reticente a leer el
último mensaje de la bandeja de entrada.
- Vamos, montón de chatarra – dijo, bromeando – Transmite.
Tras lo que pudo interpretarse como un gesto de resignación,
el ayudante empezó a transmitir el código binario. La sonrisa dibujada en el
rostro del científico desapareció inmediatamente en cuanto los receptores del
implante cerebral tradujeron el código. Su labio inferior empezó a temblar, y
una lágrima asomó tímidamente antes de caer por su mejilla surcada de arrugas.
Todas las intervenciones con la tecnología U.S.I. pasaban
por un Comité. Ese Comité se encargaba de estudiar cada caso, debatiendo si el
sujeto era apto para la intervención, si era un gasto adecuado para la
institución y qué escala de riesgos eran asumibles. En el caso de la intervención
para la que el anciano científico había estado ahorrando toda su vida, la
respuesta fue clara: debido a su avanzada edad, el Comité consideraba que los
riesgos eran demasiado elevados, y que lamentándolo mucho denegaban la
intervención. Adiós, y muchas gracias.
Adiós y muchas gracias. Con esa insípida frase se despedían
de él, y le quitaban de un plumazo todos los sueños y grandes planes que tenía.
En ningún momento se había planteado que fueran a denegarle la intervención,
¿por qué? Conocía perfectamente casos de personas mucho mayores que habían sido
admitidos en otros tratamientos similares, y a menudo el dinero deslizado en el
bolsillo adecuado agilizaba incluso casos mucho más graves. Entonces, ¿qué
había sucedido? ¿Era prescindible ya? ¿Se había acabado su tiempo?
Los días siguientes no salió de su dormitorio. Su ayudante
había considerado adecuado comunicar a los Supervisores que su amo no se
encontraba en buen estado de salud, y que pasaría algunos días en cama. Nadie
se preocupó por confirmarlo. En realidad, el anciano había abandonado todas las
ganas de seguir viviendo y se había tumbado mirando al techo esperando a que su
corazón dejara de latir. ¿De qué servía seguir esforzándose, si apenas le
quedaban unos pocos años de vida?
La respuesta llegó una semana después. El reloj de su retina
indicaba que quedaba apenas una hora para el amanecer, aunque los primeros
rayos de sol ya se filtraban por las cubiertas superiores. Un suave golpeteo proveniente
de la puerta principal resonó por toda la casa, y el ayudante, que normalmente
estaba tranquilo, se mostró muy alarmado. Los sensores de su amago de cráneo
parpadeaban en rojo, indicando que había una situación de extrema peligrosidad.
¿Qué importaba siquiera? El anciano cerró los ojos nuevamente, pensando que
probablemente sería algún comunicado de sus Supervisores, indicándole que había
sido despedido. Ya no le importaba nada.
Dos segundos después, un desagradable olor llegó hasta sus
fosas nasales procedente de la puerta de entrada. El ayudante empezó a emitir
un chorro de código binario de emergencia, pero el anciano no le dio
importancia, aunque sí que le llamó la atención el repugnante olor. Parecía el
del metal oxidado, aunque era imposible que algo así sucediera en la Fortaleza,
donde las instalaciones se revisaban periódicamente para evitar problemas
estructurales. Al extraño olor le siguió un sonido burbujeante, y finalmente,
el familiar sonido de la puerta de la entrada abriéndose.
- ¿Hay alguien ahí?- preguntó, incorporándose con
dificultad. Su espalda estaba llena de pequeñas heridas provocadas por estar
tumbado sin moverse durante horas, y el colchón estaba salpicado de manchas de
sangre reseca – Si has venido a robar, te has equivocado de sitio, muchacho.
Intentó contactar con los sistemas de emergencia, pero
descubrió que no podía. Era como si la red estuviera deshabilitado. Estaba
confundido, era la primera vez que sucedía algo así. Con un gesto de su mano
indicó al ayudante cibernético que cerrara la puerta, y la criatura se lanzó a
cerrarla inmediatamente. No disponía de armas en la casa, y se maldijo por ser
tan descuidado. Aunque vivían en una sociedad perfecta, no estaba de más ser un
poco más precavido.
