lunes, 8 de diciembre de 2014

Comunidad Umbría - Un Paseo por la Catedral de la Noche

Estas líneas a modo de prólogo sirven de base para un personaje con el que estoy jugando ahora mismo. No puedo dar muchos más detalles, ya que precisamente la gracia del mismo reside en que nadie sabe lo que es realmente, pero espero que os guste.


Las dos figuras paseaban una junto a la otra por el claustro de la tenebrosa catedral que coronaba la montaña. Había sido erigida en honor de antiguos dioses ya desconocidos, y hasta que su nuevo señor se instaló allí, estuvo abandonada durante siglos. Grotescas criaturas aladas sobrevolaban la zona, esperando encontrar una víctima desprevenida en la que clavar sus garras y dientes, pero sin embargo no se atrevían a rondar al señor de la catedral ni a sus siervos. Tal era su poder. Tal era su maldad.
¿Qué sabes de mí, Milosh? – dijo la mayor de las dos figuras. Era un ser impresionante, de más de tres metros de altura y enfundada en una armadura negra como la noche. Una espada de filo carmesí golpeaba su cadera a cada paso, y el cráneo rematado en dos grandes cuernos retorcidos fortalecía su imagen tenebrosa. Sus ojos, dos pozos profundos moteados de amarillo, miraban al frente, y su boca llena de colmillos afilados se curvaba en una eterna mueca semejante a una sonrisa. Astheon, Señor de la Guerra de los Reinos Infernales de Gushtan y Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche, disfrutaba del temblor nervioso del frágil demonio que caminaba su lado, visiblemente atemorizado por la cercanía de su señor.
Sé que sois el más poderoso de los demonios del Infierno, mi señor, y que es un honor para mí serviros como palafrenero. Sé que sois señor de estas tierras desde el principio de los tiempos, y que vuestros enemigos tiemblan con sólo nombraros – Milosh no era sabio, ni audaz ni poderoso, pero intuía que lo que su amo buscaba era una ración de adoración pura. Agachó la cabeza y esperó que sus palabras contentaran al Sumo Sacerdote.
Un lúgubre silencio, roto únicamente por el golpeteo de la espada sin vaina de Astheon contra su pierna, se instaló entre ellos. Su señor no había dado señas de estar complacido o descontento, pues la escalofriante sonrisa de su rostro nunca permitía conocer sus verdaderos pensamientos. Finalmente, cuando pasaron por segunda vez ante una estatua en honor a un dios sin nombre, el demonio astado habló.
Yo antes servía a otro señor, Milosh – dijo, mirándole de forma feroz. En sus ojos se adivinaba una advertencia – y borra esa expresión de sorpresa de tu rostro, sé perfectamente que lo sabías. Tu trabajo en la biblioteca te ha dado acceso a información que creía olvidada, y es por esto que mantenemos esta conversación.
Lentamente, el pequeño demonio comprendió por qué su señor le había mandado llamar. No era un honor, sólo estaba averiguando los límites de lo que había aprendido. Sólo si caminaba con pies de plomo sobreviviría a aquel paseo por el claustro.
Su nombre poco importa ya, pues hace tiempo que huyó lejos de mis garras como una rata cobarde, pero cuando gobernaba estos reinos era el ser más temible y poderoso que hayas conocido jamás. Se medía de igual a igual en astucia con los Grandes Señores de más allá de las Colinas de la Sangre, y su crueldad sólo era comparable al poder que enarbolaba a su antojo. Con sólo un gesto de su mano podía hacer reventar la cabeza a un ogro dragón, y sus libidinosas palabras eran capaces de convencer ejércitos enteros para luchar a su favor. Nadie sabe de dónde apareció, sólo era un tipo desconocido que venía de ninguna parte y por el que nadie apostaría nada. Sin embargo, en apenas uno año estaba ahí abajo, a la cabeza de un ejército mixto de mutantes, bestias y demonios, arengándolos para prepararse para derrocar al señor de Millaverkun.
Godormoys, señor de Millaverkun, era un mito en aquellas tierras. Violento, cruel y sanguinario, y con un prestigio tal que nadie se atrevía a plantarle cara. Que hubiera alguien capaz de reunir un ejército para atacarle era impensable. Milosh miró de reojo a su señor, sorprendido por la reverencia con que el Señor de la Guerra hablaba del antiguo Rey de Gushtan. Si no supiera lo que pasó en realidad entre ellos, habría jurado que Astheon lo adoraba como a un dios, y que habría arriesgado su propia vida por él. No obstante, había tenido la osadía de leer textos prohibidos. Y esa osadía le había llevado a esa situación.
- Sabía que cuanto más ascendía en poder, más enemigos se granjeaba. No obstante, no era como esos estúpidos que suben la escala de la gloria sin percatarse de a quién están pisando. Se aseguraba de repartir el botín entre sus más poderosos lugartenientes para mantener su lealtad, y doblegaba a aquellos rivales que podrían ofrecer una férrea resistencia que ocasionara demasiadas bajas en su ejército, ya fuera con la magia o con el acero. Pronto sus formas fueron imitadas a lo largo y ancho de las Llanuras Infinitas, pero nadie se movía como él. Llegó incluso a diseñar un plan maestro que le concediera el control de toda la Península Roja. Lo sé porque yo era su Capitán más leal y me confió sus inquietudes.
La traición era una práctica tan habitual en los Infiernos que Milosh ni siquiera se inmutó al saber que fue su señor quien traicionó al antiguo Rey. Al fin y al cabo, derrocar a otro señor a través de la fuerza bruta era la manera tradicional de ascender en prestigio. Lo que no alcanzó a comprender el palafrenero era cómo alguien tan astuto no supo ver que su amigo más leal conspiraba contra él.
No se sorprendió cuando entré en sus aposentos con mi Guardia Privada – dijo Astheon, adivinando los pensamientos de su siervo – y ni siquiera se defendió, cuando podría haber acabado con muchos de mis guerreros. Sólo se quedó ahí, sonriendo tristemente, mientras permanecía en absoluto silencio. Al principio disfruté con la idea de saber que había sido más listo que él, y que sólo el miedo era la razón de su reacción. Le encerré en los calabozos a la espera de que regresaran las tropas que se encontraran en misiones de reconocimiento, y me relajé sentado en el trono disfrutando del poder recién adquirido. Aquel año fue cuando llegaron por primera vez las Tenebrostas.
Las Tenebrostas, una raza de insectos inteligentes del tamaño de un puño y que se trasladaban en enjambres voladres de millones de individuos, habían sido uno de los grandes hitos en la historia de los Reinos. Nadie sabía de dónde venían, pero era uno de los peores enemigos a los que nadie se había enfrentado jamás. Cuando llegaban a algún lugar que consideraban adecuado, consumían todos los recursos existentes, y quien tuviera la desgracia de cruzarse en su camino era consumido en segundos en un frenesí de pinzas y picos serrados. Miles de guerreros del reino de Gushtan morían cada día intentando expulsarlos, pero era imposible.
La moral del ejército estaba por los suelos, y que el resto de guerreros regresara de sus misiones para encontrarse a sus compañeros diezmados sólo empeoró la situación. Estaban confusos, a falta de alguien que les dirigiera hacia un objetivo claro, y yo sabía quién era capaz de hacer eso. – dijo, deteniéndose frente a una de los ventanales del claustro. Desde allí podían verse los extensos páramos que rodeaban la montaña, iluminados por relámpagos de color verdoso que rasgaban el cielo. Era una vista espectacular si sabías apreciar la particular belleza del paisaje – Pensando que mi victoria sobre él era total, descendí a los calabozos para exigirle que usara su artes con las tropas para expulsar a las Tenebrostas. Sin embargo, no sé cómo, ¡ese maldito había conseguido escapar!
El Señor de la Guerra golpeó la pared con tanta fuerza que hundió el puño en la dura piedra. Normalmente Astheon se mostraba impasible, frío como el acero. Sin embargo, el recuerdo de aquel suceso parecía haberle sacado de sus casillas.
Hace muchísimo tiempo que no sucede. Es un hecho tan raro e infrecuente que muchos de vosotros, pequeños insectos, no llegáis a presenciar uno en vuestra vida. Pero hay ocasiones en que se abren portales entre nuestro mundo y el que hay más allá. Y la idea me come por dentro, Milosh. ¿Crees que es posible que ese malnacido supiera que uno de esos portales se abriría y traería a las Tenebrostas? ¿Qué consumiría a la mayor parte de nuestras tropas, sembrando el caos y minando su poder y su prestigio, y que fue por eso que no ofreció resistencia cuando le traicioné? ¿Qué aprovechó ese mismo portal para escapar de aquí, dejándome con este pozo infecto en el que ahora reino, una mera sombra de la gloria que antaño tenía Gushtan?
Milosh temblaba de miedo viendo cómo su señor se enfurecía más y más a cada segundo que pasaba. No se atrevía a moverse de su lado por temor a represalias, pero también sabía que no volvería a vivir un día más. La impresionante mole que era Astheon parecía haberse hecho más grande y poderosa, inmovilizando al pequeño demonio de puro terror.
Porque sé que no está en los Infiernos. – parecía que el Sumo Sacerdote de la Catedral de la Noche hablara consigo mismo – Cuando las Tenebrostas se marcharon de aquí, envié guerreros a cada rincón de este mundo buscándole, pero nadie le ha visto en siglos. Tiene que estar en esa otra dimensión, y juro por mi sangre que cuando uno de esos portales vuelva a abrirse, lo cruzaré… lo buscaré… y le haré pagar por jugar conmigo.
Esa promesa pareció calmarle, puesto que empezó a respirar con mayor lentitud y la agresiva pose que había adoptado se tornó más relajada. El fulgor ambarino de sus ojos se apagó, y Milosh supo que lo peor había pasado. 
No supo lo equivocado que estaba hasta que el filo carmesí del Señor de la Guerra asomó a través de su pecho.
Gracias por escucharme, Milosh. El recuerdo de ese malnacido ha regresado a mi mente cuando descubrí que estabas merodeando por la biblioteca, y tenía que compartir aquellos días con alguien. Necesitaba reavivar la llama para no olvidar mi principal objetivo. Pero no puedo permitir que nadie sepa esta historia, me dejaría en muy mala posición de cara a los Grandes Señores. Lo entiendes, ¿verdad?
Milosh no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando respirar con ese enorme agujero en su pecho. Un gorgoteo se escapó de sus labios, pero el Señor de la Guerra no le interesaba lo que tenía que decir. Con un suave empujón, el palafrenero se precipitó hacia el vacío mientras Astheon regresaba a sus aposentos, sin ver cómo las bestias carroñeras se abalanzaban sobre el cuerpo sin vida de un pequeño demonio que había tenido la osadía de querer saber demasiado.

viernes, 17 de mayo de 2013

Comunidad Umbría - Oppenheimer


Una breve historia inspirada en el Mechanicum del universo de Warhammer 40k. ¡Espero que os guste!


Un chirrido de código binario despertó al anciano, que se había quedado dormido sin darse cuenta sobre la mesa. Lo primero que vieron sus ojos fue el rostro sin facciones de su ayudante artificial. Los sensores que le permitían ver y escuchar parpadeaban con un llamativo color naranja, indicativo de que había una alarma a la que su amo tenía que prestar atención.

- ¿Qué hora es?  - dijo, desperezándose. Inmediatamente, en la superficie transparente que recubría su ojo artificial apareció una secuencia de números en código hexadecimal - ¿Tan tarde? Maldita sea, te tengo dicho que no me dejes dormir tanto…

Se levantó con lentitud, mientras el servidor ayudante continuaba informando de las tareas pendientes en un irritante binario. Una de las modificaciones sinápticas que tenía instaladas su creador en el córtex cerebral le permitía comprender la transmisión de datos del androide.

- Retrasa dos coma cinco horas las pruebas de resistencia del proyecto Gamma-Cinco – dijo, mientras se retiraba una sustancia blancuzca de la comisura de los labios y se dirigía con pasos lentos al laboratorio principal. Durante el trayecto, se cruzó con algunos jóvenes ayudantes, modificados en mayor o menor grado, que le dedicaban fingidos saludos de respeto. Aunque era una auténtica eminencia en física dentro de la Fortaleza, sabía que era objeto de burlas por su avanzada edad – Y programa una intervención para las dieciséis coma dos horas para un ajuste del temporizador interno. No quiero volver a quedarme dormido, ¿qué hubiera pasado si alguno de los Supervisores me hubiera hecho llamar?

Cuando era joven, había sido nombrado una de las grandes promesas de la Fortaleza. Carente de cualquier tipo de alteración en su ADN que podría haber llamado la atención de los genetistas del Estado, fue educado para convertirse en un ciudadano de provecho de la sociedad. Sin embargo, desde temprana edad sus intereses fueron dirigidos hacia la Mecánica Ondulatoria. Siglos después desde la aparición de los primeros grandes estudiosos de la Física, aún había preguntas sobre el Universo que no tenían respuesta, y él se prometió a sí mismo que hallaría esas respuestas.

Sin embargo, había un gravísimo problema al que no podía encontrar solución: el paso del tiempo. Por mucho que se esforzara en desentrañar las grandes incógnitas del Universo, por muchos tratamientos médicos que eliminaran las toxinas y excedentes de su cuerpo, tarde o temprano se convertiría en polvo y huesos. Pronto se dio cuenta de que aunque su mente fuera mucho más brillante que la que sus colegas del laboratorio, cada año había más y más jóvenes con grandes ideas que le eclipsarían tarde o temprano.

Los implantes artificiales sólo solucionaron sus problemas en parte. Si bien el cristalino sintético de su ojo derecho le permitía obtener información automáticamente de la red inalámbrica sin necesidad de moverse de su escritorio, o la ampliación estándar de memoria le había facilitado la adquisición de información, sus movimientos eran lentos. Cada vez le costaba más realizar el camino que separaba su residencia particular de los laboratorios, y a menudo se daba cuenta de que no sabía qué estaba haciendo hacía dos minutos.

Así que acumuló cada crédito de su sueldo para poder costearse uno de los más caros y revolucionarios tratamientos que la tecnología U.S.I. podía ofrecer: una implantación completa de un esqueleto artificial. Su mente podría seguir funcionando como antes, y ahora iría montada en un carruaje de última tecnología.


- Hay un mensaje que aún no me has transmitido – dijo, mientras observaba con deleite el arrugado panfleto que siempre llevaba encima, en el que podía leerse la información relativa a una implantación artificial completa – Suéltalo, no te hagas el remolón. No creo que sea tan malo.

El ayudante tenía algunos comportamientos casi humanos, y el anciano había llegado a cogerle especial cariño. Aunque no fuera más que una inteligencia artificial básica que se encargaba de coordinar su agenda, responder sus mensajes y ayudarle con el papeleo, le trataba con mucha más consideración que mucha gente. Y en ese momento parecía reticente a leer el último mensaje de la bandeja de entrada.

- Vamos, montón de chatarra – dijo, bromeando – Transmite.

Tras lo que pudo interpretarse como un gesto de resignación, el ayudante empezó a transmitir el código binario. La sonrisa dibujada en el rostro del científico desapareció inmediatamente en cuanto los receptores del implante cerebral tradujeron el código. Su labio inferior empezó a temblar, y una lágrima asomó tímidamente antes de caer por su mejilla surcada de arrugas.

Todas las intervenciones con la tecnología U.S.I. pasaban por un Comité. Ese Comité se encargaba de estudiar cada caso, debatiendo si el sujeto era apto para la intervención, si era un gasto adecuado para la institución y qué escala de riesgos eran asumibles. En el caso de la intervención para la que el anciano científico había estado ahorrando toda su vida, la respuesta fue clara: debido a su avanzada edad, el Comité consideraba que los riesgos eran demasiado elevados, y que lamentándolo mucho denegaban la intervención. Adiós, y muchas gracias.