El sonido de unos pasos acercándose se hizo cada vez más
fuerte, hasta que se detuvieron ante la puerta del dormitorio. Al contrario que
la de la entrada, ésta era de plástico reforzado, un modelo que imitaba a la
madera, así que el anciano calculó que no tardarían más que unos segundos en
abrirla. Sin embargo, en vez de forzarla, se escuchó una voz al otro lado.
- ¿Señor Andersen, señor? – la voz tenía un ligero acento
británico, aunque quedaba casi eclipsada por la reverberación que provocaba el
sintetizador de voz que había sustituido sus cuerdas vocales – Hemos venido a
hablar con usted, por favor. ¿Le importaría abrir la puerta?
No venían a robarle o matarle. Si fuera así, no habrían
tenido tantas contemplaciones. Además, le llamaba la atención la educación con
la que ese tipo le trataba, y su lado más orgulloso hizo que confiara en él.
Hacía mucho que no le hablaban con tanto respeto. Además, sabía su nombre. Tuvo
que insistirle a su ayudante varias veces para que abriera la puerta, puesto
que parecía convencido de que detrás de la puerta se escondía una grave
amenaza.
En el marco de la puerta apareció un tipo corpulento vestido
con un traje de ciudadano estándar, de negro impoluto de los pies a la cabeza.
Tenía el cráneo afeitado, y los ojos de un artificial violeta, lo que indicaba
que, al menos en parte, el hombre usaba tecnología U.S.I. Nada más entrar en el
dormitorio, se hizo a un lado, y dejó pasar a otro hombre, que apenas había
sido visible tras el que parecía su guardaespaldas. Su aspecto era mucho menos agresivo, vestía
una túnica de archivero color hueso, y el fino bigotito bajo su nariz le daba
un aspecto cómico. Estaba sonriente, y dedicó unos segundos a observar la
habitación antes de dirigirse al científico. Ambos hombres llevaban el mismo
símbolo grabado en las ropas: los Adoradores de USI.
- Debo confesarle que me esperaba unos aposentos algo más…
adecuados para alguien con sus conocimientos, señor Andersen – dijo, mirando
con expresión divertida los restos de comida en el suelo y la ropa sucia en el
rincón – Una mente como la suya se merece una mansión como poco.
El desconocido no se quedaba quieto, paseaba arriba y abajo
por la habitación ante la atónita mirada del anciano. Cada vez que se acercaba
al ayudante cibernético, éste se echaba hacia atrás y emitía un tímido código
binario de alarma, como si fuera un perro asustadizo.
- Verá, ha llegado a nuestro conocimiento el fallo del
Comité ante su solicitud – dicho esto, el hombre dedicó una mirada comprensiva
al anciano – Un grave error, si me permite decirlo. Dejar que una mente como la
suya, tan privilegiada, se pierda por un simple cálculo de estadísticas y
probabilidades es una metedura de pata.
No le salían las preguntas de la boca. ¿Cómo era posible que
supieran el fallo del Comité, si era secreto, y él no se lo había dicho a
nadie? ¿Qué querían los Adoradores de USI de él?
- Verá, estoy aquí porque mis jefes están muy interesados en
que alguien con su potencial no desaparezca – el hombre se sentó en la cama
junto a él. Estando tan cerca, el científico pudo ver sutiles modificaciones en
su retina y en las puntas de los dedos, como pequeños transmisores – Nosotros disponemos
de… medios que no están al alcance de todo el mundo, y creen que usted es más
que merecedor de nuestros recursos.
Tenía muchas dudas, pero a la vez que se formulaban en su
cabeza, el hombre las respondía inmediatamente. Era como si su mente fuera un
libro abierto y él sólo tuviera que posar sus ojos en las páginas.