Adiós y muchas gracias. Con esa insípida frase se despedían de él, y le quitaban de un plumazo todos los sueños y grandes planes que tenía. En ningún momento se había planteado que fueran a denegarle la intervención, ¿por qué? Conocía perfectamente casos de personas mucho mayores que habían sido admitidos en otros tratamientos similares, y a menudo el dinero deslizado en el bolsillo adecuado agilizaba incluso casos mucho más graves. Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Era prescindible ya? ¿Se había acabado su tiempo?

Los días siguientes no salió de su dormitorio. Su ayudante había considerado adecuado comunicar a los Supervisores que su amo no se encontraba en buen estado de salud, y que pasaría algunos días en cama. Nadie se preocupó por confirmarlo. En realidad, el anciano había abandonado todas las ganas de seguir viviendo y se había tumbado mirando al techo esperando a que su corazón dejara de latir. ¿De qué servía seguir esforzándose, si apenas le quedaban unos pocos años de vida?

La respuesta llegó una semana después. El reloj de su retina indicaba que quedaba apenas una hora para el amanecer, aunque los primeros rayos de sol ya se filtraban por las cubiertas superiores. Un suave golpeteo proveniente de la puerta principal resonó por toda la casa, y el ayudante, que normalmente estaba tranquilo, se mostró muy alarmado. Los sensores de su amago de cráneo parpadeaban en rojo, indicando que había una situación de extrema peligrosidad. ¿Qué importaba siquiera? El anciano cerró los ojos nuevamente, pensando que probablemente sería algún comunicado de sus Supervisores, indicándole que había sido despedido. Ya no le importaba nada.

Dos segundos después, un desagradable olor llegó hasta sus fosas nasales procedente de la puerta de entrada. El ayudante empezó a emitir un chorro de código binario de emergencia, pero el anciano no le dio importancia, aunque sí que le llamó la atención el repugnante olor. Parecía el del metal oxidado, aunque era imposible que algo así sucediera en la Fortaleza, donde las instalaciones se revisaban periódicamente para evitar problemas estructurales. Al extraño olor le siguió un sonido burbujeante, y finalmente, el familiar sonido de la puerta de la entrada abriéndose.

- ¿Hay alguien ahí?- preguntó, incorporándose con dificultad. Su espalda estaba llena de pequeñas heridas provocadas por estar tumbado sin moverse durante horas, y el colchón estaba salpicado de manchas de sangre reseca – Si has venido a robar, te has equivocado de sitio, muchacho.

Intentó contactar con los sistemas de emergencia, pero descubrió que no podía. Era como si la red estuviera deshabilitado. Estaba confundido, era la primera vez que sucedía algo así. Con un gesto de su mano indicó al ayudante cibernético que cerrara la puerta, y la criatura se lanzó a cerrarla inmediatamente. No disponía de armas en la casa, y se maldijo por ser tan descuidado. Aunque vivían en una sociedad perfecta, no estaba de más ser un poco más precavido.

El sonido de unos pasos acercándose se hizo cada vez más fuerte, hasta que se detuvieron ante la puerta del dormitorio. Al contrario que la de la entrada, ésta era de plástico reforzado, un modelo que imitaba a la madera, así que el anciano calculó que no tardarían más que unos segundos en abrirla. Sin embargo, en vez de forzarla, se escuchó una voz al otro lado.

- ¿Señor Andersen, señor? – la voz tenía un ligero acento británico, aunque quedaba casi eclipsada por la reverberación que provocaba el sintetizador de voz que había sustituido sus cuerdas vocales – Hemos venido a hablar con usted, por favor. ¿Le importaría abrir la puerta?

No venían a robarle o matarle. Si fuera así, no habrían tenido tantas contemplaciones. Además, le llamaba la atención la educación con la que ese tipo le trataba, y su lado más orgulloso hizo que confiara en él. Hacía mucho que no le hablaban con tanto respeto. Además, sabía su nombre. Tuvo que insistirle a su ayudante varias veces para que abriera la puerta, puesto que parecía convencido de que detrás de la puerta se escondía una grave amenaza.

En el marco de la puerta apareció un tipo corpulento vestido con un traje de ciudadano estándar, de negro impoluto de los pies a la cabeza. Tenía el cráneo afeitado, y los ojos de un artificial violeta, lo que indicaba que, al menos en parte, el hombre usaba tecnología U.S.I. Nada más entrar en el dormitorio, se hizo a un lado, y dejó pasar a otro hombre, que apenas había sido visible tras el que parecía su guardaespaldas.  Su aspecto era mucho menos agresivo, vestía una túnica de archivero color hueso, y el fino bigotito bajo su nariz le daba un aspecto cómico. Estaba sonriente, y dedicó unos segundos a observar la habitación antes de dirigirse al científico. Ambos hombres llevaban el mismo símbolo grabado en las ropas: los Adoradores de USI.

- Debo confesarle que me esperaba unos aposentos algo más… adecuados para alguien con sus conocimientos, señor Andersen – dijo, mirando con expresión divertida los restos de comida en el suelo y la ropa sucia en el rincón – Una mente como la suya se merece una mansión como poco.

El desconocido no se quedaba quieto, paseaba arriba y abajo por la habitación ante la atónita mirada del anciano. Cada vez que se acercaba al ayudante cibernético, éste se echaba hacia atrás y emitía un tímido código binario de alarma, como si fuera un perro asustadizo.

- Verá, ha llegado a nuestro conocimiento el fallo del Comité ante su solicitud – dicho esto, el hombre dedicó una mirada comprensiva al anciano – Un grave error, si me permite decirlo. Dejar que una mente como la suya, tan privilegiada, se pierda por un simple cálculo de estadísticas y probabilidades es una metedura de pata.

No le salían las preguntas de la boca. ¿Cómo era posible que supieran el fallo del Comité, si era secreto, y él no se lo había dicho a nadie? ¿Qué querían los Adoradores de USI de él?

- Verá, estoy aquí porque mis jefes están muy interesados en que alguien con su potencial no desaparezca – el hombre se sentó en la cama junto a él. Estando tan cerca, el científico pudo ver sutiles modificaciones en su retina y en las puntas de los dedos, como pequeños transmisores – Nosotros disponemos de… medios que no están al alcance de todo el mundo, y creen que usted es más que merecedor de nuestros recursos.

Tenía muchas dudas, pero a la vez que se formulaban en su cabeza, el hombre las respondía inmediatamente. Era como si su mente fuera un libro abierto y él sólo tuviera que posar sus ojos en las páginas.

- No tendrá que pagarnos nada, no se preocupe, sólo con su trabajo. ¿Usted quería seguir trabajando, verdad? Pues así será. Nosotros pondremos a su disposición los medios más avanzados en tecnología U.S.I. y usted sólo tendrá que seguir desentrañando los misterios del Universo.


No necesitó llevarse equipaje. Vestido únicamente con su pijama, dejó que el hombre del bigotito le acompañara hasta la puerta mientras el otro se quedaba atrás. Parecía que estuviera en un sueño, como si flotara en nubes de algodón guiado de la mano de aquel hombre desconocido que leía sus pensamientos tan fácilmente. Al llegar a la entrada, observó que la cerradura tenía un agujero del tamaño de un puño, como si el metal se hubiera corroído. Ni siquiera le importó.


Un elegante mensaje en código binario le despertó. Lo primero que vieron sus ojos era la realidad a su alrededor, más nítida y clara de lo que había sido nunca. Podía distinguir el sonido del vuelo de una mosca en la habitación contigua, y podía contar cada mota de polvo que flotaba en el espacio frente a él. Extendió la mano, y observó que no temblaba como antes. En la retina aparecieron decenas de datos relativos a humedad, tensión superficial y elasticidad, y se dio cuenta de que estaba arrodillado. ¿Cuánto tiempo llevaba en esa posición? ¿Dónde estaban sus ropas? ¿Por qué no sentía ni frío ni calor?

Miró al techo, y ya no estaba en aquel sitio, sino que se encontraba en otra habitación, mirando un espejo de cuerpo entero. Aunque no era él, porque no reconocía al joven que le miraba en la superficie de cristal. No podía tener más de veinte años, tenía un cuerpo atlético y sano, y llevaba un traje elegante, probablemente muy caro. ¿De dónde había salido el traje?

- Te adaptas extremadamente bien – dijo una voz a su espalda. Cuando se giró, estaba sentado en una mesa de terraza, tomando lo que parecía una infusión de hierbas. El sol brillaba en lo alto, más allá de las cubiertas de la Fortaleza, y la gente sonreía a su alrededor, disfrutando de un agradable día. Frente a él, un hombre de aproximadamente cuarenta años le miraba con una sonrisa en los labios. Llevaba un traje color burdeos, con el cuello redondeado. De su cuello colgaba un medallón con el símbolo de los Adoradores de USI – Tómate tu tiempo, no lo fuerces. Ya te dije que aunque dispongas de los conocimientos, llevarlos a la práctica es complicado. ¿O todavía no lo he dicho?

Parecía que hubiera dicho una broma, porque sonrió más abiertamente y tomó un sorbo de la bebida ante él – Probablemente aún tengan que adaptarse los cogitadores de memoria, así que no te preocupes, todo llegará tarde o temprano.


Asomado a la ventana de una de las torres más altas de la Fortaleza, el anciano que había sido observaba la ciudad a sus pies. Ahora ya recordaba todo lo que había sucedido: la negativa del Comité a dejar que se sometiera a la operación, la oferta de los Adoradores de USI, la operación, el dolor, las semanas en estado de coma… todo. Había estado a punto de morir, pero las características de su nuevo cuerpo, añadido a sus conocimientos, habían resultado en algo increíble. Ahora comprendía mucho mejor que nunca las complejidades del Universo. Podía extender la mano y atravesar el Tejido de la Existencia y alterarlo a su antojo. Pensaba que era una eminencia en Física Cuántica, y sin embargo ahora comprendía que ni siquiera se había acercado a comprender lo que era la Realidad. Gracias a USI, ahora tenía los medios para ir donde quisiera y hacer lo que quisiera.

Y podría hacerlo durante siglos.

Tomó con dos dedos el medallón que colgaba de su cuello, lo besó tiernamente y lo guardó de nuevo tras la camisa.

Y luego, el joven en que ahora se había convertido, simplemente se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.

sábado, 2 de marzo de 2013

Porque te quiero


Os presento un pequeño monólogo, inspirado por los geniales Carlos Sisi y Manel Loureiro. Espero que os guste. Está localizado en Heidelberg, un hermoso pueblecito cerca de Frankfurt.

Te juro que no sé lo que pudo pasar. Te lo juro. Pensaba que lo tenía todo controlado, que podría protegernos, pero algo salió mal. Quizás me distraje de la rutina diaria… no lo sé. Ahora da igual.
¿Recuerdas cómo empezó todo? Yo estaba en casa, pero tú estabas en el Weihnachtsmarkt buscando un regalo para mi madre. Iban a ser unas Navidades geniales, las primeras que íbamos a pasar en familia todos juntos. Les íbamos a decir que nos casábamos. ¿Te acuerdas de las veces que apostamos cuál sería su reacción? Yo te decía que a tu madre le daba un ataque. Cuando volviste, te conté que todos los informativos hablaban de lo mismo, de un extraño virus. Incluso bromeamos acerca de que, con la que estaba cayendo, lo que nos faltaría sería un caso como en las películas.

Parece que hayan pasado mil años desde entonces.

Los días siguientes fueron algo extraños. En la oficina me dijeron que iban a retrasar los proyectos porque los clientes así lo querían, y en la Universidad cancelaron todas las clases.  Tanto mejor, pensé, así me daba tiempo a buscarte un regalo sorpresa que no te esperabas. ¿Recuerdas la cara que pusiste cuando te dije que iba de compras y que no podías acompañarme? Siempre sabes cuándo te estoy ocultando algo, pero siendo las fechas que eran, sabías a lo que iba. Te quedaste leyendo ese libro que llevas meses intentando acabar, pero que entre preparar tus clases y corregir exámenes nunca has podido hacerlo.

No te lo conté para no preocuparte, pero se respiraba un ambiente distinto en la ciudad. Heidelberg siempre ha estado llena de turistas, daba igual el año, pero en Navidad las calles estaban abarrotadas de curiosos que buscaban el producto típico, o de parejas enamoradas que se inmortalizaban en sus cámaras digitales. Pero aquella mañana había poca gente, y los que habían, eran vecinos y amigos. No le di importancia, hasta que la señora Köhler, la de la tienda de dulces, me preguntó si nos íbamos a quedar en la ciudad. No entendía la pregunta, hasta que vi las portadas de los periódicos en el quiosco. Todas hablaban del extraño virus, y de zonas enteras de Europa que habían quedado incomunicadas. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Intenté no decirte nada, pero me notabas extraño, preocupado. Y no soportas verme así. No, mi pequeña. Eres una criatura dulce y amable, y mi bienestar es imprescindible para tu felicidad. Así que fue cuando te lo conté. Al principio no te lo creíste, pensabas que era parte de algún tipo de juego relacionado con el regalo que te había conseguido. Pero yo no me reí. Casi de forma inconsciente, miraste a nuestra colección de películas en DVD, a la sección donde se acumulaba cine de terror. Sí, yo también pensé lo mismo: una plaga, enfermos que buscaban propagar su enfermedad.

Durante los días siguientes la cosa fue de mal en peor. Primero fue el agua. Nos cortaron el suministro y tuvimos que lavarnos y cocinar con garrafas de agua embotellada. Ya casi no salía de casa, salvo para ir a comprar algo de comida. Pero cuando empecé a ver las calles completamente vacías, y las tiendas cerradas a cal y canto, me encerré contigo. Luego se fue la luz. Estoy seguro de que si no usáramos gas butano, también habríamos notado cómo el gas ciudad lo cortaban. Ya había leído antes sobre eso. Si no había personal que atendiera las plantas potabilizadoras ni las fábricas, llegaba un momento que los sistemas colapsaban y se desconectaban. Era una medida de precaución, para que no ocurriera algo parecido a Chernobyl. Afortunadamente, antes llamamos a nuestros padres, para preguntarles qué tal estaban y si se encontraban a salvo. Ellos también habían visto las noticias y estaban muy preocupados. Hacía tiempo que no oía a mi madre llorar así.

A la hora de dormir, cerraba a conciencia puertas y ventanas para que no entrara el frío, y nos cubríamos de mantas para mantener el calor. Tú no te acuerdas, pero la primera noche tuviste una fea pesadilla. Me llamabas a gritos, y tuve que abrazarte y susurrarte que estaba ahí para que te calmaras. Por la mañana vigilaba la ventana, intentando buscar algún rastro de la policía o el ejército que nos informara, o quizás que nos llevara a algún punto de reunión. Pero ni un alma. Quizás todo el mundo se había marchado, o quizás estaban igual que nosotros, atrincherados en sus casas esperando a ver qué pasaba.

Cuando se acabó la bombona, alimentarse empezó a ser un problema. Afortunadamente teníamos muchas latas de comida que nos traía tu madre cuando venía a vernos. Quizás no se fiaba mucho de cómo cocinaba, pero ¡bendita sea la mujer! Si no hubiera sido por ella, habríamos tenido que comer crudas las verduras que manteníamos refrigeradas en la ventana.

Ya no sé exactamente qué día de la semana era, ¿realmente importaba ya? ¿Te acuerdas? Te despertaste con un gemido, y te asomaste a la ventana como una exhalación. Fue cuando me llamaste para que mirara. Nunca te pregunté cómo sabías que estaba allí, pero no importaba. Al principio me sorprendió ver a un militar, un chico joven. Dejé escapar un pequeño gemido de excitación y me levanté corriendo para ir a hablar con él. Pero me llamaste la atención antes de salir a la calle, y algo en tu voz me dejó helado. Era verdad, ¿qué hacía un soldado en mitad de la plaza, y solo? Parecía desorientado, como si hubiera bebido. Entonces se escuchó un portazo, quizás sería un vecino que también había visto al soldado. Segundos después, lo confirmamos: era el señor Schell, Hans, del piso de abajo. Estaba tan emocionado que corrió hacia el chico y lo abrazó con fuerza.