- No tendrá que pagarnos nada, no se preocupe, sólo con su
trabajo. ¿Usted quería seguir trabajando, verdad? Pues así será. Nosotros
pondremos a su disposición los medios más avanzados en tecnología U.S.I. y usted
sólo tendrá que seguir desentrañando los misterios del Universo.
No necesitó llevarse equipaje. Vestido únicamente con su
pijama, dejó que el hombre del bigotito le acompañara hasta la puerta mientras
el otro se quedaba atrás. Parecía que estuviera en un sueño, como si flotara en
nubes de algodón guiado de la mano de aquel hombre desconocido que leía sus
pensamientos tan fácilmente. Al llegar a la entrada, observó que la cerradura
tenía un agujero del tamaño de un puño, como si el metal se hubiera corroído.
Ni siquiera le importó.
Un elegante mensaje en código binario le despertó. Lo
primero que vieron sus ojos era la realidad a su alrededor, más nítida y clara
de lo que había sido nunca. Podía distinguir el sonido del vuelo de una mosca
en la habitación contigua, y podía contar cada mota de polvo que flotaba en el
espacio frente a él. Extendió la mano, y observó que no temblaba como antes. En
la retina aparecieron decenas de datos relativos a humedad, tensión superficial
y elasticidad, y se dio cuenta de que estaba arrodillado. ¿Cuánto tiempo
llevaba en esa posición? ¿Dónde estaban sus ropas? ¿Por qué no sentía ni frío
ni calor?
Miró al techo, y ya no estaba en aquel sitio, sino que se
encontraba en otra habitación, mirando un espejo de cuerpo entero. Aunque no
era él, porque no reconocía al joven que le miraba en la superficie de cristal.
No podía tener más de veinte años, tenía un cuerpo atlético y sano, y llevaba
un traje elegante, probablemente muy caro. ¿De dónde había salido el traje?
- Te adaptas extremadamente bien – dijo una voz a su
espalda. Cuando se giró, estaba sentado en una mesa de terraza, tomando lo que
parecía una infusión de hierbas. El sol brillaba en lo alto, más allá de las
cubiertas de la Fortaleza, y la gente sonreía a su alrededor, disfrutando de un
agradable día. Frente a él, un hombre de aproximadamente cuarenta años le
miraba con una sonrisa en los labios. Llevaba un traje color burdeos, con el
cuello redondeado. De su cuello colgaba un medallón con el símbolo de los Adoradores
de USI – Tómate tu tiempo, no lo fuerces. Ya te dije que aunque dispongas de
los conocimientos, llevarlos a la práctica es complicado. ¿O todavía no lo he
dicho?
Parecía que hubiera dicho una broma, porque sonrió más
abiertamente y tomó un sorbo de la bebida ante él – Probablemente aún tengan
que adaptarse los cogitadores de memoria, así que no te preocupes, todo llegará
tarde o temprano.
Asomado a la ventana de una de las torres más altas de la
Fortaleza, el anciano que había sido observaba la ciudad a sus pies. Ahora ya
recordaba todo lo que había sucedido: la negativa del Comité a dejar que se sometiera
a la operación, la oferta de los Adoradores de USI, la operación, el dolor, las
semanas en estado de coma… todo. Había estado a punto de morir, pero las
características de su nuevo cuerpo, añadido a sus conocimientos, habían
resultado en algo increíble. Ahora comprendía mucho mejor que nunca las
complejidades del Universo. Podía extender la mano y atravesar el Tejido de la
Existencia y alterarlo a su antojo. Pensaba que era una eminencia en Física
Cuántica, y sin embargo ahora comprendía que ni siquiera se había acercado a
comprender lo que era la Realidad. Gracias a USI, ahora tenía los medios para
ir donde quisiera y hacer lo que quisiera.
Y podría hacerlo durante siglos.
Tomó con dos dedos el medallón que colgaba de su cuello, lo
besó tiernamente y lo guardó de nuevo tras la camisa.
Y luego, el joven en que ahora se había convertido,
simplemente se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.