Pero lo que sucedió después… joder, eso lo cambió todo.

Había algo extraño en la escena, ¿verdad? Era como si estuviera abrazando a un muñeco. Ni siquiera reaccionó cuando el señor Schell le abrazó y luego empezó a hacerle preguntas. El soldado le miraba ladeando la cabeza, como si no entendiera lo que le decía. Y de repente, como si le hubieran activado con un botón, el chico saltó sobre Hans y lo tiró al suelo. Nos quedamos paralizados al verlo. Le golpeaba con rabia, como si fuera el mismísimo diablo que quisiera llevarse su alma. Le agarró de la cabeza y golpeó el suelo con ella, y pronto empezó a manar sangre de un par de heridas. Tú no pudiste soportarlo y te fuiste a la cama, llorando. Yo… bueno, me quedé helado, pero también lo miraba como si fuera irreal, como si todo fuera una película. El soldado metió la cabeza en el hueco que forma el hombro con el cuello, y cuando la volvió a levantar tenía la boca empapada de sangre. Joder, se lo estaba comiendo allí mismo.

Así que así estaban las cosas. Las malditas películas se habían hecho realidad y ahora teníamos una plaga ahí fuera que convertía a la gente en monstruos sedientos de sangre. Fantástico. Decidí reunir a la gente del edificio para hacernos fuertes, pero tras el incidente con el señor Schell, los vecinos desaparecieron. Quizás fue durante la noche, no me enteré con este sueño tan pesado que tengo. Pero cuando fui casa por casa, allí no quedaba ni un alma. Por mí perfecto, mira. Aproveché para aprovisionarnos de más latas de comida y un par de bombonas de butano a medias para, por lo menos, poder calentar algo de agua y lavarnos. Y comer algo caliente. Joder, no sabía cuánto iba a echar de menos comer un poco de pollo a la plancha. Además, ya que éramos los dueños y señores del lugar, no iba a permitir que nadie entrara a saquear lo que era nuestro. Con un pesado martillo que encontré en una caja de herramientas en el trastero de los Weinmann, apuntalé la puerta de la calle con una de las puertas. Total, ya nadie las iba a utilizar.

Los siguientes días eran extraños.  Yo vigilaba que la puerta siguiera intacta, y que no hubiera ninguna ventana que se hubiera abierto durante la noche. Jugábamos a las cartas y leíamos para mantenernos ocupados, pero llegaba un momento en que necesitabas salir a la calle. Pero eso ya era imposible. Cada vez más de aquella gente, los que estaban infectados, aparecían deambulando por la plaza. Era extraño, rodeaban el mercado, como si realmente no hubiera sucedido nada y fueran personas normales y corrientes que acudían a hacer las compras. Pero no, eran monstruos. Andaban de forma lenta, errática, con la mirada perdida, y sólo reaccionaban cuando escuchaban algún ruido fuerte. Entonces se excitaban y miraban a todos lados como si fueran perros hambrientos.

Todo iba bien. Nos manteníamos con las latas de comida y el agua embotellada, y nos teníamos el uno al otro. Entonces, ¿por qué se tuvo que joder todo? Te juro que no sé cómo ha sido. Quizás me he despistado, y no he ido a mirar la puerta esta mañana. Ya no me acuerdo, todos los días me parecen iguales. Además, todo ha sucedido demasiado rápido. Cuando estaba en el baño de uno de los vecinos del piso de arriba, te he oído gritar y he bajado a toda pastilla casi sin abrocharme los pantalones. No me ha hecho falta saber qué te había asustado.

Desde el rellano he visto a una de esas cosas. Una mujer.

Estaba ahí, embobada mirando su reflejo en el espejo, como si se mirara por primera vez. Fue cuando me di cuenta de que no tenía nada a mano con lo que defenderme, y además, estabas en peligro. Me quité los zapatos para no hacer ruido y fui a buscarte. Quise llamarte, te juro que quería saber en qué parte de la casa estabas, pero sabía que algo había entrado. Me había dejado la maldita puerta de casa abierta, y había manchas de barro en el suelo. Joder, no sabes el pánico que me entró al saber que estabas encerrada con una de esas criaturas.

Así que cogí lo primero que tenía a mano, una llave inglesa algo oxidada de la caja de herramientas que dejaba siempre en la entrada y entré en la casa. No se escuchaba nada, absolutamente nada, ni siquiera mi respiración. Era como si mi cuerpo se hubiera decidido a convertirme en un fantasma para ayudarme a moverme por la casa. Entonces, empecé a escuchar ese sonido. Era como si alguien arrastrara el pie el moverse, sonaba al final del pasillo, cerca de nuestro dormitorio. Me moví con cuidado hasta la esquina y me asomé, temblando como un flan, y entonces lo vi.

Era un tipo alto, fuerte, quizás alguien que se dedicaba a trabajar en la construcción. Estaba de espaldas, pero enseguida supe que era uno de esos monstruos. Le faltaba la mitad derecha del torso, como si se lo hubieran devorado unas fieras salvajes, y sin embargo se movía. El sonido que había escuchado antes lo provocaba él, posando la mano sobre la puerta cerrada del dormitorio, y arrastrando la palma hacia abajo. Así, una y otra vez.  Te llamé, no sé si fue buena idea, pero te llamé para saber si estabas a salvo, y hasta que no escuché tu voz llamándome cargada de pánico, no respiré. Pero ese bicho se giró al escucharme, y su mirada me dejó paralizado. Eran los ojos. Esos ojos de pesadilla. Completamente blancos, surcados de venas negras, como si no hubiera rastro de humanidad en aquel ser. Emitió un gruñido ronco que surgió de lo profundo de su garganta y empezó a caminar hacia mí. Primero un par de pasos lentos, luego empezó a avanzar más rápidamente, cubriendo los pocos metros que le separaban de mi posición. Y sin embargo, yo no hice nada. Me quede allí quieto, congelado de puro terror. El hombre se apoyaba en la pared para avanzar, quizás para compensar el trozo de torso que le faltaba, y doy gracias a los cielos, porque eso fue lo que me salvó. Al arrastrarse sobre la pared, tiró uno de los cuadros de tu madre, y el sonido me espabiló. De repente me di cuenta de que lo tenía encima, y de que nada le iba a impedir atacarte a ti si no le detenía. Así que lo hice, le pegué con la llave inglesa con todas mis fuerzas. Primero en la cara, luego en el cuello, en el torso, quizás incluso en los brazos, no lo sé. Estaba descontrolado y golpeaba lleno de rabia, la rabia que había acumulado durante tantos días de estar encerrado sin hacer nada, sin poder ponerte a salvo.
Cuando la neblina roja que cubría mi mirada se disipó, me di cuenta de que me estabas abrazando. Yo estaba arrodillado sobre los restos de aquel tipo, casi irreconocible tras haberle propinado aquella tormenta de golpes con la llave inglesa, que aún estaba en mi mano. Tú me acunabas, susurrándome al oído que todo iba a salir bien, que estabas ahí para cuidar de mí y que nunca me ibas a dejar. Notaba tus lágrimas saladas mojando mi mejilla, y yo también empecé a llorar. No sé cuánto pasó, si fueron minutos u horas, no importaba. Creo que nos merecíamos esas lágrimas.

Ahora tú duermes, cariño, por puro agotamiento, mientras yo vigilo. En cuanto amanezca nos marcharemos de aquí. Esto ya no es seguro. Encontraré un lugar donde mantenerte a salvo, donde puedas descansar por las noches sin que las pesadillas te persigan, y donde esas criaturas no sean más que un mal recuerdo.

Porque te quiero, y no dejaré que nada te suceda.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Comunidad Umbría - Johnny


Una nueva historia de personaje, después de muchos meses en sequía literaria, que no creativa. Lamento la espera. ¡Un saludo!

El joven paseó por la sala a oscuras, esquivando los cuerpos que ahora alfombraban el suelo. Era como un pequeño juego personal: quería ver si era capaz de llegar hasta la puerta sin tocar ninguno. Lamentablemente, no pudo, así que dejó escapar un suspiro de resignación y miró hacia el origen del sonido que lo había distraído. Allí, temblando como una hoja al viento, estaba uno de aquellos hombres que habían enviado a asesinarle. Sangraba por una decena de cortes por todo el cuerpo y el líquido rojizo manchaba sus ropas completamente.

No viviría por mucho tiempo.

-      - Te voy a hacer un favor – dijo el muchacho, acuclillándose frente a él y sonriendo abiertamente. Sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno lentamente – No quisiera que murieras en la ignorancia, así que te contaré por qué no habéis podido matarme.

Se sentó  a su lado, apoyando la espalda en la pared y la guitarra sobre su regazo. Su guitarra. Era terriblemente hermosa y terriblemente letal. Los informes que les habían entregado confirmaban que sólo era un instrumento para canalizar su poder,  pero en cuanto le apuntaron con sus armas no tuvo más que realizar dos rápidos acordes y todo se volvió rojo de repente.

-       - En el principio todo era caos y oscuridad, y llegó Dios y dijo: Hágase la Luz. Eso es lo que os enseñan a los cristianos. ¿Eres cristiano? Tiene pinta de serlo. Lo que no os enseñan es que antes de la existencia de vuestro dios, ya había una fuerza en el Universo que lo organizaba todo. Nada de Caos, nada de Desorden. Todo se movían al son de la entidad cósmica que existía desde el origen de todo: La Música.

Hablaba con propiedad, como si en vez de estar hablando con un jodido psicópata estuviera escuchando a un profesor de universidad dando una clase. Pero no era así. Habían obtenido sus evaluaciones psiquiátricas del hospital y estaba definitivamente trastornado. Dicen que los más inteligentes suelen ser los que primero caen en la locura.

-       - Todo se mueve al son de la Música, ¿sabes? Todo tiene una melodía y un ritmo, pero el mundo está demasiado obsesionado con la guerra, con la política y el maldito dinero. Incluso la industria musical, que debería rendir pleitesía a nuestro amado Dios, se afana en amasar grandes fortunas y guiar a la gente como corderitos para decirles qué deben escuchar. ¡Blasfemia!

Sus superiores no le habían dicho exactamente cómo un chaval tan prometedor en el mundo de la Ingeniería se había convertido en alguien así. Ahora que le tenía tan cerca, distinguía claramente que no tendría más de veinticinco años.  Aunque hablara y actuara como alguien mayor, y en poco tiempo se hubiera convertido en un objetivo a eliminar, no era más que un muchacho.  Un muchacho que había nacido con poderes, uno de esos “mutis” que han salido del armario y que hay que controlar de cerca. Un chico estudioso y educado, que siempre se había preocupado de controlar sus habilidades especiales, y que de la noche a la mañana estalló como una pompa de jabón en una fiesta de cactus.

-      - Por eso yo pude escuchar su voz. Porque el Dios de la Música estaba  desesperado porque su mensaje se estaba perdiendo. ¡Se estaba quedando mudo! ¿Sabes lo terrible que puede ser eso? Que el único y verdadero dios desaparezca es algo impensable, así que me convertí en su sacerdote. En su apóstol. Su profeta.

Los informes explicaban que, por fortuna, ningún grupo había querido afiliarse con alguien tan desequilibrado. Los Blackwater de Méjico le habían contratado para un par de misiones en campo abierto, para ver cómo se manejaba. En la primera refriega que se encontraron, escoltando un convoy de mercancías, provocó numerosas bajas en ambos bandos. Sus compañeros se quejaban de malestar general, de mareos y nauseas mientras él practicaba con la guitarra, y el estruendo que provocaba en los enfrentamientos les hacía imposible siquiera apuntar con sus armas. Le dejaron en mitad del desierto, a ver si con suerte se lo comían los chacales.

No hubo suerte.

-       - El mundo tiene que abrir sus mentes y sus corazones a la verdadera Música, y yo he recibido el poder para hacerlo. Soy el Monje de la Música, el Sacerdote del Ritmo. ¡Soy el jodido Instrumento del Señor! – dijo el chico, estallando en una carcajada que desconectó al soldado de sus pensamientos – Por eso, putos mercenarios de mierda, no habéis podido matarme. Porque soy un Arma Divina. Porque mi Señor me ha dicho que mientras siga siendo su profeta, nada puede pasarme.

Y diciendo esto, se levantó, sin preocuparse porque sus ropas se hubieran manchado con la sangre de la decena de soldados que ahora yacían en el suelo de aquella habitación de motel de carretera. Sólo dedicó un leve vistazo al hombre al que había estado hablando, sonrió, y acercó su cara a casi dos centímetros de la suya.

-       - Te voy a dejar con vida para que le cuentes todo esto a tus superiores, ¿vale? Diles que soy inmortal, y que si vuelven a interferir con mi tarea divina, extenderé sus vísceras por la ciudad. ¿Entendido?

miércoles, 9 de mayo de 2012

Iniciativa CO2 Neutral

Hoy no me pongo en contacto con vosotros para mostraros una obra más, sino para haceros conocedores de una nueva iniciativa por la cual ayudamos al planeta Tierra. Gracias a la gente de proTierra y su iniciativa CO2 Neutral, todos los Blogs que quieran colaborar con nuestro planeta podrán hacerlo de una forma rápida y sencilla.


Sólo tenéis que pasaros por su página Web y añadir el botón que podéis ver a vuestra izquierda, con ello, la gente de proTierra apadrinarán un árbol en vuestro nombre. ¿Qué perdéis por hacerlo, unos pocos minutos?


¡Un saludo!

viernes, 4 de mayo de 2012

Comunidad Umbría - Donovan


Hace unos meses interpreté a un joven mutante con la capacidad de moldear los objetos a su antojo, pero el desafortunado y lamentable fallecimiento del Director me dejó sin posibilidades de llevar el personaje más allá. Ahora tengo la oportunidad de reinterpretar a Brian, en este caso con el nombre de Donovan y un pasado algo más oscuro. Que os divirtáis.


El Mejor Espectáculo
Lo había hecho decenas de veces antes en ese tipo de situaciones, y muchas otras en su habitación, alejado de todos y de todo. Aquella vez no era diferente. Notaba la tensión en el aire, cómo algunos tragaban saliva preguntándose qué iba a hacer, o cómo otros tenían la mirada fija en sus manos. Incluso distinguió sin problemas a un par de periodistas acreditados que al día siguiente le convertirían en un bufón públicamente si no tenía cuidado. Pero realmente no le importaba todo aquello. Sólo cuando se encontraba con sus criaturas se sentía cómodo y a salvo. Como si fueran la única familia que hubiera tenido en su vida, y en cierto modo, así era.
No le gustaba hablar en público, así que dejó que sus manos explicaran lo que iba a hacer. Cogió un torso de maniquí y lo sentó sobre una silla. Lentamente, le fue acoplando las piernas y los brazos, haciendo que resultara una extraña imagen: una mujer sin cabeza sentada sobre una silla de mimbre. Lentamente, y con pasos elegantes, descendió al público y solicitó con un leve ademán un voluntario que se asegurara que allí no había trampa ni cartón. Una joven algo rolliza cogió su mano enguantada y subió con él acompañada del aplauso del escaso público que había acudido. Le dio todo el tiempo que necesitó para comprobar que no había hilos, ni cables, ni compuertas escondidas bajo el escenario, para luego volver a su asiento acompañada nuevamente de aplausos.
Entonces empezó su espectáculo. Se acercó a la marioneta y posó su mano suavemente sobre el muñón del cuello, donde debería de estar la cabeza, y suspiró. Y luego, lentamente, se alejó de la figura con los ojos cerrados, dándole la espalda. Lo que sucedió a continuación dejó a todo el mundo con la boca abierta.