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sábado, 2 de marzo de 2013
Porque te quiero
Os presento un pequeño monólogo, inspirado por los geniales Carlos Sisi y Manel Loureiro. Espero que os guste. Está localizado en Heidelberg, un hermoso pueblecito cerca de Frankfurt.
Te juro que no sé lo que pudo pasar. Te lo juro. Pensaba que
lo tenía todo controlado, que podría protegernos, pero algo salió mal. Quizás
me distraje de la rutina diaria… no lo sé. Ahora da igual.
¿Recuerdas cómo empezó todo? Yo estaba en casa, pero tú
estabas en el Weihnachtsmarkt buscando
un regalo para mi madre. Iban a ser unas Navidades geniales, las primeras que
íbamos a pasar en familia todos juntos. Les íbamos a decir que nos casábamos.
¿Te acuerdas de las veces que apostamos cuál sería su reacción? Yo te decía que
a tu madre le daba un ataque. Cuando volviste, te conté que todos los
informativos hablaban de lo mismo, de un extraño virus. Incluso bromeamos
acerca de que, con la que estaba cayendo, lo que nos faltaría sería un caso
como en las películas.
Parece que hayan pasado mil años desde entonces.
Los días siguientes fueron algo extraños. En la oficina me
dijeron que iban a retrasar los proyectos porque los clientes así lo querían, y
en la Universidad cancelaron todas las clases.
Tanto mejor, pensé, así me daba tiempo a buscarte un regalo sorpresa que
no te esperabas. ¿Recuerdas la cara que pusiste cuando te dije que iba de
compras y que no podías acompañarme? Siempre sabes cuándo te estoy ocultando
algo, pero siendo las fechas que eran, sabías a lo que iba. Te quedaste leyendo
ese libro que llevas meses intentando acabar, pero que entre preparar tus
clases y corregir exámenes nunca has podido hacerlo.
No te lo conté para no preocuparte, pero se respiraba un
ambiente distinto en la ciudad. Heidelberg siempre ha estado llena de turistas,
daba igual el año, pero en Navidad las calles estaban abarrotadas de curiosos
que buscaban el producto típico, o de parejas enamoradas que se inmortalizaban
en sus cámaras digitales. Pero aquella mañana había poca gente, y los que
habían, eran vecinos y amigos. No le di importancia, hasta que la señora Köhler,
la de la tienda de dulces, me preguntó si nos íbamos a quedar en la ciudad. No
entendía la pregunta, hasta que vi las portadas de los periódicos en el
quiosco. Todas hablaban del extraño virus, y de zonas enteras de Europa que
habían quedado incomunicadas. ¿Qué demonios estaba sucediendo?
Intenté no decirte nada, pero me notabas extraño,
preocupado. Y no soportas verme así. No, mi pequeña. Eres una criatura dulce y
amable, y mi bienestar es imprescindible para tu felicidad. Así que fue cuando
te lo conté. Al principio no te lo creíste, pensabas que era parte de algún
tipo de juego relacionado con el regalo que te había conseguido. Pero yo no me
reí. Casi de forma inconsciente, miraste a nuestra colección de películas en
DVD, a la sección donde se acumulaba cine de terror. Sí, yo también pensé lo
mismo: una plaga, enfermos que buscaban propagar su enfermedad.
Durante los días siguientes la cosa fue de mal en peor.
Primero fue el agua. Nos cortaron el suministro y tuvimos que lavarnos y
cocinar con garrafas de agua embotellada. Ya casi no salía de casa, salvo para
ir a comprar algo de comida. Pero cuando empecé a ver las calles completamente
vacías, y las tiendas cerradas a cal y canto, me encerré contigo. Luego se fue
la luz. Estoy seguro de que si no usáramos gas butano, también habríamos notado
cómo el gas ciudad lo cortaban. Ya había leído antes sobre eso. Si no había
personal que atendiera las plantas potabilizadoras ni las fábricas, llegaba un
momento que los sistemas colapsaban y se desconectaban. Era una medida de
precaución, para que no ocurriera algo parecido a Chernobyl. Afortunadamente,
antes llamamos a nuestros padres, para preguntarles qué tal estaban y si se
encontraban a salvo. Ellos también habían visto las noticias y estaban muy
preocupados. Hacía tiempo que no oía a mi madre llorar así.