La figura se movió. No como se movían las marionetas, de forma lenta y artificial. No, aquel maniquí decapitado empezó a moverse como si fuera una persona real, despreciando las limitaciones físicas que debería tener. Dio unos pasos primero, y luego empezó a bailar suavemente al ritmo de una música inexistente. El artista abrió los ojos y sonrió al público, dispuesto a empaparse con sus aplausos y sus alabanzas, pero lo único que vio fueron expresiones de desagrado, incluso un niño en la sexta fila empezó a llorar de repente.
- ¿Pero qué demonios os pasa? - gritó el artista, lleno de furia - ¡Os muestro el mejor espectáculo que hayáis visto nunca y ni siquiera un aplauso! ¡No tenéis ni puta idea de lo que es el arte!
El público se quedó boquiabierto ante el ataque de rabia que había surgido del joven, de apenas veinte años. Con los puños cerrados y el rostro enrojecido, parecía que fuera a estallar. De repente, una lata de refresco a medio consumir salió volando de entre el público, cayéndole sobre el brillante traje de lentejuelas.
- ¡Eres un tío muy raro! - dijo una voz de hombre - ¡Lárgate, estás haciendo llorar al crío!
Esto pareció enfadar muchísimo más al muchacho, que de repente se quedó mirando a la lata de refresco en el suelo. La manera en que el contenido se extendía sobre el suelo del escenario le dejó hipnotizado, pero pasados unos pocos segundos, alzó la mirada, furioso. Extendió la mano hacia el público, como si quisiera agarrarlos a todos de una sola vez, y cerró los ojos. A su lado, el maniquí dejó de bailar, cayendo a plomo contra el suelo, despedazándose.
De repente, desde detrás del escenario salió el maestro de ceremonias, que minutos antes había presentado la actuación, y abrazó al muchacho, obligándole a mirarle a los ojos. Algo le dijo al oído, alarmado, y pareció gesticular violentamente hacia los espectadores. No dejaba que el muchacho se explicara, y tras lo que pareció una breve regañina, el joven salió echando chispas hacia un lateral, perdiéndose en la oscuridad.
- ¡Nuestro Maestro de Marionetas, señoras y señores! - dijo el presentador, fingiendo una amplia sonrisa antes de dar paso al siguiente espectáculo.
  
Te Cambiará la Vida
- ¡Mira que te lo tengo dicho, Donovan! - le gritó el presentador - ¡Trata bien al público, es lo único que tenemos!
Sentado enfrente de su espejo, Donovan observaba el desfigurado reflejo de Francis Albertini, el presentador y director del circo donde trabajaba. Estaba furioso con él, y no era para menos. No perder los papeles frente al público era una de las primeras normas de su espectáculo.
- ¿A qué ha venido lo de no ponerle cabeza al maniquí? ¿Sabes la imagen que has dado? ¡Has asustado a la gente! ¡Has hecho llorar a un crío!
El joven artista se levantó de repente, provocando un estruendo cuando la silla golpeó contra el suelo.
- ¿Pero qué público, Francis? ¿Qué espectáculo? - dijo, furioso y malhumorado - ¿Te has dado cuenta de cuánta gente ha venido? ¿El público dices? ¡El circo está muerto, joder!
Eso golpeó de lleno en el corazón del curtido artista, que miró al joven decepcionado y se marchó en silencio. Es en esos momentos de la vida en que sabes que sólo tienes una oportunidad para hacer algo, y que si dejas pasar la ocasión, nunca más volverá a tí. En el caso de Donovan, podía haber parado a Francis, disculparse y dejar las cosas como estaban. Pero simplemente lo dejó marchar, cerrando la puerta lentamente tras de sí.
Horas más tarde, el joven decidió dar un paseo por la ciudad para despejarse. Como el circo estaba instalado en las afueras, tenía que coger una moto para llegar hasta el centro, pero cuando se dirigía hacia ella, vio cómo un lujoso coche pintado de negro mate se cruzó en su camino, deteniéndose justo a su altura. Debían de estar esperándole, porque era muy tarde como para que ningún espectador estuviera rondando por aquel lugar.
Cruzado de brazos, Donovan esperó a que saliera un par de tipos y quisiera partirle la cara por haberles insultado, pero en vez de eso se abrió la ventanilla trasera y un tipo con marcas de viruela en la cara le sonrió.
- ¿Vas al centro, chaval? Me gustaría invitarte a una copa, ¿te vienes? - dijo, y el muchacho pudo oler el aroma a puro barato que surgía del interior del vehículo.
- Lo siento socio, pero no soy de esos - respondió, con toda la chulería de que era capaz - Pero seguro que encuentras algún niñato por ahí que quiera chuparte la polla. Que te den.
Y sin despedirse, se dirigió hacia la motocicleta dispuesto a dejar atrás a ese tipo, pero de repente escuchó cómo se abrían un par de puertas del coche y alguien le cogía por detrás. Unas manos fuertes le agarraron y le alzaron en el aire, dejando a Donovan pateando en el aire y maldiciendo sin ningún éxito.
- Venga ya, chaval - dijo el hombre del coche, una vez que le hubieron sentado en el asiento trasero, a su lado - ¿Tengo pinta de que me gusten los niños? He visto tu espectáculo, es algo que no se ve todos los días. ¿Cómo lo haces, es un truco?
- ¿Y a ti qué coño te importa? - espetó el joven - ¿No sabes que no se les pregunta  a los magos cómo funciona su espectáculo?
- No creo que seas un mago, chaval. Ahora, explícame cómo haces eso, y quizás tenga una oferta para ti que te cambiará la vida.

Habilidad
Mike "El Balas" dijo que se llamaba, y era el líder de un grupito de maleantes que se dedicaba a robar tiendas de joyas, algún asalto nocturno a almacenes y cosas así. La verdad es que les daba para ganarse la vida, y se había hecho un nombre en el mundo del crimen como alguien que le echaba huevos al asunto. Consiguió que Donovan le explicara cómo hacía su espectáculo, y la verdad es que quedó encantado con la información.
A la gente como él los llamaban vulgarmente Mutantes. Desde que tenía conciencia, Donovan  había podido percibir cosas del entorno que la gente normal no podía. Sentía si en una casa había habido mucha violencia doméstica, o si una muñeca era muy querida por su pequeña dueña. Los objetos, decía, quedaban impregnadas de sensaciones, de sentimientos, por las personas que las utilizaban. Él podía percibir esas sensaciones como un florista podía percibir el aroma de las flores de su tienda.  Si entraba en una habitación llena de gente, podía saber en unos pocos segundos quién era el más violento de todos o quién había tenido relaciones sexuales la noche anterior. Era sólo cuestión de práctica.
Pero lo que realmente impresionó a Mike fue la habilidad que había demostrado con la marioneta de su espectáculo. Donovan le explicó que podía hacer que las figuras se movieran con el poder de su mente. De pequeño jugaba con muñecos, como cualquier niño de su edad, pero con el tiempo aprendió que podía hacer que las figuras cobraran vida y actuaran tal y como él quería. Al principio sólo podía hacer que se movieran una o dos, y realizaran movimientos simpes. Con el tiempo, podía hacer que dos maniquíes bailaran el vals al son de la música.
- ¿Y qué hacías en ese circo, chaval? ¿No tienes padres? - le había preguntado Mike mientras se comía un grasiento filete. Donovan sabía perfectamente a qué venía esa pregunta. Si no tenía a nadie que se preocupara por él, menos problemas tendría.
- Nunca conocí a mis padres. Toda la vida que he conocido ha sido en hogares de acogida, hasta que en la última me pillaron haciendo uso de mis habilidades y me dieron la patada, acojonados. Eran de esos tipos que no soportan a los mutantes - dijo, recordando con rabia aquella escena. Literalmente su padre adoptivo le echó a patadas de su casa, llamándole monstruo. Supuso que nadie en la agencia de adopción le había dicho que alguno de sus genes no era igual que el de los demás y eso le cabreó sobremanera.

Avaricioso
Normalmente siempre actuaban de la misma forma: Se habían apropiado de unos cuantos maniquíes a los que les ponían ropa de calle y un pasamontañas, y Donovan hacía que entraran primero en los sitios. Cuando el personal de seguridad se volvía loco intentando derribarlos, entraban los chicos de Mike. Gracias a eso, habían podido ganar unos cuantos miles en poco tiempo, y la cosa pintaba bien. Al joven nunca se le habría ocurrido pensar en ganarse la vida robando a la gente, pero tampoco es que tuviera muchas opciones.
Pero Donovan quería algo más. No quería pasarse el tiempo usando sus poderes para hacer trapicheos y robos de poca monta. Él quería hacer las cosas a su modo, sin tener que depender de gentuza como Mike y sus hombres. ¿Por qué limitarse a joyerías de baja estofa o almacenes semiabandonados?  ¿Por qué no asaltar un banco? Con la preparación adecuada, él podría duplicar o triplicar sus opciones si le dejaran opinar.
- No seas avaricioso, chico - le decía Mike - Hay gente ahí fuera muy peligrosa que podría cabrearse mucho si intentamos volar más alto. Nos va bien con estos trabajos, así que olvídate.
Pero bastó que le dijeran que se olvidase del asunto para que Donovan se planteara más en serio hacer las cosas a su modo.

Rata Traidora
- ¿Pero qué cojones es esto? - gritó Mike cuando vio lo que sus hombres le habían traído.
Sobre la mesa de su despacho había un montón de fajos de billetes burdamente falsificados y algunas joyas que un entendido no había tardado mucho en demostrar que eran falsas.
- Estaban en donde guardamos el dinero, jefe. Pero te juro que siempre comprobamos lo que nos llevamos y... y... - dijo Johnny "Dedos Largos" uno de los empleados de Mike, sudoroso ante la situación.
¿Cómo era posible que hubieran robado dinero o joyas falsas? Los lugares de donde los obtenían eran legítimos, y gran parte del dinero que tenían guardado lo habían conseguido tras vender el botín en el mercado negro. ¿Alguien había estado metiendo mano en la caja? ¿Pero quién?
Mientras tanto, Donovan, en su habitación, leía un cómic, ajeno a todo lo que ocurría. De repente, un golpe en la puerta la abrió de improviso, haciendo saltar algunas astillas de la cerradura. Mike estaba ahí, con su arma en la mano. Estaba furioso.
- ¡Tú, chico! - dijo, tirándole el fajo de billetes en la cara - ¿Sabes algo de esto?
Donovan era muchas cosas, pero una de ellas no era ser buen actor. Inmediatamente no supo qué decir y la culpabilidad asomó a su rostro.
- ¡Rata traidora! ¡Con todo lo que he hecho por ti! ¿Dónde está mi puto dinero? ¿Qué has hecho con él? - dijo, mientras uno de sus hombres le daba un cargador repleto de balas que llevaban su nombre.
Hacía unos cuantos meses Donovan había decidido que dejaría la banda, pero para eso necesitaba dinero. Como imposible que les pudiera robar sin que Mike se enterara, decidió sustituir los fajos de billetes y las joyas pendientes de tasar por creaciones de su propia mano. Hacía tiempo que el joven mutante tenía la capacidad de moldear objetos con el poder de su mente, pero había decidido mantener esa habilidad en secreto como un as bajo la manga. Cada noche, sustituía un par de cientos por falsificaciones de barro que no se revelearían hasta pasado un tiempo, y para entonces él ya estaría muy lejos. El problema era que Donovan no era muy bueno falsificando, por lo que cuando algunos de los miembros de la banda se desplazaron por la ciudad para buscar compradores, descubrieron el pastel.
- El dinero está ingresado en una cuenta a mi nombre, y si me matas nunca sabrás dónde está ni recuperarás tu pasta, Mike - dijo, levantando las manos indicando que no estaba armado, aunque nunca hubiera empuñado un arma - Déjame ir y te enviaré la mitad del dinero a cambio de que me dejes en paz para siempre.
- ¡Y una polla! - gritó Mike, cada vez más furioso. Si ya le había cabreado que aquel joven le hubiera robado, aún más le molestó que intentara chantajearle - Te arrancaré el pellejo a tiras y me dirás todo lo que quiero saber, ¡cogedle!
Donovan dio un par de pasos atrás, tropezando con un cojín que yacía en el suelo, y miró a todos lados. No tenía escapatoria. Si salía por la ventana, sólo le esperaban varios metros hasta el suelo, y si intentaba bajar las escaleras de incendios, los tipos de Mike le acribillarían a balazos. Si intentaba abrirse paso... bueno, eso era  impensable.
- No quiero haceros daño... Mike, de verdad. Os habéis portado bien conmigo... sabéis que podría usar mis poderes cont...
- ¡Ja! ¿Tus poderes, chaval? ¿Por quién me crees? - dijo,  sonriendo socarronamente - ¡Aquí no hay ningún puto maniquí para que manipules!
Y tenía razón, no tenía ninguna marioneta a mano, y eso le limitaba las posibilidades. Pero entonces se acordó de cómo había moldeado el barro para crear el dinero y las joyas. ¿Cómo lo había hecho? Él no era un artista ni había estudiado arte como para saber hacer cosas tan perfectas, ¡y a color! No... eso debía de ser parte de su poder. ¡Claro... él no manejaba las marionetas... las moldeaba a su antojo!
Concentrándose, notó cómo percibía las sensaciones a su alrededor. Las paredes despedían un aroma a ansia de libertad, a ambición, pero sobre todo a agresividad. Sí, aquellos tipos querían matarle lentamente. Dejándose llevar, desató su poder contra Mike y su banda.
  
Lo Que Le Diera la Gana
Una llamada de madrugada despertó al soñoliento policía que estaba de guardia. Detestaba estar pendiente de las llamadas de emergencias, pero había cabreado demasiado al capitán y le tocaría estar de guardia unas cuantas noches para compensar. La voz al otro lado estaba modificada y amortiguada por algo, quizás un trapo, y estuvo a punto de colgar pensando que era una broma. Pero cuando escuchó datos que sólo estaban en propiedad de la policía, se lo tomó muy en serio.
Le indicaba el nombre y la ubicación de la banda de Mike "El Balas", así como una lista de sitios que habían atracado para confirmar su autentificación. Le indicó que era un regalo para la policía y que sería mejor que se dieran prisa en ir a buscarlos.
La noche quedó iluminada de repente por las luces rojas y azules de las sirenas de los coches de policía cuando asaltaron el edificio. Tal y como la voz había informado, las puertas de la casa estaban abiertas y toda la banda estaba allí, inmovilizada. Lo que no había explicado era el cómo, y eso dejó sorprendidos a los tipos de uniforme.
Una especie de serpientes de cemento y metal estaban enroscadas en torno a Mike y sus hombres, inmovilizándolos de arriba a abajo. Sus gritos de dolor y pánico eran ensordecedores, y los policías no daban crédito a lo que veían. Efectivamente, aquellas serpientes estaban vivas, y se retorcían sobre los cuerpos de los ladrones.
- ¿Pero qué coño es esto? - preguntó el sargento Ramírez ante la escena - ¿Con qué has estado jugando, Mike? No, en serio... ¿cómo les quitamos estos bichos de encima?
Como si aquella pregunta fuera la clave del enigma, inmediatamente las serpientes se deshicieron en una papilla de polvo grisáceo, lo que permitió a los policías atrapar a la banda al completo. Fuera, en el edificio de enfrente, un joven sudoroso observaba la escena atentamente, y pareció relajarse sobremanera cuando las serpientes se desvanecieron.
Donovan bajó a la calle usando las escaleras de incendio y se perdió en la noche. Ahora tenía una cuenta llena de dinero para sus gastos y podía afrontar la vida con otros ojos. Ya no estaba a las órdenes de un ladronzuelo de poca monta. Ahora podía seguir con esa vida o alejarse durante unos meses a una isla lejana. Tenía su futuro en la palma de su mano.
Podía hacer lo que le diera la gana.