A la hora de dormir, cerraba a conciencia puertas y ventanas
para que no entrara el frío, y nos cubríamos de mantas para mantener el calor.
Tú no te acuerdas, pero la primera noche tuviste una fea pesadilla. Me llamabas
a gritos, y tuve que abrazarte y susurrarte que estaba ahí para que te
calmaras. Por la mañana vigilaba la ventana, intentando buscar algún rastro de
la policía o el ejército que nos informara, o quizás que nos llevara a algún
punto de reunión. Pero ni un alma. Quizás todo el mundo se había marchado, o
quizás estaban igual que nosotros, atrincherados en sus casas esperando a ver
qué pasaba.
Cuando se acabó la bombona, alimentarse empezó a ser un
problema. Afortunadamente teníamos muchas latas de comida que nos traía tu
madre cuando venía a vernos. Quizás no se fiaba mucho de cómo cocinaba, pero
¡bendita sea la mujer! Si no hubiera sido por ella, habríamos tenido que comer
crudas las verduras que manteníamos refrigeradas en la ventana.
Ya no sé exactamente qué día de la semana era, ¿realmente
importaba ya? ¿Te acuerdas? Te despertaste con un gemido, y te asomaste a la
ventana como una exhalación. Fue cuando me llamaste para que mirara. Nunca te
pregunté cómo sabías que estaba allí, pero no importaba. Al principio me
sorprendió ver a un militar, un chico joven. Dejé escapar un pequeño gemido de
excitación y me levanté corriendo para ir a hablar con él. Pero me llamaste la
atención antes de salir a la calle, y algo en tu voz me dejó helado. Era
verdad, ¿qué hacía un soldado en mitad de la plaza, y solo? Parecía
desorientado, como si hubiera bebido. Entonces se escuchó un portazo, quizás
sería un vecino que también había visto al soldado. Segundos después, lo
confirmamos: era el señor Schell, Hans, del piso de abajo. Estaba tan
emocionado que corrió hacia el chico y lo abrazó con fuerza.
Pero lo que sucedió después… joder, eso lo cambió todo.
Había algo extraño en la escena, ¿verdad? Era como si
estuviera abrazando a un muñeco. Ni siquiera reaccionó cuando el señor Schell
le abrazó y luego empezó a hacerle preguntas. El soldado le miraba ladeando la
cabeza, como si no entendiera lo que le decía. Y de repente, como si le
hubieran activado con un botón, el chico saltó sobre Hans y lo tiró al suelo.
Nos quedamos paralizados al verlo. Le golpeaba con rabia, como si fuera el
mismísimo diablo que quisiera llevarse su alma. Le agarró de la cabeza y golpeó
el suelo con ella, y pronto empezó a manar sangre de un par de heridas. Tú no
pudiste soportarlo y te fuiste a la cama, llorando. Yo… bueno, me quedé helado,
pero también lo miraba como si fuera irreal, como si todo fuera una película.
El soldado metió la cabeza en el hueco que forma el hombro con el cuello, y
cuando la volvió a levantar tenía la boca empapada de sangre. Joder, se lo
estaba comiendo allí mismo.
Así que así estaban las cosas. Las malditas películas se
habían hecho realidad y ahora teníamos una plaga ahí fuera que convertía a la
gente en monstruos sedientos de sangre. Fantástico. Decidí reunir a la gente
del edificio para hacernos fuertes, pero tras el incidente con el señor Schell,
los vecinos desaparecieron. Quizás fue durante la noche, no me enteré con este
sueño tan pesado que tengo. Pero cuando fui casa por casa, allí no quedaba ni
un alma. Por mí perfecto, mira. Aproveché para aprovisionarnos de más latas de
comida y un par de bombonas de butano a medias para, por lo menos, poder
calentar algo de agua y lavarnos. Y comer algo caliente. Joder, no sabía cuánto
iba a echar de menos comer un poco de pollo a la plancha. Además, ya que éramos
los dueños y señores del lugar, no iba a permitir que nadie entrara a saquear
lo que era nuestro. Con un pesado martillo que encontré en una caja de
herramientas en el trastero de los Weinmann, apuntalé la puerta de la calle con
una de las puertas. Total, ya nadie las iba a utilizar.
Los siguientes días eran extraños. Yo vigilaba que la puerta siguiera intacta, y
que no hubiera ninguna ventana que se hubiera abierto durante la noche. Jugábamos
a las cartas y leíamos para mantenernos ocupados, pero llegaba un momento en
que necesitabas salir a la calle. Pero eso ya era imposible. Cada vez más de
aquella gente, los que estaban infectados, aparecían deambulando por la plaza.
Era extraño, rodeaban el mercado, como si realmente no hubiera sucedido nada y
fueran personas normales y corrientes que acudían a hacer las compras. Pero no,
eran monstruos. Andaban de forma lenta, errática, con la mirada perdida, y sólo
reaccionaban cuando escuchaban algún ruido fuerte. Entonces se excitaban y
miraban a todos lados como si fueran perros hambrientos.
Todo iba bien. Nos manteníamos con las latas de comida y el
agua embotellada, y nos teníamos el uno al otro. Entonces, ¿por qué se tuvo que
joder todo? Te juro que no sé cómo ha sido. Quizás me he despistado, y no he
ido a mirar la puerta esta mañana. Ya no me acuerdo, todos los días me parecen
iguales. Además, todo ha sucedido demasiado rápido. Cuando estaba en el baño de
uno de los vecinos del piso de arriba, te he oído gritar y he bajado a toda
pastilla casi sin abrocharme los pantalones. No me ha hecho falta saber qué te
había asustado.
Desde el rellano he visto a una de esas cosas. Una mujer.
Estaba ahí, embobada mirando su reflejo en el espejo, como
si se mirara por primera vez. Fue cuando me di cuenta de que no tenía nada a
mano con lo que defenderme, y además, estabas en peligro. Me quité los zapatos
para no hacer ruido y fui a buscarte. Quise llamarte, te juro que quería saber
en qué parte de la casa estabas, pero sabía que algo había entrado. Me había
dejado la maldita puerta de casa abierta, y había manchas de barro en el suelo.
Joder, no sabes el pánico que me entró al saber que estabas encerrada con una
de esas criaturas.
Así que cogí lo primero que tenía a mano, una llave inglesa
algo oxidada de la caja de herramientas que dejaba siempre en la entrada y
entré en la casa. No se escuchaba nada, absolutamente nada, ni siquiera mi
respiración. Era como si mi cuerpo se hubiera decidido a convertirme en un
fantasma para ayudarme a moverme por la casa. Entonces, empecé a escuchar ese
sonido. Era como si alguien arrastrara el pie el moverse, sonaba al final del
pasillo, cerca de nuestro dormitorio. Me moví con cuidado hasta la esquina y me
asomé, temblando como un flan, y entonces lo vi.
Era un tipo alto, fuerte, quizás alguien que se dedicaba a
trabajar en la construcción. Estaba de espaldas, pero enseguida supe que era
uno de esos monstruos. Le faltaba la mitad derecha del torso, como si se lo hubieran
devorado unas fieras salvajes, y sin embargo se movía. El sonido que había
escuchado antes lo provocaba él, posando la mano sobre la puerta cerrada del
dormitorio, y arrastrando la palma hacia abajo. Así, una y otra vez. Te llamé, no sé si fue buena idea, pero te
llamé para saber si estabas a salvo, y hasta que no escuché tu voz llamándome
cargada de pánico, no respiré. Pero ese bicho se giró al escucharme, y su
mirada me dejó paralizado. Eran los ojos. Esos ojos de pesadilla. Completamente
blancos, surcados de venas negras, como si no hubiera rastro de humanidad en
aquel ser. Emitió un gruñido ronco que surgió de lo profundo de su garganta y
empezó a caminar hacia mí. Primero un par de pasos lentos, luego empezó a
avanzar más rápidamente, cubriendo los pocos metros que le separaban de mi
posición. Y sin embargo, yo no hice nada. Me quede allí quieto, congelado de
puro terror. El hombre se apoyaba en la pared para avanzar, quizás para
compensar el trozo de torso que le faltaba, y doy gracias a los cielos, porque
eso fue lo que me salvó. Al arrastrarse sobre la pared, tiró uno de los cuadros
de tu madre, y el sonido me espabiló. De repente me di cuenta de que lo tenía
encima, y de que nada le iba a impedir atacarte a ti si no le detenía. Así que
lo hice, le pegué con la llave inglesa con todas mis fuerzas. Primero en la
cara, luego en el cuello, en el torso, quizás incluso en los brazos, no lo sé.
Estaba descontrolado y golpeaba lleno de rabia, la rabia que había acumulado
durante tantos días de estar encerrado sin hacer nada, sin poder ponerte a
salvo.
Cuando la neblina roja que cubría mi mirada se disipó, me di
cuenta de que me estabas abrazando. Yo estaba arrodillado sobre los restos de
aquel tipo, casi irreconocible tras haberle propinado aquella tormenta de
golpes con la llave inglesa, que aún estaba en mi mano. Tú me acunabas, susurrándome
al oído que todo iba a salir bien, que estabas ahí para cuidar de mí y que
nunca me ibas a dejar. Notaba tus lágrimas saladas mojando mi mejilla, y yo
también empecé a llorar. No sé cuánto pasó, si fueron minutos u horas, no
importaba. Creo que nos merecíamos esas lágrimas.
Ahora tú duermes, cariño, por puro agotamiento, mientras yo
vigilo. En cuanto amanezca nos marcharemos de aquí. Esto ya no es seguro.
Encontraré un lugar donde mantenerte a salvo, donde puedas descansar por las
noches sin que las pesadillas te persigan, y donde esas criaturas no sean más
que un mal recuerdo.
Porque te quiero, y no dejaré que nada te suceda.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Comunidad Umbría - Johnny
Una nueva historia de personaje, después de muchos meses en sequía literaria, que no creativa. Lamento la espera. ¡Un saludo!
El joven paseó por la sala a oscuras, esquivando los cuerpos
que ahora alfombraban el suelo. Era como un pequeño juego personal: quería ver
si era capaz de llegar hasta la puerta sin tocar ninguno. Lamentablemente, no
pudo, así que dejó escapar un suspiro de resignación y miró hacia el origen del
sonido que lo había distraído. Allí, temblando como una hoja al viento, estaba
uno de aquellos hombres que habían enviado a asesinarle. Sangraba por una
decena de cortes por todo el cuerpo y el líquido rojizo manchaba sus ropas
completamente.
No viviría por mucho tiempo.
- - Te voy a hacer un favor – dijo el muchacho,
acuclillándose frente a él y sonriendo abiertamente. Sacó un paquete de cigarrillos
y se encendió uno lentamente – No quisiera que murieras en la ignorancia, así
que te contaré por qué no habéis podido matarme.
Se sentó a su lado,
apoyando la espalda en la pared y la guitarra sobre su regazo. Su guitarra. Era
terriblemente hermosa y terriblemente letal. Los informes que les habían
entregado confirmaban que sólo era un instrumento para canalizar su poder, pero en cuanto le apuntaron con sus armas no
tuvo más que realizar dos rápidos acordes y todo se volvió rojo de repente.
- - En el principio todo era caos y oscuridad, y
llegó Dios y dijo: Hágase la Luz. Eso es lo que os enseñan a los cristianos.
¿Eres cristiano? Tiene pinta de serlo. Lo que no os enseñan es que antes de la
existencia de vuestro dios, ya había una fuerza en el Universo que lo
organizaba todo. Nada de Caos, nada de Desorden. Todo se movían al son de la
entidad cósmica que existía desde el origen de todo: La Música.
Hablaba con propiedad, como si en vez de estar hablando con
un jodido psicópata estuviera escuchando a un profesor de universidad dando una
clase. Pero no era así. Habían obtenido sus evaluaciones psiquiátricas del
hospital y estaba definitivamente trastornado. Dicen que los más inteligentes
suelen ser los que primero caen en la locura.
- - Todo se mueve al son de la Música, ¿sabes? Todo
tiene una melodía y un ritmo, pero el mundo está demasiado obsesionado con la
guerra, con la política y el maldito dinero. Incluso la industria musical, que
debería rendir pleitesía a nuestro amado Dios, se afana en amasar grandes
fortunas y guiar a la gente como corderitos para decirles qué deben escuchar.
¡Blasfemia!
Sus superiores no le habían dicho exactamente cómo un chaval
tan prometedor en el mundo de la Ingeniería se había convertido en alguien así.
Ahora que le tenía tan cerca, distinguía claramente que no tendría más de
veinticinco años. Aunque hablara y
actuara como alguien mayor, y en poco tiempo se hubiera convertido en un
objetivo a eliminar, no era más que un muchacho. Un muchacho que había nacido con poderes, uno
de esos “mutis” que han salido del armario y que hay que controlar de cerca. Un
chico estudioso y educado, que siempre se había preocupado de controlar sus
habilidades especiales, y que de la noche a la mañana estalló como una pompa de
jabón en una fiesta de cactus.
- - Por eso yo pude escuchar su voz. Porque el Dios
de la Música estaba desesperado porque su
mensaje se estaba perdiendo. ¡Se estaba quedando mudo! ¿Sabes lo terrible que
puede ser eso? Que el único y verdadero dios desaparezca es algo impensable,
así que me convertí en su sacerdote. En su apóstol. Su profeta.
Los informes explicaban que, por fortuna, ningún grupo había
querido afiliarse con alguien tan desequilibrado. Los Blackwater de Méjico le
habían contratado para un par de misiones en campo abierto, para ver cómo se
manejaba. En la primera refriega que se encontraron, escoltando un convoy de
mercancías, provocó numerosas bajas en ambos bandos. Sus compañeros se quejaban
de malestar general, de mareos y nauseas mientras él practicaba con la
guitarra, y el estruendo que provocaba en los enfrentamientos les hacía
imposible siquiera apuntar con sus armas. Le dejaron en mitad del desierto, a
ver si con suerte se lo comían los chacales.
No hubo suerte.
- - El mundo tiene que abrir sus mentes y sus corazones
a la verdadera Música, y yo he recibido el poder para hacerlo. Soy el Monje de
la Música, el Sacerdote del Ritmo. ¡Soy el jodido Instrumento del Señor! – dijo
el chico, estallando en una carcajada que desconectó al soldado de sus pensamientos
– Por eso, putos mercenarios de mierda, no habéis podido matarme. Porque soy un
Arma Divina. Porque mi Señor me ha dicho que mientras siga siendo su profeta,
nada puede pasarme.
Y diciendo esto, se levantó, sin preocuparse porque sus
ropas se hubieran manchado con la sangre de la decena de soldados que ahora
yacían en el suelo de aquella habitación de motel de carretera. Sólo dedicó un
leve vistazo al hombre al que había estado hablando, sonrió, y acercó su cara a
casi dos centímetros de la suya.
- - Te voy a dejar con vida para que le cuentes todo
esto a tus superiores, ¿vale? Diles que soy inmortal, y que si vuelven a
interferir con mi tarea divina, extenderé sus vísceras por la ciudad.
¿Entendido?
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